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Kuska: mosaicos, reciclaje y autonomía en el corazón de Bolivia

Trece años después de su fundación en Cochabamba, el colectivo de mujeres artesanas convierte cerámica desechada en murales y en un modelo de autosustento que prescinde del Estado.
Foto: infobae.com
lunes 24 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Una mujer toma unas tenazas especiales, ajusta el ángulo y parte un azulejo roto en dos curvas precisas. El fragmento, que horas antes era basura de obra, se convertirá en la mejilla de un retrato. Así trabaja Kuska, el colectivo de mosaiquistas bolivianas que desde Cochabamba lleva trece años demostrando que el emprendimiento femenino no necesita subsidios para prosperar: necesita oficio, disciplina y un mercado al que vender.

Kuska nació hace trece años dentro del Laboratorio de Comunidades Creativas del Proyecto mARTadero, un espacio cultural con base en el barrio Villa Coronilla, en Cochabamba. La palabra es quechua y significa juntas. La coordinadora del colectivo, María René Camacho, lo explica sin rodeos: «Desde el momento en que se ha formado este colectivo siempre tratamos de andar juntas. Juntas hemos tratado de superar muchos problemas, juntas nos hemos hecho conocer, juntas hemos ido a dar clases al interior del país y al exterior».

El punto de partida fue modesto: unas quince mujeres de distintas edades, desde colegialas hasta abuelas, reunidas con la idea de aprender mosaiquismo y, al mismo tiempo, fortalecer su autoestima económica. «Este espacio era para que las mujeres puedan asistir y aprendan esta nueva técnica de arte, pero también nuestro objetivo era empoderar económicamente a las mujeres y ayudarlas a superar algunos altibajos en su autoestima», precisó Camacho a la agencia EFE. En el último quinquenio, el número de integrantes se ha estabilizado entre siete y ocho participantes.

La materia prima es, en su mayor parte, cerámica en desuso que las Kuskas —como también se les conoce— recolectan en calles y construcciones, o azulejos rotos que compran en algunos comercios. El material descartado recibe, según sus propias palabras, «una nueva oportunidad». Camacho añade una lectura más personal: «Algunas de las mujeres vienen al taller a darse una segunda oportunidad». El paralelismo entre el material y las personas no es retórico; es el eje del proyecto.

Los detalles cuentan la historia. En 2014, las Kuskas se estrenaron en el teatro Adela Zamudio de Cochabamba con un mural dedicado a la poetisa boliviana considerada una de las precursoras del feminismo en el país. La obra muestra el rostro de una mujer de cuya cabellera se desprende un paisaje de Cochabamba, junto a un fragmento del poema Nubes y vientos de Zamudio. Desde ese primer mural, el colectivo decidió que su arte tendría «temáticas de mujeres» para, en palabras de Camacho, «feminizar la ciudad».

De ese teatro pasaron a intervenciones en calles y plazas de Cochabamba, luego a Sucre y Tarija, y cruzaron la frontera hasta Arica, en Chile, donde impartieron un taller a mujeres locales y dejaron un mural en la ciudad. En 2017, su intervención en el pasaje San Rafael de Cochabamba —36 retratos de latinoamericanas notables— les valió el Premio Eduardo Abaroa de artes contemporáneas.

El modelo económico es tan concreto como las teselas que cortan. Las Kuskas venden obras en una tienda instalada en el propio mARTadero y aceptan contratos para intervenciones públicas. Ese flujo de ingresos financia el autosustento del colectivo y genera remuneración directa para sus integrantes. No hay mención a fondos públicos ni a programas gubernamentales: la caja la llena el mercado.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de 2014 en el teatro Zamudio. Fue el momento en que un grupo de mujeres de barrio comprobó que el arte podía ser, al mismo tiempo, expresión y sustento. Trece años después, el colectivo sigue en pie con un número estable de integrantes, premios nacionales en el historial y presencia internacional.

Hemisferio subraya lo que el relato de Kuska ilustra con claridad: la autonomía económica real no se decreta desde un ministerio ni se fabrica con retórica de empoderamiento institucional. Se construye con una técnica aprendida, un producto que alguien quiere comprar y la disciplina de sostenerlo año tras año. En un continente donde los gobiernos suelen presentarse como los únicos arquitectos del progreso femenino, Kuska es un recordatorio incómodo: a veces basta con unas tenazas, cerámica rota y la libertad de vender lo que se hace.

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