La placa es pequeña y discreta. Está en San Andrés, partido de San Martín, en lo que a mediados del siglo XIX se conocía como Santos Lugares de Rosas. Dice: «Aquí fueron muertos fusilados Camila O'Gorman y Ladislao Gutiérrez el 18 de agosto de 1848». Ciento setenta y siete años después de esa mañana, la inscripción sigue siendo el resumen más preciso de una de las tragedias más feroces de la historia argentina.
Los detalles cuentan la historia.
Eran las siete de la mañana cuando el primer pelotón de soldados fue conducido al patio trasero del campamento militar. Frente a ellos: una mujer joven vestida de blanco, con grilletes en las manos, y un sacerdote que les gritaba que la perdonaran a ella. Los hombres no dispararon. No fue un gesto político ni un desafío al gobernador todopoderoso de Buenos Aires. Fue, simplemente, que no pudieron.
El edecán Antonino Reyes, a cargo de hacer cumplir la ejecución, buscó durante tres horas otro pelotón que obedeciera la orden. Antes, había intentado frenar la condena: le hizo saber a Rosas que un chequeo médico indicaba que Camila O'Gorman cursaba un embarazo, condición que la ley prohibía ignorar. La respuesta del llamado Restaurador fue categórica. Los dos debían morir. No había ley que detuviera a Rosas.
Cuando Ladislao Gutiérrez supo lo que iba a ocurrir, escribió una carta desde su celda y le pidió a Reyes que se la llevara a Camila. La carta decía: «Camila mía: acabo de enterarme de que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el Cielo, ante Dios. Te perdona y te abraza, tu Gutiérrez». Camila la leyó y no mostró miedo. Dijo que no se arrepentía. Su conciencia, aseguró, estaba tranquila.
Antes de la ejecución, el sacerdote que la atendió le dio a beber agua bendita para bautizar al hijo que podía llevar en su vientre. Los diarios de la época debatirían durante semanas si ese embarazo era real. Ya era demasiado tarde.
Cada uno fue llevado al patio sentado en una silla alzada por varios hombres, con los ojos vendados. Ladislao alcanzó a gritar que lo mataran a él, pero que no la tocaran a ella. Recibió cuatro disparos. Camila, tres. Y después uno más, directo al corazón. Sus cuerpos fueron enterrados en un mismo cajón, separados por un tablón de madera.
Quiénes eran
Camila O'Gorman nació en Buenos Aires el 9 de julio de 1825, quinta de seis hijos de Adolfo O'Gorman —de ascendencia irlandesa y francesa— y de Joaquina Ximénez Pinto. La educaron según el molde de la época: coser, bordar, llevar una casa, moverse en los salones. A primera vista cumplía ese mandato: era alta, bailaba en las fiestas de Rosas y asistía a la iglesia con frecuencia. Según algunas versiones historiográficas, era amiga cercana de Manuelita, la hija del gobernador, con quien se tuteaba y compartía secretos.
Pero Camila también caminaba sola hasta las librerías del centro —Ibarra, La Merced, de la Independencia— en busca de libros que devoraba con voracidad. Algunos de esos libros eran los que el propio Rosas había prohibido. Cuando el librero que se los conseguía fue descubierto, Rosas lo mandó a ejecutar. Camila no dejó de leer. Su poeta favorito era el francés Alphonse de Lamartine, quien escribió que «el sepulcro encierra con frecuencia, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd».
Ladislao Gutiérrez nació en Tucumán en 1824, quedó huérfano de chico y fue criado por los jesuitas, que lo ordenaron sacerdote muy joven. Era sobrino del gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, aliado de Rosas, quien lo envió a Buenos Aires con cartas de recomendación. Esas cartas le abrieron las puertas de la distinguida Parroquia del Socorro, en una zona de quintas de las familias más ricas de la ciudad. Fue allí donde su historia y la de Camila se cruzaron.
Incluso Manuelita Rosas intercedió ante su padre para que no ordenara el fusilamiento. No alcanzó.
Lo que queda
La escena lo dice todo. Un poder que se proclamaba orden y restauración necesitó tres horas, dos pelotones y la desobediencia de un grupo de soldados para ejecutar a una mujer embarazada y a un cura que pedía clemencia a gritos. Ese es el retrato del Estado sin límites: no el que gobierna con leyes, sino el que las suspende cuando le incomodan.
Lo que Rosas castigó no fue solo un escándalo moral. Fue la autonomía de dos individuos que eligieron por encima del aparato. Camila leía libros prohibidos y no se detuvo cuando ejecutaron al librero. Ladislao escribió una carta de amor desde la celda de los condenados. Ambos pagaron con la vida la osadía de actuar como si sus decisiones les pertenecieran. La placa en San Andrés no es solo un recordatorio histórico: es un aviso sobre lo que ocurre cuando el poder no tiene quién le diga que no.



