La escena lo dice todo. Durante meses, Abelardo De la Espriella repitió en campaña y ya como mandatario electo que gobernaría desde Barranquilla como gesto fundacional de una Colombia menos centralizada. El 27 de julio de 2026 lo dijo sin ambigüedad: «No voy a despachar desde la Casa de Nariño, pero voy a ir a Bogotá. Le he dado la instrucción a la ministra de cultura, Paola Holguín, que vuelva la Casa de Nariño un museo abierto al público».
Este martes, esa promesa quedó en suspenso. Fuentes del Gobierno confirmaron a El Colombiano que De la Espriella despachará desde la Casa de Nariño cada vez que esté en la capital. El Palacio de San Carlos, sede de la Cancillería desde donde ya había celebrado reuniones y Consejos de Ministros, pasará a ser una oficina complementaria más dentro de una red de sedes presidenciales en todo el país.
La sede principal sigue siendo el Batallón Paraíso, en Barranquilla. Ese punto no cambia. Pero el edificio en el centro del poder bogotano tendrá ahora un doble propósito: el tercer piso quedará reservado para uso exclusivo del jefe de Estado y sus colaboradores del Dapre, mientras la planta baja se habilitaría como museo, según la instrucción que el propio De la Espriella le dio a la ministra de Cultura, Holguín. Las fuentes consultadas bajo reserva advierten que ese proyecto museístico avanza con lentitud, en parte porque la pasada administración del gobierno Petro realizó modificaciones en cuadros, esculturas y decoración del edificio.
Los detalles cuentan la historia. La sede barranquillera no estuvo lista para la posesión del mandatario y fue cuestionada desde el inicio: primero por el origen de los recursos destinados a su construcción, y luego por la pregunta práctica de cómo coordinaría el presidente con un gabinete cuyos ministerios operan en el centro de Bogotá. Las comunicaciones virtuales permiten contacto permanente, reconocen los propios analistas, pero la fricción logística era real.
El politólogo Felipe Murillo explicó a El Colombiano que la iniciativa de gobernar desde Barranquilla no constituye una descentralización del poder en sentido estricto, ya que no implica transferir competencias a las autoridades territoriales ni crear nuevas estructuras administrativas fuera de Bogotá. En la misma línea, el profesor de la Universidad Javeriana Juan Sebastián Jiménez sostuvo que trasladar el despacho presidencial tiene un valor principalmente simbólico. «La descentralización no consiste únicamente en mover las sedes del poder, sino en transferir efectivamente ese poder a las regiones», señaló el académico, quien recordó que incluso durante el gobierno de Rafael Núñez, cuando el presidente despachó desde Cartagena, el país continuó funcionando bajo un modelo centralista, solo que desde otra ciudad.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El timonazo de De la Espriella no es menor en términos de imagen: fue una de las promesas más visibles de su campaña, un símbolo de ruptura con el centralismo bogotano que históricamente ha concentrado presupuesto, decisiones y poder. Rectificarla —aunque sea parcialmente— abre flancos a sus críticos y obliga a su equipo a reencuadrar el relato.
Desde la línea editorial de Hemisferio, el movimiento merece una lectura doble. Por un lado, la pragmática: gobernar desde Barranquilla con un gabinete en Bogotá generaba costos de coordinación reales para el aparato estatal, y reducir esa fricción es una decisión sensata de gestión. Por el otro, la simbólica: la descentralización genuina —aquella que transfiere recursos, competencias y decisiones a los territorios— no se juega en qué edificio ocupa el presidente, sino en cómo se distribuye el gasto público y qué autonomía real tienen las regiones. Si De la Espriella quiere que su legado sea la Colombia descentralizada que prometió, el despacho desde la Casa de Nariño es, a lo sumo, el primer capítulo de una historia que aún no tiene desenlace.



