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El jesuita que puso nombres a la guerra

Javier Giraldo, sacerdote y fundador de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, murió el 25 de agosto de 2026 en Bogotá tras una caída en su casa. Décadas de documentación del conflicto armado colombiano se van con él.
Foto: elcolombiano.com
miércoles 26 de agosto de 2026

La noticia llegó en la mañana del martes. Javier Giraldo, sacerdote jesuita y una de las voces más persistentes en la defensa de las víctimas del conflicto armado en Colombia, falleció el 25 de agosto de 2026 en Bogotá. Fuentes cercanas al sacerdote confirmaron el deceso a EL COLOMBIANO. Había sufrido hace unos días una caída en su casa que lo mantenía recluido en un centro médico.

Los detalles cuentan la historia. Giraldo no fue un observador distante de la guerra colombiana: recorrió durante décadas los territorios marcados por la violencia, recogió testimonios y reconstruyó historias que, de otro modo, habrían podido quedar sepultadas por el silencio. Su trabajo más reconocido fue la creación de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, un experimento de resistencia civil en una de las zonas más castigadas del conflicto. También lideró el Centro de Investigación y Educación Popular, conocido como Cinep.

Su método era sencillo en apariencia y agotador en la práctica: escuchar, acompañar y documentar. Detrás de las cifras de la guerra, insistía, había personas, familias y comunidades cuyas historias merecían ser contadas. Asesinatos, desapariciones, desplazamientos, violaciones de derechos humanos: Giraldo convirtió la memoria de las víctimas en una forma de resistencia y puso nombres y rostros donde otros veían estadísticas.

El excandidato presidencial y senador Iván Cepeda escribió en X: «Javier Giraldo, sacerdote jesuita, defensor de derechos humanos, y un ser de enorme estatura ética, vivirá por siempre en nuestra memoria. Su vida y compromiso con el amor al pueblo nos guían». Cepeda, cercano a los sectores de izquierda con los que Giraldo también mantuvo vínculos, fue una de las primeras figuras públicas en reaccionar.

A comienzos de este año, Giraldo estuvo en el centro de un episodio que dividió opiniones: la entrega de los restos óseos del exsacerdote y guerrillero Camilo Torres Restrepo, figura que marcó profundamente la historia política y social de Colombia. El acto fue bien recibido por unos y rechazado por otros, una síntesis involuntaria de la trayectoria entera de Giraldo: pocas veces neutral, siempre presente en las discusiones más dolorosas del país.

Su voz fue, en palabras de quienes lo siguieron, incómoda para los poderes de turno. Hasta el final de sus días permaneció ligado a esa búsqueda.

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La muerte de Giraldo invita a una lectura que va más allá del obituario. Su figura encarna una tensión que Colombia no ha resuelto: la diferencia entre documentar el sufrimiento y convertirlo en argumento político. Giraldo hizo las dos cosas, y esa ambigüedad define también su legado. Para sus admiradores, fue un testigo moral sin precio. Para sus críticos, su cercanía con sectores de izquierda y su participación en episodios como el de los restos de Camilo Torres plantearon preguntas legítimas sobre los límites entre la denuncia humanitaria y la militancia ideológica.

Lo que no admite discusión es el vacío que deja en el registro histórico del conflicto. En un país donde la memoria es todavía un campo de batalla, perder a uno de sus archiveros más tenaces tiene un costo concreto. El debate sobre qué hacer con esa memoria —quién la custodia, con qué fines, bajo qué gobierno— seguirá. Giraldo ya no estará para incomodar a nadie.

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