La escena lo dice todo. En un grupo focal realizado en enero de 2026, una mujer pronuncia cuatro palabras: «No hay red de apoyo». Antes de que la moderadora pueda continuar, otra participante la repite casi calcada. No es una coincidencia: la misma frase, con distintas variaciones, atraviesa las cuatro sesiones que el Observatorio Niñez de Fundación Colunga convocó como parte del trabajo de campo para construir su agenda «Primera Infancia: Bienestar, brechas y propuestas para fortalecer la política pública en Chile».
El informe, disponible para descarga gratuita en el sitio del Observatorio, es la radiografía más actualizada sobre cómo viven en Chile las niñas y niños de 0 a 5 años. En esos grupos participaron 37 personas cuidadoras: 33 mujeres y 4 hombres. La propia moderadora de las sesiones lo señaló como un hallazgo en sí mismo: en cada uno de los cuatro grupos siempre hubo exactamente un hombre. «Igual representa de cierta forma cómo se distribuyen las labores de cuidado», dijo.
Los perfiles de las participantes eran heterogéneos. Desde profesionales que dejaron sus empleos hasta mujeres que no habían terminado la enseñanza media. Una nutricionista lo explicó sin rodeos: «Actualmente renuncié a mi trabajo por lo mismo, porque no cuento con red de apoyo que me pueda ayudar al cuidado de mi bebé». Otra, que pasa la jornada completa sola con sus tres hijos mientras su pareja trabaja, describió su rutina: «Me levanto a las nueve más o menos, cuando mi pareja se va al trabajo, y ahí llega tipo doce de la noche. Así que yo estoy todo el día sola».
Los datos respaldan lo que los testimonios anticipan. Según la agenda de análisis, un 9% de las personas cuidadoras en Chile enfrenta la crianza con niveles altos de tensión, y un 26% adicional con niveles moderados. La causa principal identificada es la ausencia de apoyo familiar, comunitario o institucional. Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga, lo describe como un problema de arquitectura: «El cuidado en Chile tiene cara de mujer —madres y abuelas sostienen casi todo el peso— y esa arquitectura funciona sin red: hay más de 50.000 hogares sin ningún apoyo para criar».
La red que muchas familias dan por sentada resulta ser más frágil de lo que parece. Las abuelas cuidan en el 27% de los hogares con niñas y niños de 0 a 5 años. Del Villar advierte que esa cifra, lejos de ser un dato tranquilizador, es una señal de alarma: «Si esa abuela se enferma, envejece, o simplemente no está, no hay un plan B».
La presión acumulada encuentra salidas domésticas y silenciosas. «Yo me encierro en el baño: 'Por favor, 15 minutos para mí'. Y después ya salgo como si nada», contó una de las participantes. Otra resumió su situación con una economía de palabras que no deja margen a la interpretación: «No tengo red de apoyo: soy yo, yo y yo».
El correlato en salud mental es medible. El sistema público aplica de rutina la Escala de Depresión Posnatal de Edimburgo durante el embarazo y el puerperio. El patrón que recoge la agenda es elocuente: durante la gestación, el porcentaje de mujeres con síntomas depresivos se mantiene relativamente estable, entre el 12% y el 15%. En el posparto, en cambio, sube de forma sostenida a medida que pasan los meses. Valentina Peri, sicóloga y directora ejecutiva de La Casa del Encuentro, que acompañó los grupos focales como parte de la Mesa de Expertos, lo enmarca así: «En un parto siempre nacen dos: nace un bebé, pero también nace una madre». Y añade: «El problema no es que aparezca ambivalencia, tristeza, incluso una sensación de no reconocerse una misma. El problema es tener que atravesarlo sola».
Peri es directa sobre las implicancias de política: «Si sabemos que las redes son un factor protector, construir redes de cuidado también tiene que ser una responsabilidad social. La crisis de los cuidados y la crisis de salud mental van de la mano».
Lo que el informe del Observatorio Niñez Colunga pone sobre la mesa no es, en el fondo, un argumento a favor de más aparato estatal. Es el retrato de un sistema que ya falló: el Estado chileno lleva décadas prometiendo infraestructura de cuidados y entregando, en cambio, burocracia dispersa y gasto sin resultados medibles en el hogar real. Mientras tanto, son las familias —y dentro de ellas, casi siempre las mujeres— quienes absorben el costo que las instituciones no cubren. El mercado, cuando funciona, ofrece soluciones: salas cuna, cuidadoras profesionales, redes comunitarias con incentivos reales. El problema es que las políticas públicas han preferido el subsidio opaco al servicio concreto. Mientras eso no cambie, el baño seguirá siendo el único espacio de descanso disponible.



