La escena lo dice todo. Un día el aire es fresco y al siguiente es imposible salir sin empaparse la ropa, aunque el termómetro marque una temperatura que, más avanzado el verano, parecería tolerable. La paradoja tiene nombre científico: aclimatación al calor.
Julien Périard, profesor de la Universidad de Canberra en Australia que estudia la regulación térmica, lo resume con precisión: «Podemos adaptarnos al calor en el que estamos, y es obviamente progresivo». El cuerpo en verano, según la investigación, puede ser fundamentalmente distinto al cuerpo en invierno.
Lo que ocurre dentro
Antes de que el organismo se adapte, una caminata en un día caluroso eleva tanto la temperatura de la piel como la temperatura central. Eso dispara alarmas internas. «Con eso, desencadenamos mucha sudoración y aumentamos el flujo sanguíneo hacia la piel», explica Périard. El sudor se evapora y enfría la superficie; la sangre enviada hacia afuera ayuda a disipar el calor.
El volumen total de sangre también aumenta. Mayor volumen permite liberar más calor y sostener una sudoración intensa sin llegar a la deshidratación. A nivel celular, la producción de ciertas proteínas sube para proteger el funcionamiento normal bajo mayor temperatura. Alcanzar un estado plenamente adaptado puede tomar varias semanas, aunque los detalles precisos dependen de cada situación.
El proceso puede acelerarse con exposición gradual. Atletas y trabajadores en condiciones cálidas —como los operarios de servicios públicos bajo el sol de Texas— incrementan poco a poco su tiempo en el calor para mantenerse saludables bajo ese esfuerzo.
Pero la adaptación no es un salvoconducto. Glen Kenny, profesor de fisiología en la Universidad de Ottawa en Canadá, advierte que quienes ya se han adaptado siguen siendo vulnerables a enfermedades relacionadas con el calor, como el golpe de calor y el agotamiento por calor.
El límite del cuerpo
Lo que preocupa a los investigadores es el escenario en que el calentamiento sea tan veloz y tan extremo que la biología no pueda reaccionar a tiempo. Kenny lo estudió de primera mano: pasó tres días a 104 °F en una cámara especial de su laboratorio, replicando las condiciones de una ola de calor extrema ocurrida en 2021 que mató a 619 personas solo en Columbia Británica.
«Durante tres días, verás que el cuerpo mostrará cierta adaptación progresiva. Pero en esta situación, estás viendo un deterioro en el sistema fisiológico que sostiene el mantenimiento de la temperatura central», describe Kenny. En esos tres días perdió alrededor de 10 libras porque no podía hidratarse con suficiente rapidez. «Estás perdiendo tanto sudor. Ves cómo la función celular se deteriora».
La memoria del calor
Hay un dato que sorprende incluso a los especialistas: el cuerpo guarda una especie de memoria térmica. Périard lo explica así: si alguien pasa semanas adaptado al calor, luego se aleja a un clima más frío y regresa al calor en el plazo de un mes, en tres o cuatro días recuperará adaptaciones que originalmente le tomaron diez días construir.
Esa memoria es un activo biológico. Pero tiene un límite claro: funciona cuando los cambios son graduales. Las olas de calor extremas comprimen el tiempo disponible para que el organismo responda.
El frío, el otro extremo
Para entender el presente hay que volver a esa pregunta básica: ¿el cuerpo también se adapta al frío? Sí, pero con mucho menos con qué trabajar, según Périard. «Hemos evolucionado como animales tropicales, así que nuestros mecanismos de pérdida de calor son muy potentes. Pero si piensas en conservar calor, las únicas dos cosas que podemos hacer son la constricción física —para intentar mantener la sangre caliente en la circulación central— o tiritar, que produce algo de calor pero no demasiado». El ejercicio ayuda, pero la ropa —un producto de la cultura humana, no de la biología— hace un trabajo incomparablemente mayor.
«Puedes ejercitarte todo lo que quieras. Pero si afuera hay -40°, te enfriarás bastante rápido si no tienes ropa», dice Périard.
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Los detalles cuentan la historia. La aclimatación es un proceso real, medible y útil, pero depende de una condición que el mundo moderno erosiona sistemáticamente: el tiempo al aire libre. Quienes pasan la mayor parte del día en oficinas con aire acondicionado llegan al verano sin haber construido esa adaptación. La biología ofrece una herramienta; la decisión de usarla —salir, moverse, exponerse gradualmente— sigue siendo individual.
Lo que la ciencia no puede resolver por decreto es el ritmo al que el clima cambia. Si las olas de calor se vuelven más frecuentes y más intensas, el margen entre lo que el cuerpo puede absorber y lo que el ambiente exige se estrecha. Esa brecha no la cierra ninguna regulación ni ningún gasto público: la cierra la adaptación personal, la preparación y, en última instancia, la libertad de cada individuo para tomar decisiones informadas sobre su propio cuerpo.



