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Trump y las vacunas: una guerra sin evidencia

El presidente redujo de 18 a 11 las enfermedades con vacunación federal recomendada y pidió a los padres espaciar las dosis para prevenir el autismo. Los CDC sostienen que los estudios no respaldan esa relación.
Foto: latercera.com
martes 25 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un lunes por la mañana, en un acto público en la Casa Blanca, Donald Trump anunció que los estadounidenses serán «testigos de una gran diferencia en la tasa de autismo, que es como una epidemia». La frase llegó acompañada de una recomendación directa a las familias: pedir al médico que administre «cinco dosis pequeñas en lugar de una grande».

Las declaraciones se produjeron menos de dos semanas después de que Trump firmara una orden ejecutiva —el 11 de agosto— que redujo de 18 a 11 las enfermedades contra las cuales el gobierno federal recomienda vacunar a los niños. La Casa Blanca presentó la medida como un paso hacia un calendario infantil de vacunación de «estándar de oro».

La orden, impulsada junto al secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr., dejó las vacunas contra la gripe, el Covid-19, la hepatitis A y B, el rotavirus y la meningitis sujetas a criterios de riesgo individual o a una decisión compartida entre padres y médicos. Es decir: fuera del esquema de recomendación universal.

El problema central es de evidencia. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos son categóricos: «hasta la fecha los estudios siguen demostrando que las vacunas no están relacionadas» con el autismo. La relación causal que Trump y sus aliados invocan no ha sido establecida por la ciencia disponible. No es una disputa entre escuelas médicas; es una afirmación presidencial que contradice el consenso de la propia agencia federal de salud pública.

Los detalles cuentan la historia. Trump no solo expresó una opinión personal: firmó una orden ejecutiva que modifica la política sanitaria federal para millones de familias. La distancia entre una declaración informal y un instrumento jurídico con efectos sobre el calendario de vacunación infantil es la que convierte este episodio en algo más que ruido político.

El giro tiene un protagonista clave. Kennedy Jr., figura histórica del movimiento antivacunas reconvertido en secretario de Salud, ha sido el arquitecto institucional de esta reorientación. Su presencia en el gabinete le da al escepticismo vacunal una palanca burocrática que antes no tenía: la capacidad de traducir dudas en política pública.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de agosto. La orden ejecutiva no fue un accidente ni una improvisación: fue el resultado de meses de señales enviadas desde la campaña y desde la transición. Trump y Kennedy Jr. construyeron un relato —vacunas como causa del autismo— y luego usaron el aparato estatal para darle forma regulatoria.

La trastienda importa tanto como el anuncio. Reducir el número de enfermedades con vacunación federalmente recomendada no elimina las vacunas, pero sí desplaza la responsabilidad hacia los padres y los médicos individuales, en un entorno donde la desinformación ya ha erosionado la confianza en los esquemas de inmunización. El efecto práctico puede ser una caída en las tasas de cobertura, con consecuencias que los epidemiólogos llevan años advirtiendo.

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Hemisferio sostiene que el libre mercado y la autonomía individual son principios que merecen defensa. Pero la autonomía informada exige información verdadera. Cuando un gobierno —cualquier gobierno— usa el peso del aparato estatal para respaldar afirmaciones que sus propias agencias científicas desmienten, no está ampliando la libertad de los ciudadanos: está recortando su capacidad de decidir con datos reales.

El desenlace de esta política se medirá en tasas de cobertura vacunal y, eventualmente, en brotes de enfermedades prevenibles. Esos números no distinguen entre líneas editoriales. Lo que está en juego no es solo una disputa sobre ciencia; es la credibilidad del Estado como fuente de información sanitaria básica, un activo que, una vez destruido, cuesta décadas reconstruir.

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