La escena lo dice todo. El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, puerta de entrada y salida de Venezuela durante décadas, reabrirá el 1 de septiembre con estructuras modulares metálicas en lugar de su terminal principal. Dos meses de inoperatividad total, provocados por los terremotos del 24 de junio, dejan como saldo visible cuatro carpas industriales y un país que intenta reconectarse con el mundo desde la precariedad.
El Instituto Aeropuerto Internacional de Maiquetía (IAIM) confirmó este martes el esquema provisional: cuatro terminales temporales, dos para salidas y dos para llegadas, divididos entre tráfico nacional e internacional. El terminal internacional de salidas tendrá una superficie de 4.300 metros cuadrados, cuatro puertas de embarque y capacidad para unas 780 personas en las salas de espera. El traslado de los pasajeros desde esas instalaciones hasta las aeronaves se realizará en autobuses.
Las estructuras dispondrán de aire acondicionado, conexión wifi, áreas de espera, baños, servicio médico, puntos de carga para dispositivos electrónicos, máquinas expendedoras y rampas para personas con movilidad reducida. El IAIM las describió como desarrolladas bajo «altos estándares de calidad y últimas tecnologías».
El aeropuerto había dado un primer paso el 5 de agosto, cuando reactivó las operaciones de carga. Esa fase fue presentada por las autoridades como el inicio de una reapertura progresiva. La de pasajeros llega ahora, aunque sin que el gobierno haya precisado cuándo quedará rehabilitado el terminal principal.
Los detalles cuentan la historia. Durante los dos meses de cierre, las aerolíneas debieron redistribuir sus operaciones hacia aeropuertos alternativos. Valencia, en el estado Carabobo, a aproximadamente 172 kilómetros por carretera desde Caracas, se convirtió en el principal punto de sustitución. Barcelona, en el estado Anzoátegui, a cerca de 313 kilómetros de la capital, absorbió otra parte del tráfico. La dislocación logística afectó tanto a pasajeros como a operadores, que debieron adaptar rutas, escalas y costos en cuestión de días.
El IAIM recomendó a todos los pasajeros consultar con sus aerolíneas antes del viaje para confirmar programación y posibles modificaciones derivadas del cambio de instalaciones. El aeropuerto también contará con estacionamiento para vehículos por períodos cortos o prolongados.
El contexto humano es devastador. Los terremotos del 24 de junio dejaron al menos 6.509 fallecidos, según el balance oficial. La Guaira, donde se ubica el aeropuerto, fue una de las zonas más afectadas. Las labores de reconstrucción en esa región continúan mientras se habilitan las terminales provisionales.
La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, anunció una alianza internacional para apoyar la recuperación del aeropuerto, aunque el gobierno no ha precisado qué actores participan en ese acuerdo ni en qué términos. La opacidad sobre los socios externos contrasta con la urgencia que el propio régimen proyecta en sus comunicados.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de junio. Un país cuya infraestructura ya acusaba años de desinversión y deterioro institucional recibió un golpe sísmico que expuso, de golpe, la fragilidad del Estado como gestor de activos críticos. La respuesta —terminales de metal, autobuses en la pista, alianzas sin nombre— es la fotografía de lo que queda cuando el aparato estatal administra durante años la decadencia en lugar de la modernización.
La reapertura de Maiquetía es una buena noticia para las familias separadas y para las empresas que dependen de la conectividad aérea. Pero la forma en que ocurre —provisional, opaca en sus financiadores, sin calendario de obra definitiva— ilustra el costo real de décadas de gestión pública que sustituyó la inversión productiva por el control político. Quien paga ese costo, como siempre, es el pasajero que abordará un autobús en la pista y el empresario que sigue calculando cuánto le sale cada día de desconexión.



