La escena lo dice todo.
El 1 de julio, el Comando de Sistemas Aéreos Navales publicó una Solicitud de Información dirigida a la industria de defensa con una pregunta directa: ¿puede usted entregar hasta 600 misiles Advanced Emission Suppression por año?
Cinco meses antes, en febrero, la misma institución había fijado esa cifra en 300 unidades anuales. El número se duplicó. Y el contexto explica por qué.
La guerra que cambió el cálculo
Entre febrero y julio ocurrió la guerra con Irán. Las fuentes consultadas por los medios especializados señalan directamente ese conflicto como el detonante de una «escasez de misiles guiados» que sacudió los inventarios de la Armada estadounidense. Para entender el presente hay que volver a esa semana en que los planificadores del Pentágono miraron sus depósitos y encontraron menos de lo que esperaban.
El AESM —Advanced Emission Suppression Missile— es el sucesor buscado del AGM-88 HARM, un misil antiradár diseñado en los años ochenta con un alcance de hasta 80 millas, según la altitud de la aeronave que lo lanza. El HARM tiene historia reciente: Washington lo envió a Ucrania para atacar radares de defensa aérea rusos. Pero, según las fuentes, los ucranianos están reemplazándolo con drones de ataque de fabricación propia, posiblemente por la cantidad limitada de unidades recibidas.
El sucesor natural del HARM debería haber sido el AGM-88G AARGM-ER, de mayor alcance. No lo fue. Problemas con el motor cohete y el software acumularon retrasos hasta que la Marina pausó su adquisición. La reanudación, con compras limitadas, está prevista para el año fiscal 2028. Mientras tanto, el inventario espera.
Lo que pide el RFI
La nueva Solicitud de Información es exigente en algunos frentes y llamativamente silenciosa en otros. Los detalles cuentan la historia.
NavAir requiere un «diseño maduro» en al menos el nivel de madurez tecnológica 6, es decir, un prototipo completamente funcional. No hay margen para experimentos de laboratorio. El sistema debe contar con un «buscador antiradár avanzado con cobertura de amplio espectro de frecuencias» y capacidad para «atacar sistemas de radar modernos y avanzados».
En cuanto a compatibilidad, el AESM deberá integrarse con el F/A-18 E/F y el EA-18G Growler, y también montarse interna y externamente en el F-35. El RFI añade requisitos de mantenimiento mínimo, una vida útil de al menos 15 años y más de 500 horas de vuelo en configuración de carga cautiva.
Pero hay ausencias significativas. La convocatoria anterior de febrero pedía a las empresas que describieran su «capacidad para atacar objetivos aire-aire y aire-tierra». El nuevo RFI no menciona la capacidad aire-aire. Tampoco repite la exigencia de un misil «con mayor alcance que el inventario actual de la Marina». Dos especificaciones que desaparecen sin explicación pública.
El mapa estratégico
La supresión de defensas aéreas enemigas —la misión SEAD, en la jerga de la OTAN— es uno de los pilares de cualquier campaña aérea moderna. Sin ella, los aviones de combate operan en entornos de alto riesgo frente a sistemas antiaéreos cada vez más sofisticados. La experiencia ucraniana lo confirmó. La experiencia iraní, según se desprende de las fuentes, lo reafirmó con números concretos sobre la mesa.
El RFI cita textualmente el objetivo: «La Marina de EE.UU. busca mejorar su capacidad para suprimir y neutralizar las defensas aéreas enemigas en entornos disputados». La frase es burocrática. La urgencia, no.
Duplicar la producción prevista en menos de seis meses es una señal que la industria de defensa leerá con atención. Los protagonistas de este proceso —los fabricantes que ahora reciben el RFI— tienen ante sí una ventana y un plazo. La Marina no quiere ciencia ficción; quiere hardware que vuele, que aguante 15 años y que llegue en cantidad.
El desenlace de esta licitación dirá mucho sobre si Washington aprendió la lección más incómoda de los últimos conflictos: que las guerras modernas consumen munición guiada a una velocidad que los arsenales del tiempo de paz no anticiparon.



