La escena lo dice todo. El lunes por la tarde, el portavoz presidencial Adrián Ravier tuvo que publicar una aclaración en X para desmentir lo que él mismo había dicho horas antes en conferencia de prensa. Primero confirmó nuevas tareas de Santiago Oría en la comunicación digital del gobierno. Después se retractó: «no hubo ni hay ningún cambio en el organigrama de comunicación del Poder Ejecutivo, ni designación alguna, ni traspaso de responsabilidades entre áreas». Los detalles cuentan la historia.
Oría es el Director de Realización Audiovisual de la Presidencia. Su cámara precede a Javier Milei en cada acto, en cada gira, en cada aparición pública dentro y fuera del país. Pero en las últimas semanas su rol desbordó el encuadre. Ataques directos en redes sociales a periodistas, economistas y opositores —muchos reposteados por el propio Presidente— lo instalaron como voz activa de la batalla cultural libertaria.
Desde el Gobierno sostienen que Oría maneja un «esquema digital de cuentas», que serían unos 70, desde las que salen los ataques a opositores y las loas a la gestión. «Hoy la militancia se hace por las redes, por eso trabajamos ahí», respondieron desde una oficina que Oría frecuenta, según la fuente. El cineasta no niega el rol: lo exhibe.
El ascenso de Oría ocurre en paralelo con el repliegue de las llamadas Fuerzas del Cielo, la tropa que responde al asesor presidencial Santiago Caputo. Ese repliegue se aceleró después de las elecciones legislativas del año pasado y se profundizó con el escándalo que rodea al consultor Fernando Cerimedo, detenido en Bolivia y con vínculos estrechos a ese sector, al menos durante los primeros meses de la gestión libertaria.
Caputo, por su parte, no participó de la reunión de gabinete del lunes pasado. Según la fuente, lo hizo «cumpliendo un encargo del Presidente». Aun así, el asesor estuvo a cargo del discurso de Milei en el homenaje a San Martín el 17 de agosto y del «coacheo» del propio Ravier antes de sus conferencias de prensa. Su influencia no desapareció; se reconfiguró.
El vínculo que impulsa a Oría es otro: Karina Milei, secretaria general de la Presidencia y figura a la que el cineasta llama la «madraza del movimiento». Esa relación contrasta con la tensión histórica entre Karina Milei y Caputo, una fricción que la fuente describe como permanente.
En noviembre de 2024, Oría anunció una serie de seis capítulos sobre la vida del Presidente. Solo el primero llegó a publicarse. Ahora presentó tres publicaciones bajo el Círculo de Pensamiento Liberal, fundado por él mismo: un «Manual de Logros: Dos años que cambiaron la Argentina», una «Memoria de las décadas perdidas: Un racconto de la tragedia kirchnerista» y un tercero sobre periodismo en la era Milei que, según el sitio Contra Relato, analiza «los criterios para diferenciar el periodismo profesional del diseño de operaciones de prensa». «Lo está reconociendo el mundo. Hay que remontarse hasta Roca para encontrar un Gobierno que esté a la altura de este», declaró Oría al presentarlos.
En el entorno informal que rodea a Oría aparecen también Iñaki Gutiérrez, encargado del armado territorial libertario en las provincias, y Sharif Menem, funcionario de la Cámara de Diputados bajo la órbita del presidente de la Cámara, Martín Menem. «No hay algo así como una nueva estructura comunicacional, cada uno cumple un rol», dijo uno de los dirigentes que conversa a diario con Oría.
Ravier intentó el matiz: «Santiago Caputo es una figura clave de este gobierno, una persona fundamental, al igual que Oría, yo, Fernández». No alcanzó. La aclaración de la tarde dejó en evidencia que la pregunta sobre quién manda en la comunicación presidencial no tiene, por ahora, una respuesta oficial estable.
Para Hemisferio, el episodio ilustra algo más que una disputa de egos en la trastienda del poder. Un gobierno que hace del libre mercado y la desregulación su bandera central necesita, como cualquier otro, una maquinaria de comunicación coherente y con mando claro. Cuando esa maquinaria cruje en público —cuando el portavoz se desdice en horas— el costo no lo paga solo el funcionario de turno: lo paga la credibilidad del mensaje. La batalla cultural puede librarse en redes, pero se gana o se pierde con consistencia. Esa es la lección que la jornada del lunes dejó sobre la mesa.



