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El mural que dividió al ICBF

La nueva directora María Carolina Restrepo ordenó retirar un mural en la sede bogotana del instituto y acusó a adultos de instrumentalizar políticamente a los menores. La exdirectora Cáceres salió a defenderlo.
Foto: elcolombiano.com
jueves 20 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. En una pared de la sede del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) en Bogotá convivían corazones infantiles, dibujos varios y, en medio de todo ello, una hoz y un martillo. Junto a esos símbolos, una inscripción: «Aquí estuvo Resistencia Chiquita». Cuando María Carolina Restrepo asumió la dirección de la entidad, lo primero que hizo fue ordenar que ese mural desapareciera.

Restrepo no se guardó el diagnóstico. «Esto es absolutamente abusivo. Un niño qué va a saber qué es eso. Un niño que lo único que tiene que hacer es jugar», declaró la funcionaria. Su argumento central no apuntaba al colectivo en sí, sino a la pregunta que dejaba en el aire: ¿dónde termina la expresión espontánea de una niña y dónde comienza la construcción, orientación y exposición que hacen los adultos alrededor de esa voz?

La pregunta tiene peso. «Resistencia Chiquita» nació en 2016, según consigna la Secretaría de Cultura de Bogotá, cuando una niña llamada Antonia, de siete años, comenzó a hacerse preguntas tras el feminicidio de Yuliana Samboní. De esas conversaciones con su madre, Ana Gómez, surgió el colectivo, dedicado a procesos de expresión artística y participación infantil en torno a la violencia contra las niñas.

Restrepo reconoció el origen del colectivo en su cuenta de X, pero mantuvo su posición: «Por supuesto que una niña de seis años puede preguntar, indignarse, sentir miedo, tener ideas y expresar lo que piensa. Su voz merece ser escuchada y respetada. Pero una niña de seis años no constituye, organiza, estructura y sostiene autónomamente durante años un colectivo. Ahí, necesariamente, intervienen adultos», escribió.

El episodio no tardó en convertirse en un duelo entre la nueva gestión y la anterior. Astrid Cáceres, exdirectora del ICBF que en su momento promovió el espacio donde estaba el mural, salió a defender el colectivo en redes sociales. «No subestimen la participación infantil y sus criterios. Hagámoslas famosas, ellas surgieron luego del vil asesinato de Yuliana Samboní y fueron invitadas de honor en mi despacho», escribió Cáceres.

En entrevista con Caracol Radio, la exfuncionaria fue más lejos y señaló que «hay una satanización a palabras como resistencia». Describió el espacio como una biblioteca con juguetes para hijos de trabajadores, donde los colectivos de niños que visitaban la sede dejaban su huella escrita o dibujada. «Los niños y las niñas hace mucho rato expresan su opinión, son actores políticos, hablan sobre el clima y dicen lo que quieren», concluyó Cáceres.

El propio ICBF había registrado en noviembre de 2023 una actividad con integrantes del colectivo, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de las Violencias contra las Niñas, las Mujeres Adolescentes y Jóvenes. Es decir, la entidad que hoy retira el mural fue la misma que, bajo otra conducción, celebró su presencia.

Los detalles cuentan la historia. Lo que está en disputa no es únicamente un mural: es el modelo de institución que el gobierno de Petro construyó en el ICBF durante su gestión y que la nueva dirección busca desmontar. Cáceres encarna esa herencia; Restrepo, la ruptura.

Desde la línea editorial de Hemisferio, la pregunta de Restrepo es legítima y merece tomarse en serio. Una institución del Estado dedicada a la protección de la infancia no debería ser el escaparate de ninguna corriente ideológica, y menos cuando los símbolos en cuestión —una hoz y un martillo en la pared de un organismo público— tienen una carga política inequívoca. El debate sobre la participación infantil es válido; el debate sobre si el aparato estatal debe vehicular esa participación hacia una agenda determinada es otro asunto. Que la exdirectora defienda el mural como expresión libre de los niños mientras la nueva directora señala la mano adulta detrás del colectivo revela, en el fondo, el verdadero campo de batalla: quién controla el relato en las instituciones que forman a las nuevas generaciones.

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