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El ministro de playa y el terremoto de Colombia

Jaime Andrés Beltrán, titular de Vivienda del gobierno De la Espriella, fue fotografiado en Santa Marta mientras cerca de 27 mil viviendas yacían destruidas y casi 300 personas habían muerto. La imagen concentra las preguntas que rodean a un gabinete recién estrenado ante su primera prueba de fuego.
Foto: eluniversal.com.mx
martes 18 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a ese fin de semana largo.

Mientras miles de familias colombianas dormían en parques y calles convertidos en refugios a cielo abierto, las fotografías y los videos comenzaron a circular en redes sociales: el ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, descansaba en una playa del Caribe, en Santa Marta. Era el mismo funcionario encargado de coordinar la reconstrucción tras el sismo de magnitud 7.4 que había golpeado sobre todo al oeste del país apenas días antes, con un saldo de casi 300 muertos y cerca de 27 mil viviendas destruidas.

La escena lo dice todo.

El terremoto había sacudido a Colombia tres días después de la asunción del presidente Abelardo de la Espriella. El epicentro se ubicó en Chocó, el departamento más pobre del país. A una semana del sismo, la esperanza de encontrar sobrevivientes bajo los escombros era mínima, pero la emergencia humanitaria no hacía sino crecer: parques y calles se habían transformado en campamentos improvisados donde las familias damnificadas aguardaban alguna respuesta del Estado.

Fue en ese contexto que las imágenes del ministro en la playa detonaron una ola de críticas.

Beltrán respondió el lunes a través de su cuenta en X. «Quiero ser enfático en que no estaba de vacaciones», escribió. «Quise compartir unas horas con mi esposa y mis hijos, a los que hace varios días no veía, para inmediatamente continuar con mi trabajo de consolidar las fases de reconstrucción de las zonas golpeadas por el terremoto». Añadió que construir viviendas era tan importante como «sostener hogares, desde el amor, el ejemplo y el respeto», y se definió como «un padre de familia presente, comprometido y sensible».

La oposición de izquierda no aceptó la explicación. Anunció que promoverá una moción de censura contra el jefe de la cartera por tomar vacaciones en la actual coyuntura y por descuidar la atención a las miles de familias que pasaban las noches a la intemperie.

Los detalles cuentan la historia.

El propio presidente De la Espriella no salió indemne de la semana. El domingo visitó Chocó, donde fue criticado por los pobladores por lanzar balones de fútbol desde su camioneta blindada, que llevaba impreso el eslogan de su campaña presidencial: «Firmes por la patria». «Se cayeron 26 colegios, el hospital está colapsado y cómo es posible que la gente reciba un balón», gritaba una persona desesperada, según videos virales en redes sociales. La agencia AFP aclaró que no pudo verificar la autenticidad de esas imágenes. De la Espriella también anunció subsidios de arriendo para los damnificados durante sus visitas a las zonas más afectadas.

En Cali, según reportes, familias cumplían ocho días viviendo bajo carpas.

La semana dejó al gobierno De la Espriella ante una prueba que ningún manual de transición contempla: gestionar una catástrofe natural de primer orden cuando el gabinete apenas lleva días en funciones. La capacidad de respuesta institucional, la coordinación entre carteras y la presencia visible de los funcionarios en terreno son, en esas circunstancias, el único capital político que importa.

Desde la línea editorial de Hemisferio, el episodio ilustra algo más profundo que un error de imagen. Un ministro de Vivienda que se ausenta cuando 27 mil viviendas han quedado destruidas no comete solo un tropiezo de relaciones públicas: revela la distancia que puede abrirse entre el aparato estatal y los ciudadanos que lo financian y que, en este caso, lo necesitan con urgencia. El Estado no es un servicio de guardia que descansa los fines de semana; es, en los momentos de catástrofe, la única red que muchas familias tienen. Que esa red falle —o que simplemente parezca fallar— es el costo más caro que puede pagar un gobierno recién nacido. De la Espriella llegó al poder con la promesa de un orden distinto. La primera semana real de su mandato le exige demostrarlo con hechos, no con balones.

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