La escena lo dice todo. Una pintura cubierta con una lona estampada con la bandera estadounidense, una canción de heavy metal de fondo y un video publicado en redes sociales por la embajadora Leah Campos: así salió «Young Artists After Siamesas 1960», de Kehinde Wiley, de la sede diplomática de Estados Unidos en Santo Domingo, República Dominicana.
«En la Administración Trump y bajo mi liderazgo nos alejamos de las ideologías globalistas y woke y en cambio abrazamos el patriotismo americano y la belleza de nuestro gran país», escribió Campos al publicar el video.
La obra fue encargada por el Departamento de Estado en 2013 como parte del programa Art in Embassies, creado en 1963 con el objetivo de fomentar el diálogo intercultural y la diplomacia a través del arte. Para realizarla, Wiley colaboró con estudiantes de la Facultad de Artes y de la Altos de Chavon School of Design, dos instituciones prominentes de la República Dominicana. Los cuatro modelos de la pintura fueron estudiantes locales de arte. La obra se inspiró en dos piezas dominicanas: «Desnudo Femenino» (1940), de Celeste Woss y Gil, y «Siamesas» (1960), de Gilberto Hernández Ortega.
El Departamento de Estado estudia ahora si puede vender legalmente la pintura, que fue adquirida con dinero de los contribuyentes, según informó un portavoz de la institución al diario The New York Times. El mismo portavoz señaló que «la obra de un individuo con palabras y representaciones tan violentas y racistas no tiene lugar en el Departamento de Estado America First».
La referencia apunta a la pintura «Judith and Holofernes» (2012), en la que Wiley reinterpreta una obra del siglo XVII de Giovanni Baglione —que a su vez ilustra el relato bíblico de Judit decapitando a un general invasor— con una mujer negra sosteniendo la cabeza cercenada de una mujer blanca. El propio Wiley describió la pieza como un juego con «lo de matar al blanco». La obra se exhibe actualmente en el North Carolina Museum of Art en Raleigh. Wiley también enfrentó señalamientos por alegaciones de agresión sexual en 2024, que él niega.
Al frente del programa Art in Embassies desde el inicio del segundo mandato de Trump está Erin Scavino, quien antes ejerció como abogada y participó como concursante en el programa de telerrealidad The Apprentice. Es también esposa del subsecretario jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Dan Scavino. En una entrevista reciente con el exsecretario de prensa de la Casa Blanca Sean Spicer, Scavino calificó la pintura retirada de «muy woke» y «estéticamente aterradora». Bajo su dirección, el programa ha priorizado obras con imágenes patrióticas: el mes pasado organizó en Washington la exposición «Passport to Patriotism: 250 Years of Diplomacy», con 68 representaciones de la bandera estadounidense en 56 obras.
Scavino también afirmó que sus objeciones a lo que llamó «arte satánico de bebés» en la residencia del embajador en Bucarest habían forzado la salida de Kathleen Kavalec de su cargo. La partida de la embajadora había sido descrita previamente como una jubilación planificada. Además, el Departamento de Estado modificó el proceso de selección del pabellón estadounidense para la Bienal de Venecia 2026, sustituyendo el lenguaje de diversidad por requisitos sobre «valores americanos» y designando como comisaria a Jenni Parido —señalada como amiga de Scavino y sin experiencia profesional previa en museos—, cuya organización sin fines de lucro American Arts Conservancy fue fundada en julio pasado y seleccionada como institución comisaria.
El movimiento forma parte de una reorientación más amplia de las instituciones culturales federales. En marzo pasado, Trump firmó una orden ejecutiva instruyendo al Smithsonian a eliminar lo que denominó «ideología impropia» y «narrativas divisivas». Ese mismo mes, la Administración redujo drásticamente el personal federal encargado de preservar una colección de 26.000 obras de arte de propiedad pública. También canceló más de 1.400 becas de humanidades, aunque un juez federal bloqueó esa medida de forma permanente en mayo.
Lo que está en juego aquí es más que una disputa estética. El programa Art in Embassies existe desde 1963 precisamente porque la diplomacia cultural es una herramienta de proyección de poder blando. Redirigirla hacia la iconografía patriótica es una decisión legítima de cualquier administración; el debate real es otro: quién decide qué cuenta como «valores americanos» en el exterior, con qué criterios y con qué nivel de transparencia ante los contribuyentes que financian esas obras. Que el Departamento de Estado deba consultar a sus abogados para saber si puede vender una pintura que ya pagó el erario dice mucho sobre la complejidad legal de una purga que, por ahora, avanza más rápido que su propio marco jurídico.



