La escena lo dice todo. Un ventilador de pie mueve aire caliente en un salón de Corey Elementary, en Denver. Afuera, el termómetro no cede. Adentro, los niños intentan concentrarse.
Ese retrato, tomado en octubre de 2024, resume un problema que lleva años acumulándose en los distritos escolares de Estados Unidos: edificios diseñados para otro clima, sistemas de climatización que no dan abasto y una factura energética que crece mientras los presupuestos de aula se comprimen.
Según un artículo publicado el 19 de agosto de 2026 en Time por Bill Frist —médico y ex líder de la mayoría en el Senado— y Jonathan Klein, CEO y cofundador de UndauntedK12, durante el año escolar 2024-25 más de nueve millones de estudiantes en diez mil escuelas de todo el país experimentaron cierres o interrupciones causados por calor extremo y condiciones meteorológicas severas.
Los casos documentados en el texto ilustran la magnitud: en julio, las Escuelas Públicas de Milwaukee cerraron su Academia de Verano y otros programas durante dos días por calor extremo. En mayo, 57 escuelas de Filadelfia pasaron a modalidad remota y cancelaron todas las actividades presenciales por las altas temperaturas. Ese mismo mes, una escuela secundaria de Washington D.C. realizó una «evacuación por calor» cuando los termómetros en las aulas alcanzaron los noventa y tantos grados Fahrenheit. Ocho escuelas primarias en Doylestown, Pensilvania, cerraron un día porque sus edificios antiguos no podían proteger a los estudiantes. Y en Memphis, en años recientes, los distritos han enviado a los alumnos a casa antes de tiempo cuando las temperaturas treparon hasta los 110 grados.
El costo cognitivo del calor
Los autores citan investigaciones que vinculan el ambiente térmico directamente con el rendimiento académico. Según esa evidencia, en escuelas sin climatización, cada aumento de un grado Fahrenheit en la temperatura durante el año escolar reduce en aproximadamente un uno por ciento la cantidad aprendida ese año. Las temperaturas extremas —entre 80 y 90 grados Fahrenheit y más— se asocian con mayor ausentismo y más derivaciones disciplinarias. La ventilación deficiente, por su parte, puede deteriorar la función cognitiva, mientras que el calor excesivo desvía la energía del cuerpo y ralentiza el tiempo de reacción.
Los niños más pequeños, cuyos cuerpos y cerebros aún están en desarrollo, son los más vulnerables. El calor también favorece la propagación de enfermedades y agrava condiciones respiratorias como el asma, una de las principales causas de ausentismo escolar.
Presupuestos bajo presión
El problema no es solo de salud: es también fiscal. Los sistemas de calefacción y refrigeración obsoletos generan costos energéticos crecientes e impredecibles. Para los directores de distrito, eso se traduce en una elección incómoda: cada dólar gastado en sistemas ineficientes es un dólar que no llega al aula.
Frist y Klein señalan que los sistemas modernos de HVAC, frecuentemente combinados con energía solar instalada en el propio edificio, permiten a las escuelas ofrecer climatización confiable mientras reducen la exposición a la volatilidad de los costos de combustibles fósiles. Mencionan también créditos fiscales federales y un mecanismo denominado «Elective Pay» mediante el cual los distritos escolares públicos pueden recibir apoyo financiero directo para realizar estas mejoras, lo que reduce los costos iniciales y acorta el período de recuperación de la inversión.
Los ejemplos concretos que citan los autores provienen de tres estados. En Indiana, el distrito Center Grove Community Schools reemplazó calderas, enfriadores y serpentines de ventilación antiguos por un sistema de bomba de calor geotérmica. En el condado de Prince William, Virginia —en el corazón del corredor de centros de datos del país—, los líderes del distrito actúan para proteger sus presupuestos de proyectados aumentos pronunciados en las tarifas de servicios públicos. En Menasha, Wisconsin, una escuela modernizó sus instalaciones con una bomba de calor de fuente terrestre, paneles solares y almacenamiento de energía, con el resultado de mejor calidad del aire, menores costos y generación de empleos locales.
La lectura de Hemisferio
Los datos son contundentes: nueve millones de estudiantes afectados en un solo ciclo escolar no es una anécdota climática, es un fallo de infraestructura con consecuencias medibles en aprendizaje y dinero público. Lo que los casos de Indiana, Virginia y Wisconsin demuestran es que la solución existe y ya funciona: tecnología disponible, incentivos fiscales que reducen el costo real para el contribuyente local y decisiones tomadas por quienes conocen sus edificios y sus comunidades.
El principio que subyace es sencillo: los recursos de los contribuyentes rinden más cuando los administran quienes tienen que responder ante ellos. El riesgo real, como señalan los propios autores, no es el precio de modernizar. Es el costo de seguir enviando a niños y maestros a edificios insalubres e ineficientes.



