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El Canal y los pueblos que no se inundaron

Una historiadora demostró que la expulsión de 40.000 personas de la Zona del Canal no fue una exigencia de la ingeniería sino una decisión política. La literatura panameña llevaba décadas contando otra historia.
Foto: prensa.com
domingo 23 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana —o en este caso, a ese año: 1912. La Zona del Canal era entonces una de las áreas más pobladas de Panamá, con 62.810 habitantes según el censo. Tres años después, la mayoría había desaparecido. No bajo el agua, como el mito insistía, sino por una orden ejecutiva.

Esa es la revelación central de Erased: The Untold Story of the Panama Canal, publicado en 2019 por la historiadora panameña Marixa Lasso y traducido al español como Historias perdidas del Canal de Panamá. Fruto de más de cinco años de investigación en archivos estadounidenses, el libro demuestra que la mayoría de los pueblos de la ruta no se inundó. Fueron despoblados y desmantelados por una decisión política. Entre 1913 y 1916, tras una orden ejecutiva del presidente William Howard Taft, cerca de 40.000 personas fueron expulsadas. Se prohibió además el comercio y la propiedad privada en la Zona.

La pregunta que Lasso deja sobre la mesa es incómoda: ¿por qué borrarlos, si la formación del lago no lo exigía?

El mito que la literatura ayudó a fijar

Varias generaciones de panameños crecieron convencidas de que en el fondo del lago Gatún todavía podía verse la torre de la iglesia de Gorgona. Era una imagen poderosa —campanarios y calles enteras durmiendo bajo el agua como una Atlántida tropical— y la literatura contribuyó a volverla permanente.

El libro más influyente en ese relato es Pueblos perdidos, de Gil Blas Tejeira, publicado en 1962. Tejeira —nacido en Penonomé en 1901 y fallecido en Ciudad de Panamá en 1975— fue maestro rural y periodista, y según su prologuista Elsie Alvarado de Ricord, uno de los pocos escritores panameños de su tiempo que vivía de la pluma. Su novela recorre el periodo que va de los primeros intentos franceses hasta la inauguración de la vía por los estadounidenses en 1914.

La segunda parte del libro narra la vida y el desalojo de los pobladores de La Línea, los pueblos del Chagres que debían ceder su lugar al lago Gatún. Tejeira construye ese mundo antes de destruirlo: el Gatún de sus páginas es un pueblo mestizo y cordial, donde, según el propio texto, «había pocos blancos, abundaban los mulatos y predominaban los negros, todos en ejemplar integración», y donde un comerciante chino llamado José María se había casado con una mujer nativa y era «miembro prominente de la colectividad».

El escritor y crítico Luis Pulido Ritter ha descrito Pueblos perdidos como «una de las novelas más bíblicas y apocalípticas de la literatura panameña». La inundación, escribe Pulido Ritter, se figura como un diluvio, un fin del mundo; la modernidad funciona como un arca de Noé: se salvan los que logran subir a ella, los demás se hunden con su mundo.

El gran crítico literario Rodrigo Miró fue más severo: escribió que «la novela no cuaja», que sus capítulos no llegan a fundirse en un organismo y que era la obra más débil del autor. Pero hay algo que Miró no midió del todo, apunta la fuente: la fuerza documental y emocional de esas páginas donde un pueblo entero recibe la noticia de que debe marcharse.

Pueblos con cuatro siglos de historia

Los detalles cuentan la historia. Los pueblos de la ruta no eran caseríos improvisados. Gorgona, Emperador, Matachín, Cruces, Gatún y una veintena más eran poblaciones formales, algunas con cuatro siglos de historia, con calles trazadas, escuelas, imprentas, abogados, cantinas, mercados, cementerios y hasta bancos. Habían nacido al calor del tránsito interoceánico —primero con las mulas del camino de Cruces, después con el ferrocarril y con la aventura francesa de De Lesseps— y constituían, en palabras de la fuente, «la columna vertebral del país».

Es en ese contexto donde la investigación de Lasso adquiere todo su peso. No se trató de una tragedia inevitable de la ingeniería hidráulica. Se trató de una decisión sobre quién tenía derecho a quedarse y quién no, sobre dónde terminaba la propiedad privada y dónde comenzaba la autoridad del aparato estatal.

La Feria Internacional del Libro de Panamá, que se celebra del 25 al 30 de agosto en Atlapa, tiene al Canal como invitado de honor bajo el lema «La ruta de miles de historias» y coincide con los diez años de la ampliación. Es una ocasión oportuna para releer Pueblos perdidos con los archivos de Lasso al lado.

La trastienda del mito

Lo que emerge de esta historia no es solo una corrección historiográfica. Es una lección sobre cómo los Estados construyen relatos que vuelven inevitables las decisiones que tomaron. La narrativa de la inundación —el sacrificio necesario, el progreso que se lleva lo que toca— convirtió una expropiación masiva y una prohibición de la propiedad privada en una fuerza de la naturaleza. Durante décadas nadie preguntó demasiado.

Para Hemisferio, el principio en juego es claro: cuando el aparato estatal borra pueblos, confisca propiedades y expulsa a 40.000 personas, la ingeniería suele ser la coartada, no la causa. El mérito del trabajo de Lasso —y la vigencia incómoda de Tejeira— es haber devuelto la decisión al centro del relato, donde siempre estuvo.

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