Las Vegas, 17 de agosto. La sala del tribunal tenía algo de ritual tardío. Treinta años después de que cuatro balas alcanzaran a Tupac Shakur en un Cadillac blanco, el primer acusado formal por ese crimen escuchó los argumentos de apertura sentado frente a un jurado. Su nombre: Duane Keith Davis, conocido como Keffe D, de 63 años, exlíder de la pandilla South Side Compton Crips.
Los detalles cuentan la historia.
El fiscal adjunto jefe del condado, Binu Palal, fue directo ante el jurado: «Duane Davis no apretó el gatillo. Pero sí planeó el tiroteo en represalia por la golpiza a su sobrino». Según la reconstrucción de la fiscalía, todo arrancó la noche del 7 de septiembre de 1996, cuando Shakur y miembros de su séquito golpearon a Orlando Anderson —sobrino de Davis— en el casino MGM Grand de Las Vegas, minutos después de presenciar el combate de boxeo entre Mike Tyson y Bruce Seldon. Dos horas y media más tarde, un Cadillac blanco se situó junto al BMW en el que viajaban Shakur y el productor Marion «Suge» Knight, y abrió fuego. Shakur recibió cuatro impactos y murió seis días después. Tenía 25 años.
La evidencia central de la fiscalía no es un arma, ni una huella, ni un testigo presencial identificado. Es la voz del propio Davis. Palal presentó al jurado grabaciones de entrevistas que Davis concedió a investigadores en 2008 y 2009, bajo un acuerdo para no ser incriminado, y fragmentos de sus memorias publicadas en 2019 bajo el título Compton Street Legend. En ese libro, Davis escribió: «Que se abalanzaran sobre mi sobrino nos dio la luz verde definitiva para hacerles pagar». También afirmó ser «uno de los pocos testigos vivientes del asesinato de Tupac» y relató cómo entregó el arma a los ocupantes del Cadillac blanco. Según Palal, Davis además declaró ante el FBI que estuvo en Las Vegas durante el crimen.
Una juez autorizó en junio el uso del libro como evidencia, rechazando el argumento de la defensa de que el texto había sido «ficcionalizado» para vender copias. La magistrada consideró que Davis había adoptado las declaraciones del libro como propias y que el texto afirmaba en varias ocasiones decir la verdad.
El abogado defensor Michael Sanft construyó su apertura sobre una premisa opuesta: su cliente es un fanfarrón, no un asesino. Sanft calificó de «ficción» el relato de la fiscalía y argumentó que, durante décadas, las propias autoridades no imputaron a Davis precisamente porque sabían que exageraba o inventaba historias para obtener beneficios legales. Señaló que no se hallaron ni el arma homicida ni el Cadillac blanco, y que ningún testigo puede identificar a los autores materiales del disparo. También criticó la investigación policial por considerarla sesgada e incompleta, y apuntó a desconfianza entre distintos departamentos de seguridad. «Lo que les están diciendo lo presentan como un hecho cuando en realidad es una ficción», dijo al jurado.
En una entrevista reciente a un canal local, Davis fue más lejos: «Yo no escribí ese libro. Lo escribió un escritor fantasma», declaró a Fox 5, y negó haber estado en Las Vegas la noche del crimen. También dijo que podría subir al estrado a testificar.
El primer testigo de la jornada fue Garry Dale, expolicía de Las Vegas, quien declaró haber detenido el BMW de Knight antes del ataque y haber subido a la ambulancia tras los disparos. Según Dale, al preguntarle a Shakur quién había sido el agresor, el rapero respondió: «No, nosotros nos encargaremos de eso». El exdetective de homicidios Brent Becker relató las dificultades para conseguir testimonios en el entorno del caso. Una testigo identificada como Ingrid Stokes, que presenció el caos posterior al ataque, resumió el clima de aquellos años con una frase: «Los soplones reciben su merecido. Pero yo no vi nada».
Entre el público, familiares de Shakur —entre ellos su hermanastro Maurice «Mopreme» Shakur— escucharon en silencio los audios en los que Davis relataba el ataque. La fiscalía ha divulgado una lista de más de 200 posibles testigos, entre ellos el exalcalde de Las Vegas Oscar Goodman y el exdetective Greg Kading. El juicio podría extenderse hasta seis semanas.
Davis es el único de los supuestos ocupantes del Cadillac que sigue con vida. Los otros tres han fallecido. La ley de Nevada permite juzgar a quien participó activamente en un crimen aunque no haya disparado. Si es hallado culpable, Davis se enfrenta a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
La escena lo dice todo: el sistema judicial estadounidense llega a este juicio sin arma, sin vehículo y sin tirador identificado. Lo que tiene son tres décadas de declaraciones de un hombre que, según la fiscalía, no pudo resistir la tentación de alardear. Esa apuesta —convertir la fanfarronería en condena— es legítima dentro del derecho, pero también es frágil. Para los principios del estado de derecho que este medio defiende, la solidez de una condena importa tanto como la condena misma: una sentencia construida sobre memorias «ficcionalizadas» y acuerdos de inmunidad revocados puede cerrar un caso emblemático sin cerrar realmente la herida. El jurado tendrá la última palabra.



