La escena lo dice todo. El 11 de marzo, cuando José Antonio Kast asumió la Presidencia, once mujeres integraban su gabinete. A menos de seis meses de esa jornada, la cifra ha bajado a ocho. Catorce hombres completan el cuadro ministerial.
El ajuste no fue un movimiento solo. Kast realizó dos cambios ministeriales desde que tomó posesión. El primero, el 19 de mayo, removió a Trinidad Steinert del Ministerio de Seguridad y a Mara Sedini de la Secretaría General de Gobierno. El segundo llegó la semana pasada: Natalia Duco salió de Deportes. Tres salidas femeninas, ningún reemplazo femenino que compensara la proporción.
El gobierno no lo dramatiza. La ministra de la Mujer y la Equidad de Género, Judith Marín, fue directa al respecto: las salidas «no constituyen un motivo de género el cambio de gabinete, sino que es propia de la evaluación que realiza el Presidente». En La Moneda subrayan, además, que la administración nunca pretendió ser percibida como «feminista» ni se fijó una meta de paridad numérica, a diferencia de lo que intentó —sin lograrlo del todo— el expresidente Gabriel Boric.
Pero la incomodidad existe, y viene de adentro.
La exministra Karla Rubilar lo formuló con precisión quirúrgica: «Es legítimo exigir idoneidad antes que una paridad puramente numérica, pero resulta poco convincente sostener que, entre tantas mujeres calificadas, la relación 8–14 responde solo al mérito». Su argumento no es de cuotas; es de credibilidad.
Isabel Pla, exministra de la Mujer por la UDI, fue en la misma dirección aunque con matiz distinto. Para Pla, algunos nombramientos del primer gabinete respondieron «más a un gesto simbólico que» a mérito, competencia y convicción. Su conclusión, sin embargo, apunta hacia adelante: «En Chile hay tantos hombres como mujeres altamente preparadas para asumir en cualquier cartera. Incorporarlas expresaría el reconocimiento del gobierno a la participación de liderazgos femeninos en todas las áreas».
La presidenta del Senado, Paulina Núñez, de Renovación Nacional, añadió otro ángulo al debate: no solo hay pocas mujeres, sino que hay ministros —sin especificar género— que prefieren pasar «piola» sin generar problemas ni resultados. «El presidente debe ponderar esas bajas cuando produzca nuevos cambios», advirtió. «Mujeres capaces, con experiencia y vocación en nuestro sector hay».
En privado, algunas parlamentarias de Chile Vamos van más lejos: sostienen que habitualmente se exige más a las ministras que a los ministros, y que esa asimetría de estándar explica, al menos en parte, las últimas modificaciones al gabinete.
No todos en la coalición comparten la preocupación. La vicepresidenta de la Cámara de Diputados, Ximena Ossandón, fue contundente: «En general, a las familias chilenas le da exactamente lo mismo si (un ministro) es un hombre, una mujer, un gay, una lesbiana o lo que tú quieras. A la gente lo que más le importa es la solución de los problemas». Ossandón aseguró que en su distrito nadie le ha planteado el tema; lo único que piden, dijo, son resultados.
Los detalles cuentan la historia. El debate que ha abierto la composición del gabinete de Kast no es, en el fondo, un debate sobre cuotas. Es un debate sobre mérito real versus mérito percibido, y sobre si el aparato estatal aplica el mismo rasero a todos sus integrantes. Que ese cuestionamiento surja desde dentro de la coalición gobernante —y no desde la oposición— le da una textura distinta.
Desde la línea editorial de Hemisferio, la postura es clara: las cuotas numéricas son un instrumento burdo que subordina la competencia a la aritmética identitaria. Kast tiene razón en rechazar ese modelo. Pero el argumento del mérito solo es sólido si se aplica con consistencia: el mismo estándar para quien entra y para quien sale, sin importar el género. Si las voces más moderadas de Chile Vamos perciben que ese estándar no es parejo, el problema no es de paridad sino de credibilidad institucional. Y eso sí le cuesta al gobierno.



