La escena lo dice todo. Un apartamento arrendado en Popayán, varios drones comerciales tipo FPV sobre una mesa, dos carretes de fibra óptica de cinco kilómetros cada uno y un detonador a distancia. No era un taller de aficionados: era la trastienda de una célula armada que había dado el salto tecnológico que las agencias de seguridad colombianas temían.
El allanamiento confirmó lo que dos ataques previos habían insinuado. El 25 de abril y el 17 de julio de 2026, el cantón militar José Hilario López, en la capital del Cauca, recibió el impacto —o casi— de artefactos distintos a todo lo decomisado antes. Los sistemas inhibidores de señal los obligaron a aterrizar antes de alcanzar su objetivo, un edificio y un helicóptero estacionado. Cuando los técnicos los examinaron, la diferencia era inequívoca: no llevaban pinzas para soltar granadas de mortero desde el aire. Los explosivos estaban adheridos directamente al armazón. La máquina era la bomba.
Las investigaciones de la Policía, el Ejército y la Fiscalía determinaron que los ataques fueron patrocinados por el frente Carlos Patiño del Estado Mayor Central, la disidencia de las FARC liderada por Néstor Vera, conocido como «Iván Mordisco». La ejecución recayó en una milicia clandestina autodenominada «Comisión Jenny Lara». El presunto operador, Fabián Andrés Tumbo Ulcué, alias «Michael», fue capturado junto a Leonardo García Ramírez, alias «Toche», y Yeli Usnas Campo. La Fiscalía les imputó cargos por terrorismo, concierto para delinquir y tráfico de explosivos.
La innovación no surgió de la nada. Un correo interceptado por la Inteligencia Militar el 29 de enero de 2018 ya mostraba a «Iván Mordisco» instruyendo a subalternos para explorar la compra de «un avión no tripulado que tenga la capacidad para 25 kilos» con miras a «algunas asiones en las grandes ciudades». Entre 2020 y 2021, durante la pandemia, la Fuerza Pública decomisó los primeros drones al EMC, usados entonces solo para vigilancia en el cañón de San Pablo, norte de Antioquia. En 2023 comenzaron las pruebas con lanzamiento de granadas de mortero mediante pinzas improvisadas, en una escuela de explosivistas en la región de El Naya. Los atentados contra guarniciones arrancaron en enero de 2024.
El 20 de julio de 2025 llegó otro umbral: el primer ataque nocturno documentado. Un dron comercial equipado con cámaras infrarrojas y sensores de calor del ELN localizó a un escuadrón del Batallón Energético y Vial N°10 que se desplazaba bajo la oscuridad en El Carmen, Norte de Santander. Tres militares murieron cuando la granada cayó del cielo.
La diferencia entre el modelo antiguo y el nuevo no es menor. «Los drones que tiran las granadas de mortero son imprecisos, por eso fallan muchas veces en los ataques a las guarniciones», explicó a EL COLOMBIANO un oficial de Inteligencia que pidió reserva de identidad. «Pero con estos drones kamikazes, el piloto tiene más control del blanco, puede estrellarlo directamente contra un objetivo, tanto en tierra como en aire o agua, lo que pone en riesgo los helicópteros y los barcos. Es como si tuvieran una pistola con hélices».
La fibra óptica es el detalle que cambia la ecuación táctica: a diferencia de las señales de radio, no puede ser bloqueada por los inhibidores convencionales. Los dos carretes de cinco kilómetros hallados en Popayán indican que la célula ya había resuelto ese problema antes de ser desarticulada.
Los protagonistas de esta escalada artesanal están emulando, con recursos mínimos, las municiones merodeadoras que definen los conflictos en Ucrania y Medio Oriente. Los drones Shahed de fabricación iraní, valuados en 20.000 dólares, son el referente global; los artefactos de Popayán cuestan una fracción de eso y se ensamblan en un apartamento de alquiler.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de julio de 2026 en el Cauca. Lo que el aparato estatal colombiano encontró no fue solo un arma nueva: fue la evidencia de una curva de aprendizaje sostenida durante casi una década, financiada con los recursos del narcotráfico y la extorsión que el gobierno de Petro no ha logrado desmantelar. Cada innovación —vigilancia, granadas arrojadizas, visión nocturna, kamikaze con fibra óptica— llegó puntualmente, como si siguiera un calendario. La pregunta que los mandos militares se hacen a puerta cerrada no es si vendrá el siguiente salto, sino cuándo y contra qué objetivo. Mientras el Estado negocia y los grupos armados experimentan, la brecha tecnológica se cierra en la dirección equivocada.



