La escena lo dice todo. Mientras Washington presiona a Ciudad de Panamá para que revise la influencia china en torno al Canal, un texto de opinión publicado en La Prensa traza una hoja de ruta de acercamiento entre ambas naciones con una precisión que va mucho más allá de la filosofía.
El artículo, firmado bajo el título «Hacia un desarrollo sincronizado entre China y Panamá», arranca con un recorrido por el taoísmo, el confucianismo y el marxismo como «principales corrientes filosóficas» de China, y termina con una lista de recomendaciones concretas de política exterior. El salto entre Lao Tsé y la Zona Libre de Colón es brusco, pero el mensaje es nítido: Panamá y China tienen, según el texto, «un importante papel que desempeñar para mantener un clima de paz y cooperación en la región y en la geopolítica mundial».
Una agenda punto por punto
Las propuestas son específicas. El texto recomienda «aumentar el flujo de mercancías hacia la Zona Libre de Colón y fortalecer el intercambio turístico entre China y Panamá», así como «incrementar los vínculos de intercambio académico» entre ambos países. Hasta ahí, nada que no figure en cualquier comunicado de cancillería.
Pero la lista va más lejos. Propone «importar tecnología china para convertir la basura en electricidad», «armonizar las políticas de China y Panamá en organismos internacionales» y erigir monumentos a figuras históricas chinas vinculadas a la construcción del ferrocarril transístmico y a la separación de Panamá de Colombia en 1903. También pide «restaurar el monumento a la Amistad Chino-Panameña a orillas del Canal, cuya estructura fue removida».
Una de las recomendaciones resulta llamativa por su especificidad: «retirar la empresa china del proyecto First Quantum Minerals». La mención introduce una variable de política minera en una agenda que, en apariencia, se presentaba como de cooperación bilateral.
El contexto que el texto no menciona
El artículo dedica varios párrafos a la historia china: las Guerras del Opio entre 1839 y 1842, y entre 1856 y 1860; la Segunda Guerra Sino-Japonesa de 1937 a 1945; la fundación del Partido Comunista de China el 1 de julio de 1921; y las reformas de Deng Xiaoping a partir de 1978, cuando China «permitió el crecimiento del sector privado y mantuvo el control estatal sobre áreas consideradas estratégicas». El texto cita también que, «según organismos internacionales», China «logró sacar de la pobreza extrema a cientos de millones de personas durante las últimas décadas».
Lo que el artículo no menciona es el contexto geopolítico inmediato: las tensiones entre Washington y Pekín por la presencia de operadores portuarios chinos en las terminales del Canal, ni la posición del gobierno de Mulino frente a esas presiones. Esa omisión, en sí misma, es un dato.
El llamado al «socialismo con peculiaridades chinas»
El texto describe el modelo chino como «el resultado de la integración de su pasado milenario con su aspiración de convertirse en un referente internacional», y reproduce la narrativa oficial del PCCh sobre «la unidad del pueblo frente a sus agresores» como fundamento de la soberanía nacional. No hay distancia crítica respecto a esa caracterización; se presenta como descripción, no como propaganda.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La publicación de esta agenda en un medio panameño de referencia no ocurre en el vacío. Ocurre mientras el Canal sigue siendo el activo estratégico más disputado del hemisferio occidental y mientras el gobierno de Mulino navega entre las demandas de Washington y los intereses comerciales que ligan a Panamá con el gigante asiático.
Desde la línea editorial de Hemisferio, la propuesta de «armonizar políticas» con Pekín en organismos internacionales merece una lectura cautelosa. Armonizar con un Estado que «mantiene el control estatal sobre áreas consideradas estratégicas» no es cooperación entre pares: es alineamiento. El Canal de Panamá es infraestructura crítica para el comercio global y para la seguridad del hemisferio; su gestión exige socios que compartan los principios del estado de derecho, la inversión privada transparente y la estabilidad jurídica, no interlocutores cuya política exterior se coordina desde un partido único. El gobierno de Mulino tiene ante sí una decisión que va más allá de los monumentos.



