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Ciento veinte años de aula y altar

El Instituto Panamericano, primer colegio particular de Panamá, celebra doce décadas de historia entrelazada con la identidad nacional y la obra metodista en el Istmo.
Foto: prensa.com
lunes 17 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Obispos, pastores, profesores y estudiantes del coro juvenil reunidos frente a un mural recién firmado, en un edificio que lleva más de un siglo de pie a orillas del Malecón de la Ciudad de Panamá. El Instituto Panamericano —el IPA— cumplió 120 años, y la celebración no fue solo un acto protocolar: fue el reconocimiento de una cadena humana que arranca en 1904 y llega hasta hoy.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de 1904. Apenas tres años después de la separación de Panamá de Colombia, llegó al Istmo el reverendo Thomas Wood. Contratado por el gobierno estadounidense durante la construcción del Canal, Wood no se quedó dentro de la Zona: recorrió el Istmo predicando al pueblo panameño y fue él quien identificó en El Malecón el sitio ideal para levantar un templo y un colegio.

Dos años después, en 1906, el reverendo John Elkins obtuvo la aprobación para iniciar la edificación. Al mismo tiempo, la educadora colombiana Clara Rosa Peña comenzó a impartir clases voluntarias y a realizar los primeros cultos en la Avenida B con Calle 16. Para 1908, la obra se trasladó a las nuevas instalaciones de El Malecón: nacía así la primera Iglesia Metodista de Panamá y el establecimiento que se llamó Panamá College hasta 1922.

Los detalles cuentan la historia. La labor metodista se articuló desde el principio en dos frentes: la atención a la población angloparlante de la Zona del Canal y la evangelización hispanohablante. Figuras como el reverendo Charles Ports, llegado en 1907, y Elsie Keyser, en 1911, impulsaron el proyecto educativo y la expansión misionera. No eran funcionarios de una burocracia; eran personas que, según recoge la fuente, «lo dejaron todo para sembrar una visión que perdura hasta hoy».

Ciento veinte años después, el IPA se presenta como el primer colegio particular de Panamá y como parte de «los lazos que dieron origen a esta nación», en palabras de sus propias autoridades. La celebración incluyó actuaciones del Conjunto Folclórico y del Coro Juvenil, la firma de un mural y la presencia de los obispos Pablo Morales y Pedro Araúz Valdés, junto al reverendo Manuel Bernal y directivos de la institución.

El acto también fue un ejercicio de memoria institucional ante la incertidumbre. La institución ha atravesado, según la fuente, una pandemia y «situaciones sociopolíticas como la invasión de Panamá». Que un colegio privado de raíz religiosa haya sobrevivido a todo eso —sin depender del presupuesto del Estado— dice algo sobre la durabilidad de los proyectos que se sostienen con recursos propios, vocación y comunidad.

Los egresados del IPA han participado en conjuntos folclóricos, bandas de música, coros y disciplinas deportivas en eventos nacionales e internacionales. Ese crecimiento integral, señalan sus autoridades, «fomenta talentos que reflejan amor por su país, preservando la cultura y las tradiciones en una era digital que avanza rápidamente».

Desde Hemisferio, la historia del IPA ilustra algo que con frecuencia se pierde en el debate sobre educación: que las instituciones más duraderas no son las que dependen del aparato estatal, sino las que nacen de una comunidad con propósito claro y se sostienen con el esfuerzo de quienes las habitan. Doce décadas de libre empresa educativa, financiada por familias y sostenida por fe, han producido generaciones de panameños con identidad, oficio y arraigo. Ese modelo —escuela particular, valores definidos, rendición de cuentas ante los padres y no ante la burocracia— es exactamente el que Panamá necesita replicar, no sustituir.

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