AHORA
Hemisferio
PolíticaAméricasMundoNegociosTecnologíaCulturaIdeas
Hemisferio
Secciones
El medio
Américas

El suelo que cede y el edificio que aguanta

Los terremotos recientes en México, Venezuela, Colombia y Perú exponen una brecha que no es solo geológica: es de normas, materiales y voluntad política para exigirlos.
Foto: semana.com
martes 25 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un hospital con las paredes rotas. Una escuela con la fachada desprendida. Un edificio comercial evacuado mientras el de al lado permanece intacto. Los terremotos ocurridos este año en Chiapas, Venezuela, Colombia y Perú no solo sacudieron el suelo: pusieron en evidencia la distancia entre lo que la ingeniería sabe hacer y lo que los Estados permiten que se construya.

Para la población de esos países, los temblores son una experiencia casi cotidiana. La región se asienta sobre grandes fallas geológicas y en la vecindad del cinturón de fuego del Pacífico. Pero los eventos recientes han tenido consecuencias de otra escala: incendios, colapso de construcciones, réplicas prolongadas, saqueos, éxodo poblacional por falta de vivienda y caída de servicios públicos. La interrupción de las actividades económicas golpeó además la capacidad de generar ingresos. Las perspectivas de recuperación, según los especialistas, son de largo plazo y requerirán grandes esfuerzos a nivel local y nacional.

Lo que la ingeniería ya sabe

La sismorresistencia no es un concepto nuevo ni experimental. Se define como la cualidad de las estructuras para soportar y mitigar las fuerzas causadas por un sismo al disipar la energía del terremoto de forma controlada. El criterio central es que la estructura debe tener capacidad de «ir y venir»: deformarse y resistir el movimiento sin venirse abajo mientras las personas evacuan.

Eso implica una cadena de decisiones técnicas que comienza antes de poner el primer ladrillo. El análisis de la calidad del suelo es el punto de partida: los terrenos deben ser firmes y resistentes para amortiguar las vibraciones. Luego viene la calidad y cantidad de los materiales, el diseño del sistema estructural, el peso total de la edificación y su mantenimiento posterior. Elementos como amortiguadores sísmicos y dispositivos de absorción de choque han demostrado ser útiles; los diseños que buscan flexibilidad y deformación controlada son los que salvan vidas.

Para obras de infraestructura crítica —hospitales, aeropuertos— y espacios de alta afluencia como centros comerciales, existe un estándar superior: el aislamiento sísmico. Mediante aisladores que entran en funcionamiento cuando el suelo se mueve, se desacopla parcialmente la estructura del movimiento de la cimentación, reduciendo la cantidad de movimiento que llega al edificio. Japón y otros países con alta incidencia sísmica llevan décadas aplicando este principio con resultados documentados.

El eslabón roto: la construcción informal

El problema no es la falta de conocimiento técnico. Es la brecha entre ese conocimiento y lo que se levanta en la práctica. La construcción informal —mayoritaria en buena parte de América Latina— no cumple las normas sismorresistentes establecidas y, en el mejor de los casos, se limita a cumplir la ley en la medida mínima necesaria para reducir costos. En muchos casos, el sistema estructural de estas edificaciones no es apto para resistir actividades sísmicas y es susceptible de sufrir daños graves o colapsar ante un evento destructivo.

El resultado es visible en cada terremoto: los edificios que caen no son los que se construyeron con las normas; son los que se construyeron a pesar de ellas, o sin que nadie las exigiera.

Los especialistas señalan que en la reconstrucción de edificaciones públicas y de mayor afluencia de personas se deben aplicar factores de seguridad más altos. Pero esa recomendación solo tiene peso si existe un aparato de fiscalización que la haga cumplir.

La conciencia que también se derrumba

La prevención técnica, por sí sola, no alcanza. En varios países se realizan simulacros para comprobar rutas de evacuación, identificar zonas de seguridad y preparar la respuesta automática de la población —sin depender del razonamiento en un momento de estrés, cuando la capacidad de pensar tiende a ralentizarse o bloquearse. Algunos países han establecido simulacros obligatorios y ejercicios anuales de evacuación. Incluso se utilizan vehículos especiales que simulan las magnitudes de grandes terremotos para concienciar a la población en localidades alejadas.

Sin embargo, los propios expertos constatan que este tipo de prevención se ha ido perdiendo en varios países de la región.

La lectura de Hemisferio

Cada terremoto es también una auditoría involuntaria del Estado. Lo que colapsa no es solo concreto: es la consecuencia acumulada de normas que no se exigen, de permisos que se otorgan sin inspección y de una burocracia que cobra tasas sin garantizar estándares. El costo lo pagan los ciudadanos con sus vidas y con sus patrimonios; la reconstrucción, con frecuencia, la financia el contribuyente.

La lección de Japón no es que el dinero público resuelve el problema. Es que las reglas claras, aplicadas con rigor, y la libre empresa operando dentro de estándares exigibles producen edificios que aguantan. América Latina tiene el conocimiento técnico. Lo que falta es la voluntad institucional de hacerlo valer.

Más de Américas