La escena lo dice todo.
Mientras una de las torres del Hospital Universitario del Valle se desplomaba en Cali y las imágenes corrían por las redes sociales, adentro la anestesióloga Claudia Komaromy cubría con su cuerpo a una paciente sedada que estaba siendo preparada para una cirugía de cráneo abierto. La tierra temblaba. El techo podía ceder. Ella no se movió.
El terremoto de 7,4 grados que sacudió a Colombia dejó 329 fallecidos, 247 desaparecidos y afectaciones en 481 municipios. Pereira, Cali y decenas de poblaciones del Eje Cafetero y el Chocó quedaron marcadas por el colapso de estructuras, cortes de servicios y la ruptura abrupta de la vida cotidiana. Dos semanas después, entre los escombros, emergen también las historias de quienes decidieron actuar.
Komaromy reconstruyó la secuencia en una entrevista con Blu Radio. Cuando comenzó el movimiento sísmico, la paciente ya estaba bajo sedación profunda. Moverla era imposible. La médica y sus dos residentes de neuroanestesia tomaron la decisión en segundos: suspender los anestésicos, cubrir a la paciente y esperar. «Tratemos de mover a la paciente, la paciente no se va a poder mover, entonces quedémonos aquí y hay que cubrirla», recordó haber pensado.
Lo que siguió fue aún más tenso: la paciente comenzó a recobrar la conciencia en plena crisis sísmica. «La paciente abre los ojos inmediatamente y capta perfectamente la situación de lo que está pasando. Empieza a temblar y entonces le decimos: sí, sí está temblando, quédate tranquila, quédate quieta, aquí estamos contigo», relató Komarowy.
La médica fue enfática en rechazar el relato heroico que las redes construyeron sobre su historia. «Nadie está obligado a lo imposible. Pero sí hemos aprendido de experiencias previas», dijo, citando las guías de países con alta sismicidad como Chile y Japón. «Esto no es heroísmo, somos personas que hacen lo que hay que hacer. Ningún paciente fue abandonado, porque eso es lo que dicta el profesionalismo», agregó.
El bloque dos del HUV quedó destruido, con áreas de cuidados intensivos, pediatría, neonatología y cardiología fuera de servicio. Pese a eso, al momento de la entrevista el hospital había logrado reactivar entre el 50 % y el 60 % de sus salas de cirugía, un avance que Komaromy atribuyó a «la reacción rápida de todos los funcionarios, trabajadores y personal asistencial». La paciente que protegió fue remitida a otra institución; diez días después, la médica aún no había podido comunicarse con ella ni con su familia.
En Apartadó, un pediatra evacuó a los recién nacidos de la unidad asistencial. En medio de los derrumbes, el padre del pequeño Salomón mantuvo la calma bajo las ruinas para racionar el aire de su bebé. Mateo y su madre salieron con vida tras despedirse en la oscuridad debajo de la mesa del comedor. Un periodista y un conductor de plataforma descendieron de un automóvil segundos antes de que una estructura de concreto lo destruyera.
En Pereira, el cantante Jhonny Rivera, de 52 años, abrió su Hotel La Rivera como centro de acopio y alojamiento para rescatistas, médicos y voluntarios. «La ciudad se ha destruido en un gran porcentaje. Entonces yo llamé a mi familia y les dije vamos a poner el hotel a disposición», relató. Cuando el hotel se llenó y llegó el aviso de que cerca de 30 adultos mayores habían quedado sin techo y con muros a punto de caerse, Rivera los trasladó a su finca en las afueras de la ciudad. Su madre, María Mabel Valencia, asumió allí la tarea de recibirlos, garantizarles alimentación y acompañarlos.
En Medellín, Andrea Rico, vendedora de tinto y creadora de contenido, coordinó el despacho de suministros hacia el Chocó. En Cali, Sofía, una niña, se reencuentró con el bombero que la rescató.
Los detalles cuentan la historia.
Lo que estos testimonios iluminan no es solo la capacidad de resistencia individual, sino algo más incómodo para quienes creen que la respuesta a toda crisis pasa por el aparato estatal: cuando el Estado tarda, cuando los protocolos fallan o cuando las estructuras literalmente se derrumban, son las personas —el médico que no abandona al paciente, el empresario que abre su propiedad, la ciudadana que organiza la cadena de ayuda— quienes sostienen el tejido social.
En un país donde el debate político gira con frecuencia en torno a qué tanto puede hacer el gobierno por sus ciudadanos, el terremoto ofreció una respuesta distinta: lo que no puede comprarse ni decretarse es la decisión de quedarse cuando todo tiembla. Eso, en Colombia y en cualquier latitud, sigue siendo patrimonio de la libre iniciativa humana.



