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El LUM, capturado por un sector

El ministro Beingolea anuncia una revisión del Lugar de la Memoria y acusa al museo de lograr «todo lo contrario» a la reconciliación nacional. La disputa con su colega Álvarez, dice, no pasa de opiniones.
Foto: elcomercio.pe
lunes 24 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. En la última sesión del Consejo de Ministros, los ministros se rieron. El motivo: la supuesta «fisura» entre el titular de Cultura, Alberto Beingolea, y el titular de Justicia, Ernesto Álvarez, por el control del Lugar de la Memoria. «Ha sido motivo de broma», confirmó Beingolea este lunes en una entrevista con RPP. «De ninguna manera, no hay tal».

Pero detrás de la broma hay una discusión real sobre qué hace —y qué ha hecho— el museo conocido como LUM.

Álvarez había planteado públicamente que el recinto pasara al Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, argumentando el vínculo directo del espacio con el periodo de conflicto armado de los años ochenta y noventa. Fue más lejos: difundió en sus redes un pronunciamiento de veintiún ciudadanos que respaldó el traslado y criticó el enfoque pedagógico actual del museo, proponiendo una reforma técnica para evitar sesgos ideológicos en la versión de la historia reciente.

Beingolea no mordió el anzuelo institucional. Recordó que el LUM es un museo de la Nación, que los museos están bajo la Dirección de Museos, dentro del Viceministerio de Patrimonio Cultural, y que por tanto la competencia es exclusiva de su cartera. «No hay ninguna conversación siquiera al respecto, no hay nada», subrayó. La posición de Álvarez, dijo, es «una opinión respetable», no una decisión de gobierno.

Sin embargo, el ministro de Cultura no defendió el statu quo del museo. Todo lo contrario.

«El Lugar de la Memoria es un objetivo capturado por un sector que prácticamente lo ha hecho suyo y que cuenta su historia desde su prisma», afirmó Beingolea. «Eso no debería continuar». El diagnóstico fue directo: el museo tiene como objetivo escrito la reconciliación nacional, pero según el ministro ha logrado «precisamente lo contrario». «Alrededor de él lo único que hacemos es polemizar, discutir, pelear, seguir separados», dijo.

La solución que anunció no es el cierre —«no hay ningún atisbo de cerrarlo», precisó, e invitó al público a visitarlo recordando que el primer domingo de cada mes el ingreso es gratuito— sino una revisión general del sector que incluye al museo. «Ya lo he comenzado a mirar, tengo claro qué tenemos que hacer y esta semana vamos a comenzar», adelantó.

Esta postura encaja con la línea que Beingolea trazó a inicios de agosto, en los primeros días de su gestión. En aquella entrevista con RPP declaró que su propuesta es «abrir la cancha» y que «se acabaron los privilegios de una manera única de pensar». Criticó entonces una forma de validación cultural que, según dijo, define quién es culto y quién no a partir de una estética y un conjunto de códigos cerrados. «Yo creo en la libertad y a partir de eso creo que la cultura puede fluir», sostuvo.

En paralelo, Beingolea descartó cualquier vínculo con el anunciado despido de 141 trabajadores del Instituto Nacional de Radio y Televisión del Perú. «No tengo nada que ver con el asunto», afirmó, y se mostró dispuesto a explicarlo ante el Congreso si fuera necesario. Sobre el programa «Goles en acción», del que dijo haberse desvinculado al asumir el cargo, fue categórico: «Lo que pase con Goles en acción es algo que tendrán que ver los que conducen ahora Goles en acción. Yo no tengo nada que ver ahí».

Los detalles cuentan la historia. El debate sobre el LUM no es, en el fondo, una disputa burocrática entre carteras: es una discusión sobre quién tiene derecho a narrar el pasado con recursos del Estado y desde qué ángulo. Que un museo financiado por todos los contribuyentes haya operado, según el propio ministro de Cultura, como plataforma de «una manera única de pensar» es precisamente el tipo de captura institucional que erosiona la confianza pública y desvirtúa el propósito original de estas instituciones. La revisión anunciada por Beingolea apunta en la dirección correcta: no clausurar la memoria, sino abrirla. El principio en juego es simple —pluralidad real, no pluralidad declarada— y el costo de ignorarlo lo han pagado, durante años, los peruanos que no se reconocían en el relato oficial del museo.

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