La escena lo dice todo. Un conductor de autobús sentado frente al volante todo el día. Un cobrador que sube y baja escaleras recogiendo tarifas. En los años cincuenta, el epidemiólogo Jeremy Morris estudió a más de 30.000 empleados del sistema de transporte de Londres y observó que los conductores tenían mayor riesgo de desarrollar enfermedad coronaria que los cobradores. Ese experimento natural, según la cardióloga Sadiya S. Khan, «cambió fundamentalmente la manera en que pensamos sobre la actividad para la prevención de enfermedades cardíacas».
Siete décadas después, el problema que Morris identificó no ha desaparecido. Se ha multiplicado. Las pantallas, los escritorios y la modernización del trabajo han convertido el sedentarismo en norma. Según el informe Heart Disease and Stroke Statistics 2026 de la American Heart Association —publicado en la revista Circulation y en cuya elaboración participó Khan junto con colegas—, menos de la mitad de los adultos estadounidenses alcanza la cantidad recomendada de actividad aeróbica. Solo uno de cada cinco logra combinar ejercicio aeróbico con entrenamiento de fuerza muscular.
Las guías federales de actividad física y la propia American Heart Association recomiendan al menos 150 minutos semanales de ejercicio de intensidad moderada, más dos días de actividades de fortalecimiento muscular. La inactividad física, advierten, contribuye hoy a millones de muertes en el mundo cada año.
Y sin embargo, los médicos rara vez la tratan como tratan otros factores de riesgo cardiovascular. «Cuando alguien tiene presión arterial alta o colesterol elevado, lo identificamos y desarrollamos un plan de tratamiento», escribe Khan. Con la inactividad, ese protocolo brilla por su ausencia. Incluso en los casos donde sí existe una prescripción formal de ejercicio —la rehabilitación cardíaca para pacientes que han sufrido un infarto o una cirugía de corazón—, menos de un tercio de los pacientes participa, pese a la evidencia de que esos programas reducen hospitalizaciones y riesgo de muerte.
La evidencia sobre el ejercicio como medicina preventiva sigue acumulándose. Un ensayo aleatorizado publicado recientemente en el New England Journal of Medicine encontró que pacientes con cáncer de colon que participaron en un programa estructurado de ejercicio durante tres años tuvieron un 30% más de probabilidades de vivir más tiempo y sin cáncer, comparados con el grupo que solo recibió consejos para moverse.
El mito de los 10.000 pasos
Aquí entra uno de los detalles que más cuentan en esta historia. La meta de 10.000 pasos diarios —grabada en millones de relojes inteligentes y aplicaciones de salud— no nació de la ciencia. Nació de una campaña de mercadeo, elegida por ser fácil de recordar. «Nunca estuvo basada en evidencia sólida», escribe Khan.
Los estudios poblacionales sobre conteo de pasos muestran que los beneficios para la salud comienzan mucho antes de llegar a esa cifra. Más relevante aún: las personas que pasan de niveles muy bajos de actividad a niveles modestos obtienen ganancias significativas en sus resultados de salud. El salto más valioso no es el que lleva de 9.000 a 10.000 pasos. Es el que lleva de 3.000 a 4.000.
Khan propone retirar ese objetivo arbitrario como prescripción universal y reemplazarlo por un mensaje con respaldo científico: «empieza donde estás y haz un poco más». Estacionar el auto un poco más lejos. Caminar durante una videollamada. Subir por las escaleras en lugar de la escalera mecánica. Cada movimiento suma.
Los dispositivos digitales —teléfonos, relojes, wearables— ofrecen hoy una oportunidad sin precedentes para medir, modificar y monitorear el comportamiento físico de millones de personas. El problema, advierte Khan, es que el volumen de consejos de salud asociados a esos dispositivos ha crecido de manera exponencial, y puede resultar abrumador.
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Morris publicó sus hallazgos sobre los autobuses de Londres. La medicina tardó décadas en integrar esa lección. Hoy, con tecnología de seguimiento en la muñeca de millones de personas y evidencia clínica acumulada durante setenta años, la pregunta que plantea Khan es incómoda: ¿por qué seguimos esperando a que la enfermedad aparezca para prescribir el movimiento como tratamiento?
La respuesta tiene implicaciones que van más allá del consultorio. Un sistema de salud que interviene tarde —después del infarto, después del diagnóstico de cáncer— es un sistema que carga sobre el contribuyente y sobre el paciente costos que la prevención podría haber evitado. La libre elección individual importa, pero también importa que esa elección esté informada por ciencia real, no por campañas de mercadeo disfrazadas de consejo médico. Reemplazar el mito de los 10.000 pasos por una meta alcanzable y personalizada no es un detalle menor: es la diferencia entre un objetivo que desanima y uno que moviliza.



