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El economista de Harvard y el artículo que escribió la máquina

Ricardo Hausmann, ex ministro venezolano y profesor de la Kennedy School, publicó en el Financial Times una columna contra los aranceles de Trump que resultó ser 71% generada por inteligencia artificial. El diario tuvo que añadir un descargo público.
domingo 16 de agosto de 2026

La escena lo dice todo.

El jueves por la tarde, los lectores del Financial Times abrían una columna de opinión firmada por Ricardo Hausmann, economista de la Harvard Kennedy School y ex ministro del gobierno venezolano, que criticaba los aranceles del presidente Trump. Horas después, la pieza ya no era noticia por sus argumentos sino por su prosa: rígida, mecánica, con todas las marcas del texto generado por algoritmo.

Un usuario de X fue el primero en disparar: «Tiene que ser el peor AI slop que he visto en una publicación importante». Otro compartió una captura del detector Pangram que arrojaba un resultado contundente: 71% del artículo de 841 palabras había sido producido por inteligencia artificial.

El Financial Times reaccionó con rapidez. Al tope de la columna apareció un descargo editorial que, en la práctica, equivale a una reprimenda pública: «Ha llegado a nuestro conocimiento que se utilizó inteligencia artificial para condensar un borrador más extenso de esta columna antes de su envío al FT y de nuestra propia intervención editorial». La nota añadía que «el código de conducta editorial del FT prohíbe específicamente el uso de IA en el proceso de escritura».

Hausmann, de 70 años, no respondió de inmediato a las solicitudes de comentario. El Financial Times y la Harvard Kennedy School tampoco se pronunciaron antes del cierre de esta edición.

El doble filo del escándalo

Lo que convierte este episodio en algo más que una anécdota de redes sociales es el contexto institucional. Hausmann no es un columnista ocasional: es un economista con trayectoria reconocida en los círculos académicos internacionales. Joe Weisenthal, de Bloomberg, escribió en X que había «aprendido mucho» de Hausmann y que había disfrutado conversando con él en el pasado. «Encuentro esto asombroso, tanto en su escritura como en su publicación», añadió.

Pero el golpe más certero vino desde la academia misma. Michael Socolow, de la Universidad de Maine, resumió la paradoja con precisión quirúrgica: «Va a ser muy difícil este año académico intentar alentar a los estudiantes a escribir de forma persuasiva, con creatividad, individualidad y estilo… cuando un destacado profesor de Economía de la Harvard Kennedy School publica un AI slop tan fácilmente identificable en el Financial Times».

El argumento tiene peso. Las universidades llevan dos años librando una batalla interna sobre el uso de inteligencia artificial entre sus estudiantes, con políticas de integridad académica que van desde la prohibición total hasta marcos de uso supervisado. Que uno de los académicos llamados a dar el ejemplo recurra a la misma herramienta que se les restringe a los alumnos —y lo haga para publicar en uno de los diarios de referencia global— erosiona la autoridad moral de esa conversación.

La columna en cuestión criticaba los aranceles de Trump. El contenido, en este caso, importa menos que el método: el artículo quedó detrás de un muro de pago, lo que significa que lectores pagaron por acceder a un texto que, según el propio detector Pangram, fue producido en gran medida por una máquina.

Lo que está en juego

Para Hemisferio, la lectura de este episodio va más allá del escándalo de turno en redes sociales.

Las grandes instituciones académicas de la costa este —Harvard entre ellas— llevan años funcionando como tribunas de autoridad intelectual desde las que se dictan los términos del debate público: sobre política comercial, sobre regulación, sobre el papel del Estado en la economía. Esa autoridad descansa, en última instancia, en la credibilidad del trabajo que producen. Cuando un profesor de la Kennedy School delega en un algoritmo la tarea de articular sus ideas para el Financial Times, no solo viola las normas de un diario: debilita el único activo que justifica el peso específico de esa voz en el debate.

Hay también una ironía que no conviene ignorar. La columna atacaba la política arancelaria de Trump. Puede que el argumento tenga o no mérito propio —eso es materia de otro debate—, pero resulta difícil tomarlo en serio cuando el vehículo elegido para expresarlo fue, en sus tres cuartas partes, una máquina. El libre mercado de las ideas exige, como mínimo, que las ideas sean de quien las firma.

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