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El embrujo verde de Otanche

Un municipio boyacense fundado en 1960 sobre territorio esmeraldero muzo se reinventa hoy como destino de ecoturismo, con sus piedras preciosas como anzuelo y su biodiversidad como promesa.
Foto: semana.com
lunes 17 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un pueblo enclavado en las estribaciones de la cordillera Oriental, a casi cuatro horas de Tunja, donde durante siglos el suelo guardó algo que los muzos —aguerrido grupo indígena caribe, según el Sistema de Información Turística de Boyacá (Situr Boyacá)— convirtieron en el eje de su economía: las esmeraldas. Ese legado no desapareció con la Conquista. Se transformó en un imán.

Otanche, municipio del occidente de Boyacá ubicado a 170 kilómetros de Tunja, fue fundado el 17 de noviembre de 1960. Antes formaba parte de Muzo, hasta que el extinto Instituto Colombiano para la Reforma Agraria (Incora) inició la demarcación de las áreas consideradas baldías. Desde entonces, el municipio ha acogido a personas de otras zonas del país, atraídas por lo que Situr Boyacá denomina el «embrujo verde» que generan las esmeraldas.

La geografía explica parte del carácter del lugar. El territorio se encuentra en la zona tropical húmeda, con una topografía irregular que incluye la serranía de Las Quinchas y el alto del Cuy. Los ríos Minero, Chirche, Sacán y Moras forman parte de la cuenca del Magdalena y dotan al municipio de un potencial hídrico que hoy es también atractivo turístico. El municipio se orienta hacia el valle del río Magdalena, al occidente del departamento.

La economía local no descansa únicamente en las piedras preciosas. La agricultura aporta cultivos de café, caña miel, fríjol, yuca, plátano y maíz. La artesanía suma otra capa: algunas personas elaboran y comercializan piezas con esmeraldas y cuarzos que se venden en mercados dentro y fuera de Colombia, convirtiendo la extracción en cadena de valor con nombre y apellido artesanal.

Los detalles cuentan la historia. Entre los atractivos naturales documentados por Situr Boyacá figuran la cascada El Hilo, las cavernas Las Cacas —habitadas por murciélagos y aves llamadas cacas—, la laguna Leticia y la reserva forestal Las Quinchas, área de conservación que se extiende por Cundinamarca, Boyacá y el suroccidente de Santander. No es un inventario menor: es la infraestructura natural sobre la que Otanche construye su segunda identidad, la del ecoturismo.

«Hoy en día, además del innegable encanto que producen las esmeraldas, son otras las motivaciones que mueven a los turistas a visitar este tranquilo pueblo; motivos que están relacionados con el enorme potencial ecológico y paisajístico que ostenta la región», subraya Situr Boyacá. El giro es significativo: el municipio ya no depende solo de lo que está bajo tierra.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de noviembre de 1960 en que Otanche dejó de ser un apéndice de Muzo y se convirtió en municipio propio. La demarcación del Incora no fue solo un trámite burocrático: fue el momento en que una comunidad construida alrededor de una piedra recibió la oportunidad de construir algo más duradero que una bonanza extractiva.

Lo que Otanche muestra es un modelo que Colombia debería replicar con más frecuencia: la transformación de un recurso natural en motor de libre empresa local, desde la extracción hasta la joya artesanal, desde la mina hasta la reserva forestal que atrae al viajero. El aparato estatal que en su momento trazó los límites del municipio hace décadas ya no es el protagonista. Los protagonistas son los artesanos que venden esmeraldas en mercados internacionales y los emprendedores que apuestan por el turismo ecológico en Las Quinchas. Cuando la iniciativa privada y el patrimonio natural se alinean, el «embrujo verde» deja de ser metáfora y se convierte en economía real.

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