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La mitad del aula ya no tiene veinte años

El Informe de Matrícula 2026 del SIES revela que los institutos profesionales superaron por primera vez a las universidades en matrícula de primer año; adultos trabajadores de más de 30 años explican el 38% del crecimiento.
Foto: latercera.com
viernes 21 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un adulto de 38 años, con jornada laboral completa e hijos en casa, se conecta a las once de la noche a una clase virtual de un instituto profesional. No es la excepción. Según el Informe de Matrícula 2026 del Sistema de Información de Educación Superior (SIES), ese perfil se ha vuelto mayoritario en la educación técnico-profesional chilena y está redibujando el mapa completo de la educación superior.

Los números son contundentes. De acuerdo con el informe del SIES citado por el Ministerio de Educación, la matrícula de primer año de los institutos profesionales (IP) superó por primera vez a la de las universidades: 44,8% frente a 43,5%. El 11,8% restante corresponde a centros de formación técnica (CFT). En conjunto, la educación técnico-profesional representa el 56% de la matrícula de primer año y reúne a más de 613 mil estudiantes de pregrado.

Pero el cambio más profundo no está en las cifras brutas, sino en quiénes llenan esas aulas. Un tercio de los estudiantes de IP y CFT tiene más de 30 años. Y aunque quienes tienen 35 años o más representan solo el 14,3% de la matrícula total de pregrado, explican el 38% del crecimiento del último año, según el mismo informe.

«La educación técnico-profesional se consolida como el subsistema terciario del adulto. Son personas que ya trabajan y que buscan iniciar, mejorar o actualizar su trayectoria laboral. Muchos concilian además el estudio con labores de cuidado», resume Fernanda Valdés, subsecretaria de Educación Superior.

La modalidad también cambió. En los IP, un 32% de la matrícula estudia en formatos semipresenciales o a distancia; en los CFT, un tercio lo hace en jornada vespertina. «La educación superior dejó de ser algo que ocurre al salir del colegio y pasó a ser algo que ocurre durante toda la vida», sostiene Óscar Iriani, rector (i) del Instituto Profesional IACC.

Iriani describe el giro con precisión: hace veinte años el imaginario era el de jóvenes de entre 18 y 22 años que buscaban una carrera corta tras la enseñanza media. «Hoy ese perfil convive con otro que se ha vuelto mayoritario en la modalidad online: adultos entre 25 y 45 años, muchos de ellos con hijos y jornadas laborales completas, que llegan a la educación superior con una motivación muy distinta a la del recién egresado».

El crecimiento no se explica solo por las carreras técnicas tradicionales. Mientras la matrícula de Técnico de Nivel Superior se ha mantenido estable —poco más de 322 mil estudiantes—, las carreras profesionales impartidas por los IP aumentaron 30,5% entre 2022 y 2026, pasando de 246 mil a más de 321 mil estudiantes, según el SIES. Hoy ambos tipos de programas tienen prácticamente el mismo tamaño dentro del sistema.

El impacto social es igualmente relevante. Más de la mitad de los titulados de primera generación de educación superior proviene de la educación técnico-profesional, y dos tercios de sus egresados logran mejorar su nivel socioeconómico, de acuerdo con las cifras que maneja la subsecretaría.

La demanda también responde a presiones externas. «Las industrias están viviendo una importante transformación en materias de tecnología, automatización y productividad. La inteligencia artificial está cambiando profundamente la forma en que trabajamos y aprendemos», señala Catalina Iglesias, vicerrectora Académica y de Innovación de INACAP.

Los detalles cuentan la historia. Lo que emerge de estos datos no es solo una tendencia estadística: es el retrato de un mercado laboral que exige reconversión permanente y de personas que, sin esperar que el Estado diseñe el camino, buscan por cuenta propia las herramientas para competir.

Esa es, precisamente, la lógica del libre mercado aplicada a la formación: instituciones que responden a señales reales de demanda, adultos que invierten en sí mismos y un sistema que, al diversificarse, genera movilidad social sin necesidad de uniformar la oferta. El desafío pendiente es garantizar que la calidad acompañe la expansión, y que el financiamiento público no distorsione los incentivos que hoy hacen funcionar este engranaje.

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