La escena lo dice todo. Mientras el Banco Central publicaba sus Cuentas Nacionales con un PIB que retrocedió 0,2% en el segundo trimestre, el ministro de Agricultura, Jaime Campos, salía al aire en Radio Infinita para poner nombre a lo que muchos productores ya sentían en el campo: una temporada que amenaza con complicarse aún más.
El informe del Banco Central no dejó margen para la interpretación optimista. Junto a la minería y la construcción, el sector agropecuario-silvícola anotó una caída de 0,3%, mientras la pesca retrocedió 5,9%. Campos no esquivó el diagnóstico: «no es una buena noticia», dijo, y fue más lejos al señalar que el país «desde hace ya bastante tiempo pasa por una situación económica muy pero muy compleja», atribuyendo el deterioro a «medidas equivocadas que nos están conduciendo a esto».
Pero el foco de la conversación se desplazó rápidamente hacia lo que viene. El ministro advirtió que no existen indicadores confiables para proyectar el comportamiento del sector agropecuario en los próximos meses, dado que la agricultura depende de manera crítica de factores estacionales y climáticos. Y ahí llegó la señal de alerta: Chile podría estar próximo a «enfrentar una próxima temporada compleja».
El detonante inmediato es el último sistema frontal que atravesó el país. Las intensas lluvias en la zona centro norte dejaron las plantaciones expuestas a una cadena de efectos: heladas, enfermedades y plagas, con especial preocupación por los hongos derivados del exceso de humedad. Lo que agrava el panorama, según explicó Campos, es que los meteorólogos no describen esto como un episodio puntual, sino como un estado climático prolongado.
Los detalles cuentan la historia. En la zona norte, los daños más visibles se concentraron en el cultivo de hortalizas, los sistemas de riego intrapredial y los criaderos de ganadería. La menor oferta de hortalizas ya se tradujo en un alza de precios en los mercados. Sin embargo, el ministro intentó relativizar el impacto en el bolsillo del consumidor con un argumento de sustitución: «En vez de comer lechuga come acelga, si suben las papas come más arroz o más tallarines», afirmó, sugiriendo que el propio mercado podría corregir los precios a través de cambios en las preferencias.
Pese al tono de alerta, Campos matizó que el catastro de daños hasta el momento indica que «la agricultura chilena en general resistió razonablemente bien estas últimas inclemencias climáticas». La resistencia, por ahora, es parcial y frágil.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El sector agropecuario chileno enfrenta una confluencia de presiones que no es nueva, pero que el clima vuelve más urgente: una economía que ya venía contrayéndose, un marco regulatorio que el propio ministro califica de «medidas equivocadas», y ahora una amenaza climática que los meteorólogos describen como estructural, no pasajera.
Lo que está en juego es la viabilidad de miles de productores que operan con márgenes estrechos y sin red de contención suficiente. El libre mercado puede absorber shocks de corta duración —el consumidor sustituye, los precios se corrigen— pero un estado climático prolongado, combinado con una economía en contracción, pone a prueba la resiliencia de la cadena agroalimentaria completa. La pregunta que el ministro Campos dejó sin responder es cuánto del daño que viene puede atribuirse al clima y cuánto a decisiones de política que redujeron los márgenes del sector antes de que llegara la tormenta.



