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El aire que respiramos ya cambia nuestra sangre

Un estudio de 21 años detecta alteraciones en la química sanguínea de miles de personas a medida que el CO₂ atmosférico sube. Los investigadores advierten que las proyecciones para mediados de siglo superarían los niveles tolerables.
Foto: time.com
jueves 20 de agosto de 2026

Los detalles cuentan la historia.

Durante los primeros tiempos del Homo sapiens, el dióxido de carbono en la atmósfera se mantuvo en torno a 280 partes por millón (ppm). Esa estabilidad duró hasta mediados del siglo XVIII, cuando la Revolución Industrial comenzó a verter gases de efecto invernadero desde las chimeneas de las fábricas. Para 1900 el nivel había trepado a casi 300 ppm; para 1980, a casi 330 ppm. Hoy la cifra se sitúa en 425 ppm, según los datos recogidos en un nuevo estudio publicado en la revista Air Quality, Atmosphere and Health.

Lo que ese estudio añade —y que no había sido medido antes— es el rastro que ese ascenso deja dentro del cuerpo humano.

Siete mil personas, veintiún años

Los investigadores Phil Bierwirth, de la Universidad Nacional Australiana en Canberra, y Alexander Larcombe, de la Universidad de Australia Occidental, analizaron los datos del Estudio Nacional de Salud y Nutrición de Estados Unidos (NHANES), que entre 1999 y 2020 tomó muestras de sangre a 7.000 sujetos cada dos años para evaluar la respuesta del organismo a contaminantes ambientales.

Ese período fue especialmente intenso en emisiones: en solo esos 21 años, los niveles de CO₂ en Estados Unidos pasaron de 369 ppm a 420 ppm. Lo que Bierwirth y Larcombe buscaban era bicarbonato sérico, el marcador químico asociado al aumento de CO₂ en sangre. Lo encontraron: un salto del 7% en bicarbonato a lo largo de las dos décadas.

«El bicarbonato», explicó Larcombe en un correo electrónico a TIME, «es el principal 'amortiguador' químico del cuerpo para evitar que la sangre se vuelva demasiado ácida, y un nivel en alza indica que el organismo está compensando más CO₂».

El precio que paga el cuerpo

El bicarbonato tiene límites. Estudios de corto plazo a niveles moderadamente elevados de CO₂ —del tipo que se registra en habitaciones mal ventiladas— asocian esa exposición con dolores de cabeza, fatiga y deterioro de la concentración y la toma de decisiones, según Larcombe. En períodos más largos, estudios en animales apuntan a la posibilidad de estrés oxidativo, inflamación, calcificación de tejidos en riñones y arterias, y efectos sobre los huesos.

Al mismo tiempo que el bicarbonato sube, el estudio detectó que los niveles de calcio y fósforo en sangre están cayendo. El organismo responde al CO₂ extrayendo moléculas de dióxido de carbono de la sangre y almacenándolas en los huesos en forma de carbonato; el calcio y el fósforo, que participan en ese proceso, también migran de la sangre al hueso.

«La caída de calcio y fósforo en sangre es lo que cabría esperar si ese proceso de almacenamiento estuviera siendo exigido a trabajar más», señala Larcombe. El calcio bajo puede producir calambres musculares, letargo, entumecimiento y alteraciones del ritmo cardíaco; el fósforo bajo puede derivar en debilidad, fatiga y deterioro en la entrega de oxígeno. El propio investigador subraya, no obstante, que esos síntomas se producirían solo a «concentraciones de CO₂ mucho más altas que las de la atmósfera actual».

Por ahora, el cuerpo humano está compensando —aunque apenas— los niveles existentes, dado que la mayoría de las personas no experimenta los síntomas de alerta descritos. Pero las proyecciones dominantes sitúan las concentraciones atmosféricas de CO₂ por encima de 500 ppm a mediados de siglo, un umbral que, según Larcombe, superaría los niveles tolerables en sangre.

Serán los más jóvenes quienes carguen con el mayor costo: los cuerpos en crecimiento son más susceptibles a los tóxicos ambientales, y los niños nacidos hoy vivirán las décadas en que el CO₂ alcanzará sus cotas más altas.

La lectura de la casa

El estudio es ciencia sólida y merece atención. Pero conviene leer con cuidado el salto que algunos harán desde «el CO₂ altera la bioquímica sanguínea» hasta «el Estado debe ampliar su aparato regulatorio de inmediato». Los propios autores son cautelosos: los efectos clínicos graves están aún lejos de los niveles actuales, y el organismo humano muestra una capacidad de adaptación notable.

Lo que sí queda claro es que la respuesta más eficiente —si se acepta la premisa de que el CO₂ es el problema— pasa por innovación tecnológica y mercados de energía competitivos, no por burocracia climática que encarece la electricidad al ciudadano común sin reducir emisiones globales. El costo de ignorar la ciencia puede ser alto; el costo de regulaciones mal diseñadas, también.

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