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El hombre detrás de SharkNinja

CJ Wang, el multimillonario chino que compró una empresa de Massachusetts y la convirtió en un gigante de 26.000 millones de dólares, rompe su silencio por primera vez ante la prensa internacional. Lo que está en juego es más que un negocio.
Foto: time.com
martes 18 de agosto de 2026

La piedra de moler soja ocupa un lugar de honor en la oficina del ático de Hong Kong. No es decoración irónica ni nostalgia calculada. Para CJ Wang, fundador de Joyoung y presidente de SharkNinja, ese artefacto es el punto de partida de todo: los brazos adoloridos después de la escuela, la China de Mao todavía sacudiéndose, y la certeza temprana de que había algo más grande esperando.

Wang creció en lo que hoy es la ciudad de Yantai, en la provincia oriental de Shandong, en los años finales de la Revolución Cultural. Estudió ingeniería eléctrica en la Universidad Jiaotong de Pekín y siguió el camino familiar: se hizo maestro. Pero en 1994, cuando Deng Xiaoping había desatado ya el espíritu emprendedor que transformaría la República Popular, Wang dejó su puesto en una escuela vocacional e inventó lo que describió como la primera máquina automática para hacer leche de soja del mundo. «Estaba lejos de ser perfecta, y no era un producto ideal, pero ya era un gran salto adelante», dice.

Ese mismo año fundó Joyoung, que se convertiría en nombre de referencia en China para electrodomésticos de bajo costo y alta fiabilidad: licuadoras, arroceras, procesadores. Dos décadas después, con Joyoung consolidada, Wang buscó un camino hacia Occidente. En lugar de construir reconocimiento de marca desde cero, eligió la ruta más rápida: comprar a un jugador establecido.

En 2017 adquirió SharkNinja, la empresa con sede en Massachusetts conocida por sus aspiradoras Shark y sus gadgets de cocina Ninja. Hoy Wang preside una compañía valorada en 26.000 millones de dólares. «Realmente vi a SharkNinja como una versión americana de Joyoung», explica. «Sentí que entendía el negocio».

La entrevista que concedió a Time —la primera que Wang ha dado a medios internacionales— revela a un hombre tímido, de voz suave, sin el alarde performativo que suele acompañar a los fundadores multimillonarios. Sus pocas pasiones fuera del trabajo, confiesa, son el whisky Macallan y el golf, con un hándicap de 15. La razón por la que decidió hablar ahora es directa: «Solo quiero estar un paso adelante para contar mi historia de forma proactiva y mitigar cualquier especulación. Porque no hay mucho sobre mí ahí fuera».

El contexto en el que Wang rompe su silencio no es menor. La inversión extranjera directa china en Estados Unidos cayó a 2.500 millones de dólares el año pasado, un descenso del 94% respecto al pico de 46.500 millones registrado en 2016. Las revisiones ampliadas del Comité de Inversión Extranjera en Estados Unidos (CFIUS), los controles de capital en China y la fricción geopolítica sostenida han transformado lo que fue un clima de negocios sinérgico en un campo minado. El presidente Donald Trump prometió el año pasado «nuevas reglas» para «detener a China de comprar América».

En ese entorno, Wang enfrenta un riesgo específico: que su origen chino y su discreción natural sean leídos como opacidad o algo peor. «SharkNinja es una empresa muy americana», dice. «Pero la gente empieza a hacer suposiciones. Quiero que la gente sepa quién soy y cuáles son mis motivaciones para el bien de la compañía, para que no haya especulación al respecto».

El argumento de Wang es que SharkNinja representa un modelo distinto al de los casos que han alimentado la desconfianza: no es la fábrica de vidrio automotriz de Fuyao en Dayton, Ohio, retratada en el documental American Factory con sus choques culturales entre trabajadores americanos y gerentes chinos. No es Shein, la plataforma de moda rápida acusada de abusos laborales y daño ambiental. SharkNinja, sostiene, es una historia de «refundación»: una empresa que encontró nueva misión, nueva energía y nuevas alturas bajo su liderazgo.

Los hechos acompañan parte del argumento. La compañía opera desde Massachusetts, cotiza en bolsa en Estados Unidos y sus productos compiten en el mercado abierto contra rivales establecidos. La valoración de 26.000 millones de dólares no es el resultado de subsidios estatales visibles ni de dumping documentado, sino de cuota de mercado ganada en las estanterías de los grandes minoristas americanos.

Pero la pregunta que Wang no puede responder solo es política, no empresarial: en un Congreso donde legisladores de ambos partidos han reencuadrado la inversión china como vulnerabilidad de seguridad nacional, ¿alcanza con tener buenos productos y una buena historia?

Desde Hemisferio, la respuesta debería ser sí —y el caso Wang lo ilustra con claridad. El libre mercado no distingue pasaportes; distingue valor. Una empresa que emplea, innova y compite en igualdad de condiciones es exactamente lo que el sistema de libre empresa promete premiar. El riesgo real no es Wang ni SharkNinja: es que el proteccionismo, disfrazado de seguridad nacional, termine cerrando puertas a la inversión productiva mientras el aparato burocrático de Washington decide quién merece participar en el mercado americano. Esa es una amenaza al libre mercado que viene de adentro.

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