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El cuello de botella que frena el despegue productivo de Argentina

La minería, el petróleo y el gas crecen, pero no encuentran choferes calificados para mover su producción. La brecha no es de cantidad: es de formación, y amenaza con convertirse en un lastre para la recuperación.
Foto: infobae.com
sábado 22 de agosto de 2026

La escena lo dice todo: una empresa recibe postulantes con regularidad, tiene unidades disponibles y, aun así, no puede cubrir sus vacantes. Los camiones están. Los aspirantes llegan. Pero las plazas siguen vacías porque los candidatos no superan los exámenes psicofísicos, sensoriomotores ni los protocolos de seguridad que exigen los sectores más exigentes del transporte de cargas.

Eso es lo que revela el relevamiento difundido por la Unión Internacional de Transporte por Carretera (IRU) junto con la Federación Argentina de Entidades Empresarias del Autotransporte de Cargas (FADEEAC). El diagnóstico es preciso: Argentina no enfrenta una escasez generalizada de conductores, sino una brecha creciente entre la mano de obra disponible y los requisitos de los segmentos más exigentes del sector.

Según explicó a la IRU Guido Heras, director de Asuntos Técnicos de FADEEAC, el fenómeno se concentra en la minería, el petróleo y gas, las cargas peligrosas y algunas operaciones de larga distancia. Durante la desaceleración económica de 2023 y 2024, la presión sobre el transporte general se alivió, pero esos nichos mantuvieron una demanda insatisfecha de perfiles calificados. Heras fue explícito: esa relativa mejora no reflejó una solución estructural, ya que el número de conductores disponibles se mantuvo prácticamente estable.

Donde más duele

La mayor tensión se registra en las actividades vinculadas a la minería de cobre y litio, y al petróleo y gas, con impacto directo en regiones como la Patagonia, Cuyo y el noroeste argentino. Estas operaciones requieren capacitación especializada, exámenes de habilitación y protocolos estrictos que reducen de forma considerable la cantidad de candidatos habilitados. En los cursos exigidos por una de las cargadoras de la industria petrolera, solo entre el 3% y el 4% de quienes los completan tiene menos de 25 años.

La competencia entre rubros agrava la situación: la minería y el sector de hidrocarburos suelen ofrecer mejores salarios y condiciones laborales más atractivas, lo que atrae a conductores con experiencia que antes se desempeñaban en el transporte convencional. FADEEAC prevé que esta presión aumentará si la recuperación económica del país se acelera.

Una fuerza laboral que envejece

El problema tiene también una dimensión demográfica que no admite demoras. En una empresa familiar de transporte con menos de 30 camiones, más del 40% de sus choferes supera los 55 años, edad que en Argentina corresponde a la jubilación de los conductores profesionales. El relevo generacional no está garantizado.

Los jóvenes, por su parte, enfrentan barreras de acceso concretas. La edad mínima de 21 años para conducir de forma profesional genera un vacío entre la finalización de la escuela secundaria y el ingreso al sector. Muchas empresas, además, prefieren no contratar a menores de 25 años. El resultado es un círculo difícil de romper: sin experiencia no hay empleo, y sin empleo no hay forma de acumular la experiencia requerida.

A eso se suman las condiciones propias del oficio: períodos prolongados lejos del hogar, infraestructura vial insuficiente para el descanso y una imagen poco atractiva de la profesión. Las mujeres siguen subrepresentadas, aunque existen programas sectoriales que buscan ampliar su participación desde 2019.

La respuesta que propone el sector

FADEEAC identificó la formación específica por sector como una de las respuestas más efectivas. Los programas orientados a hidrocarburos combinan instrucción especializada con exámenes de habilitación, y se desarrollan iniciativas similares para la minería y las combinaciones vehiculares de alta capacidad. De cara a los próximos años, la federación considera necesario avanzar hacia estándares nacionales más consistentes de capacitación, una validación de habilidades más sólida y un mayor acceso a centros de formación y simuladores.

La simplificación normativa puede facilitar el ingreso de nuevos conductores, advierte la federación, pero sin capacidad de entrenamiento suficiente, la brecha seguirá abierta.

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Para Hemisferio, el cuadro que describe este relevamiento es uno de los más reveladores sobre los límites reales del crecimiento productivo argentino. No es el Estado el que frena aquí con impuestos o regulaciones caprichosas —aunque la normativa de habilitación merece revisión—, sino la ausencia de un sistema de formación técnica a la altura de lo que la economía real demanda. Vaca Muerta produce, la minería del litio avanza, pero la cadena logística que debe mover esa riqueza no tiene los conductores para sostenerla.

El libre mercado genera los incentivos correctos —los salarios en minería e hidrocarburos ya atraen talento—, pero los incentivos solos no forman técnicos de la noche a la mañana. Aquí la tarea es del sector privado organizado, con el Estado en un rol facilitador y no obstaculizador: estándares claros, centros de formación accesibles y menos burocracia para habilitar a quienes ya están listos para trabajar. El desenlace de esta historia lo escribirá la velocidad con que Argentina cierre esa brecha.

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