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Más allá del nearshoring: la apuesta industrial que México y Centroamérica no pueden postergar

La ONUDI advierte que atraer inversión barata ya no alcanza: la región necesita valor agregado, digitalización y talento técnico para no quedar fuera de la próxima ola industrial.
Foto: elfinanciero.com.mx
jueves 27 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. En Montevideo, Uruguay, representantes de gobiernos, sector privado, academia y organismos internacionales se reunieron en la Conferencia Regional de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) para América Latina y el Caribe. El tema central no fue la crisis del momento, sino algo más incómodo: qué tipo de industria quiere construir la región cuando el mundo ya está cambiando las reglas.

Johannes Dobinger, representante de la ONUDI para México y Centroamérica, resume el diagnóstico con una pregunta que incomoda a más de un funcionario: «La pregunta ya no debe ser solamente cuánta inversión podemos atraer, sino qué tipo de inversión queremos y qué capacidades puede contribuir a desarrollar».

El nearshoring no alcanza

Durante años, la conversación industrial en la subregión giró alrededor del nearshoring: la relocalización de cadenas de suministro impulsada por la cercanía geográfica con Estados Unidos. Dobinger reconoce que esa tendencia «seguirá siendo relevante», pero advierte que la incertidumbre geopolítica y los cambios en las políticas comerciales obligan a ampliar la mirada.

El argumento de fondo es sencillo y poderoso: una inversión que busca únicamente bajos costos puede generar empleo; una inversión que se vincula con proveedores locales, desarrolla talento, incorpora tecnologías limpias y estimula la innovación puede transformar una economía. La diferencia entre ambas no es menor: es la diferencia entre ensamblar y crear.

Cuatro países, cuatro apuestas

La conferencia permitió mapear esfuerzos concretos en distintos puntos de la subregión. En México, el denominado Plan México plantea elevar el contenido nacional y regional y fortalecer las capacidades productivas locales mediante el desarrollo de proveedores y una mayor incorporación de valor agregado. Guatemala, según Dobinger, muestra el potencial de la integración económica regional: exporta más a Centroamérica que a Estados Unidos. Honduras explora un marco nacional de ecoparques industriales para atraer inversiones más sostenibles. Y Costa Rica avanza en la incorporación de herramientas de inteligencia artificial en la formación técnica.

Cuatro países, cuatro ángulos distintos hacia el mismo horizonte.

La IA industrial: más allá de los chatbots

Uno de los ejes del encuentro fue la inteligencia artificial aplicada a la industria, un terreno que Dobinger distingue con cuidado del debate mediático sobre herramientas generativas. En el piso de fábrica, la IA puede anticipar fallas en maquinaria, mejorar el mantenimiento preventivo, automatizar el control de calidad, realizar simulaciones para el desarrollo de nuevos productos y optimizar operaciones mediante gemelos digitales.

Para las pequeñas y medianas empresas, esas aplicaciones se traducen en mayor productividad, mejores estándares de calidad y nuevas posibilidades de acceso a mercados. Pero hay una condición que Dobinger subraya como fundamental: no es posible aprovechar plenamente la inteligencia artificial sin avanzar primero en la digitalización. Las empresas necesitan generar datos confiables y contar con ingenieros, técnicos y profesionales capaces de convertir esa información en decisiones.

Sin ese piso, la promesa de la IA industrial es solo retórica.

La economía circular como oportunidad, no como carga

El tercer eje del debate fue la transición ambiental. Dobinger propone leerla no como una exigencia regulatoria que encarece la producción, sino como un espacio para la innovación industrial: empaques sostenibles, aprovechamiento de residuos agrícolas y tecnologías limpias como fuentes de inversión, empleo y soluciones desarrolladas desde la propia región.

Los detalles cuentan la historia. La economía circular, en esta lectura, no es un costo impuesto desde Bruselas o desde organismos internacionales: es una ventana para que empresas locales desarrollen productos con mercado propio.

Lo que está en juego

Para Hemisferio, el mensaje de Montevideo tiene una lectura clara: la ventana de oportunidad existe, pero no espera. México y Centroamérica pueden seguir compitiendo por el eslabón más barato de la cadena global, o pueden apostar por construir las capacidades que hacen que una economía suba de categoría.

El libre mercado no opera en el vacío: necesita talento técnico, infraestructura digital, reglas predecibles y empresas capaces de innovar. Ninguno de esos ingredientes cae del cielo por decreto. Lo que sí puede hacer el aparato estatal es no obstaculizarlos con regulación excesiva, burocracia lenta o políticas que premien la dependencia sobre la competitividad. La pregunta que Dobinger deja sobre la mesa es, en el fondo, una pregunta de voluntad política: ¿quieren los gobiernos de la subregión construir ese piso, o prefieren seguir vendiendo la misma geografía de siempre?

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