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La ministra Morales y la batalla por las aulas

Tras el terremoto del 10 de agosto, que dejó 3.470 centros educativos afectados, la ministra Viviane Morales abrió un segundo frente: la revisión de contenidos escolares con presunta ideología de género. El Pacto Histórico respondió con acusaciones de «cruzada fundamentalista».
Foto: infobae.com
lunes 24 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana.

El 10 de agosto de 2026, un terremoto sacudió Colombia y dejó una emergencia educativa de proporciones inusuales. Según cifras citadas por el senador Iván Cepeda, al menos 3.470 centros educativos resultaron afectados en 471 municipios de 15 departamentos. Miles de estudiantes quedaron sin planteles. Maestras y maestros, sin espacios físicos para trabajar. Las comunidades rurales y las zonas vulnerables absorbieron el golpe más duro.

Esa era la crisis visible. Pero en Bogotá, a puerta cerrada y luego ante los medios, la ministra de Educación, Viviane Morales, libraba otro combate.

La revisión que encendió el debate

El viernes 21 de agosto, Morales anunció una revisión exhaustiva de los materiales pedagógicos empleados en los colegios públicos del país. El detonante, según la propia ministra, fue la identificación de intentos de incorporar lo que ella denominó «ideología de género» en los contenidos escolares, vinculados a cambios recientes en la malla curricular de preescolar, primaria y secundaria.

La inspección abarcará textos escolares, guías de aprendizaje y planes de enseñanza en todas las instituciones oficiales, y se extenderá antes de avalar nuevas guías para el ciclo escolar siguiente. Morales lo explicó sin rodeos: «Verificar qué se enseña en las aulas y si esos contenidos fueron incorporados sin conocimiento de los acudientes». Y añadió que «no se busque adoctrinar a los niños ni meterles en su formación cosas que no estén acorde con su desarrollo de acuerdo con la edad y su desarrollo emocional».

El presidente del Partido Conservador, Efraín Cepeda, respaldó la postura de la ministra. Declaró que «se denunció que maestros y maestras le preguntan, por ejemplo, a un niño que si de verdad tiene definido el género como hombre, que por qué no lo piensa mejor».

La respuesta del magisterio y del Pacto Histórico

La Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación (Fecode) reaccionó de inmediato. «Esto es una absoluta y total mentira. La educación necesita apoyo, inversión, dotaciones, no más estigmatización», publicó el sindicato en su cuenta de X.

Desde el Pacto Histórico, el senador Iván Cepeda subió la temperatura. En su cuenta de X acusó a Morales de haber iniciado «una cruzada fundamentalista contra el magisterio» y calificó la medida como «una persecución que no solo es autoritaria, sino además oscurantista». Cepeda convocó a la solidaridad con los docentes e invitó a la sociedad a reconocer «su labor que ha sido indispensable para la construcción de la democracia en la sociedad colombiana».

La senadora María Eugenia Londoño, también del Pacto Histórico, apuntó contra el Proyecto de Ley 074 de 2026, impulsado por el Ministerio. Según Londoño, «la calidad de la educación pública no puede reducirse al comportamiento individual del maestro ni a los resultados de una prueba estandarizada», y advirtió que el proyecto «coloca el foco sobre los trabajadores y trabajadoras de la educación, se individualizan las responsabilidades del sistema y se socializan las culpas sobre los maestros y maestras».

Morales cerró su posición con una frase que resume su agenda: la gestión educativa priorizará «restaurar principios y valores, sacar la ideologización del país y respetar el derecho de los padres en la educación».

Lo que está en juego

La escena lo dice todo. Colombia enfrenta simultáneamente una emergencia física —miles de aulas destruidas, docentes sin trabajo, niños sin escuela— y una disputa de fondo sobre quién controla los contenidos que se enseñan en las aulas públicas.

Desde la línea editorial de Hemisferio, la postura de Morales defiende un principio que merece reconocimiento: el derecho de los padres a conocer y decidir sobre la formación de sus hijos no es «fundamentalismo», es una garantía básica en cualquier sistema educativo que se precie de respetar la familia y la libertad individual. Que el aparato sindical y los legisladores del oficialismo salgan a blindar los contenidos curriculares antes de que los propios acudientes los conozcan dice más sobre sus prioridades que sobre las de la ministra. El verdadero oscurantismo, en este caso, podría estar en la resistencia a la transparencia.

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