Para entender el presente hay que volver a esa semana. El miércoles 26 de agosto de 2026, una avalancha de hielo y material rocoso descendió sobre el norte de Nepal y bloqueó un río en la zona limítrofe con el Tíbet. Lo que vino después ocurrió en cuestión de minutos: un torrente masivo de lodo, agua y escombros recorrió los ríos Trishuli y Bhote Koshi y arrasó con todo a su paso.
Los distritos de Rasuwa y Nuwakot fueron los más golpeados. Localidades enteras —Timure, Syabrubesi y Trishuli Bazar— quedaron sepultadas bajo el lodo. El paso fronterizo de Gyirong Port, descrito como eje del comercio y el turismo con el Tíbet y China, fue destruido en menos de un minuto. La señal sísmica generada por la avalancha equivalió a un temblor de entre magnitud 4,4 y 5,2.
Los reportes preliminares registran cerca de 160 muertos y más de 1.400 personas cuyo paradero se desconoce, en una lucha contrarreloj que las autoridades nepalesas libran con recursos limitados. El gobierno declaró la zona como área de desastre por tres meses.
La destrucción no se detuvo en los centros poblados. Al menos nueve sucursales bancarias fueron borradas del mapa y dos proyectos hidroeléctricos sufrieron daños totales. Carreteras y puentes esenciales quedaron cortados, aislando los valles de la ayuda terrestre. Las operaciones aéreas se volvieron cruciales: decenas de heridos graves fueron trasladados a hospitales de Katmandú por esa vía. La Cruz Roja de Nepal desplegó equipos de respuesta rápida y distribuyó tiendas de campaña, mantas y botiquines médicos. India envió 10 toneladas de asistencia humanitaria y medicinas; Estados Unidos destinó fondos de emergencia y asesores técnicos.
Desde Bogotá, la Cancillería colombiana reaccionó con rapidez. A través de su embajada en India —Colombia no tiene representación directa en Nepal—, la administración de Abelardo de la Espriella activó cuatro líneas telefónicas locales y un correo electrónico para atender consultas sobre el estado de connacionales en la zona. Nepal es un destino frecuentado por turistas extranjeros, entre ellos colombianos, como puerta de acceso al Tíbet, lo que justificó la alerta consular.
En su comunicado, el Ejecutivo señaló que hace «votos para que las actividades de rescate ya iniciadas permitan avanzar prontamente en la recuperación de las víctimas y localización de las personas desaparecidas».
Los detalles cuentan la historia. La respuesta consular de Colombia ante una catástrofe en el otro extremo del planeta ilustra, ante todo, la dimensión del desastre: cuando un gobierno activa canales de emergencia para un país sin embajada propia, la magnitud del evento lo justifica. Nepal enfrenta una de sus peores tragedias recientes, con infraestructura crítica destruida, comunidades incomunicadas y un número de desaparecidos que supera con creces al de los muertos confirmados.
Desde la perspectiva de Hemisferio, la actuación de la cancillería De la Espriella merece reconocimiento: la apertura inmediata de canales de atención consular, sin esperar confirmación de víctimas colombianas, es exactamente el tipo de gestión proactiva que el Estado debe a sus ciudadanos en el exterior. La pregunta que queda abierta es cuántos colombianos se encuentran en esa región y si la infraestructura diplomática disponible —una embajada en India como punto de contacto para Nepal— resulta suficiente ante emergencias de esta escala.



