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La empresa privada donde el Estado no llega

Tras el terremoto de magnitud 7,4 que afectó a más de 102.000 personas en Colombia, una plataforma tecnológica colombiana abrió gratis sus herramientas de recaudación a fundaciones locales. La iniciativa ilustra lo que el mercado puede hacer cuando la burocracia no alcanza.
Foto: elcolombiano.com
domingo 16 de agosto de 2026

El balance es contundente: 45.523 familias, 102.263 personas afectadas, 15 departamentos, 426 municipios. Eso dejó el terremoto de magnitud 7,4 registrado en Colombia. Y mientras la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) contabilizaba el daño, en varias regiones las fundaciones que trabajan sobre el terreno enfrentaban un problema distinto y menos visible: no tenían cómo recibir dinero de manera ordenada.

La escena lo dice todo. Organizaciones locales con voluntad, con presencia comunitaria y con urgencias reales, pero sin infraestructura tecnológica para canalizar donaciones. Sin plataforma de pagos. Sin sistema de seguimiento. Sin la capacidad de convertir la solidaridad en recursos administrables.

Fue ahí donde apareció Afrus.

La plataforma colombiana, especializada en tecnología para captación de fondos —lo que en el sector se llama fundraising—, anunció que durante agosto pondrá a disposición sin costo sus herramientas para organizaciones sociales que estén atendiendo la emergencia. La iniciativa apunta específicamente a fundaciones con menor capacidad tecnológica que operan directamente en las zonas afectadas.

Diego Rodríguez Lizcano, CEO y fundador de Afrus, lo explicó con una lógica simple: «Una organización, entre más recursos tiene, más impacto genera. Si ayudamos a que una fundación consiga más recursos, también estamos ayudando a que pueda llegar a más personas».

El mecanismo es concreto. Las organizaciones interesadas pueden registrarse en afrus.org o escribir a emergencias@afrus.org. Una vez dentro, pueden configurar canales de donación directamente desde sus propios sitios web, sin necesidad de desarrollar desde cero una infraestructura tecnológica. Los donantes eligen el monto, realizan el pago en el sitio de la organización y el sistema registra todo. También es posible establecer donaciones recurrentes, lo que permite a las fundaciones construir comunidades de aportantes y proyectar ingresos más estables más allá de la emergencia inmediata.

Afrus no es una startup de garage. La compañía trabaja actualmente con más de 400 organizaciones sociales en América Latina, entre ellas la Cruz Roja Colombiana, la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (ABACO), Greenpeace, Aldeas Infantiles y el Programa Mundial de Alimentos. La escala importa: no es un experimento, es infraestructura probada que se está poniendo al servicio de actores más pequeños.

La plataforma también incorpora herramientas de seguimiento para que las organizaciones administren sus campañas y conozcan el comportamiento de sus donantes. En un contexto donde proliferan las campañas de recolección de dinero, alimentos y elementos de primera necesidad, esa trazabilidad no es un detalle menor: es lo que distingue una cadena de ayuda confiable de una que se pierde en el camino.

Medellín, por su parte, ya había sumado 178 toneladas de ayudas para las comunidades afectadas, según información publicada por El Colombiano.

La compañía sostiene que fortalecer las capacidades de recaudación de las organizaciones locales no solo permite responder a la emergencia inmediata, sino también construir fuentes de financiación que sostengan sus programas una vez superada la crisis. Es decir: el objetivo no es solo apagar el incendio, sino dejar a las fundaciones mejor equipadas para el siguiente.

Los detalles cuentan la historia. En una emergencia de esta magnitud, el Estado despliega sus protocolos y sus cifras. Pero en los municipios más remotos de esos 15 departamentos, la diferencia entre que los recursos lleguen o no suele depender de si una fundación local tiene o no una cuenta de pagos funcionando. Esa brecha —tecnológica, logística, institucional— es exactamente la que Afrus decidió cerrar, sin esperar licitación ni decreto.

Eso es libre empresa en su expresión más directa: identificar una necesidad real, tener la herramienta para resolverla y ponerla a disposición. Sin intermediarios estatales, sin comisión, sin trámite. El mercado, cuando funciona bien, no espera que le pidan permiso para ser útil.

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