La escena lo dice todo. Un hombre que construyó una de las mayores fortunas del mundo gracias a la automatización publica ahora un ensayo en el que pide frenar la automatización. Bill Gates, cofundador de Microsoft y filántropo de largo alcance, propuso esta semana crear una categoría formal de empleos «reservados para humanos» que no puedan ser sustituidos por inteligencia artificial, incluso cuando las máquinas sean técnicamente capaces de realizarlos.
El texto apareció el miércoles en su blog Gates Notes y en pocas horas recorrió los circuitos de tecnología y política económica en todo el mundo. La propuesta tiene tres ejes: proteger ciertos empleos por decreto, gravar la automatización y construir marcos regulatorios nacionales e internacionales para la IA.
El argumento humano
Gates ancla su razonamiento en una experiencia personal. «Había algo en los cuidados que le dieron a mi padre que era irremplazablemente humano. Ningún robot podría ni debería haberlo hecho», escribe al recordar a quienes atendieron a su padre durante las últimas etapas del alzhéimer. A partir de ese punto, extiende el principio: el cuidado infantil, la educación y la sanidad son ámbitos donde, según Gates, conviene «mantener a las personas al frente» y usar la IA solo como apoyo.
El argumento no es que las máquinas no puedan hacer esas tareas. Es que no deberían hacerlas. «La cuestión no debe ser únicamente qué trabajos puede hacer una máquina, sino cuáles deberían seguir siendo realizados por personas», sostiene.
En esa distinción reside todo el peso filosófico de la propuesta. Y también toda su dificultad práctica.
Los números y el mecanismo
Gates estima que «hasta el 40 % de los empleos podrían quedar dentro de algún tipo de categoría reservada a humanos». Algunos de esos empleos quedarían «protegidos de forma permanente»; otros se «reservarían temporalmente para facilitar la transición de trabajadores que llevan décadas en una profesión».
Para financiar esa transición, propone modificar el sistema fiscal: gravar la automatización, incluyendo los tokens utilizados por sistemas de IA y los robots físicos. El objetivo declarado es doble: compensar la pérdida de ingresos fiscales ante la sustitución de trabajadores y financiar programas de formación y protección social.
«Tenemos que pensar ahora cómo reducir la pérdida de empleos para que todos puedan compartir la prosperidad que genere la IA», escribe.
A la propuesta fiscal se suma una advertencia de seguridad: la IA, advierte Gates, puede «facilitar ataques biológicos y cibernéticos contra hospitales, sistemas de agua o redes eléctricas» al «dar más poder a actores malintencionados». Por eso reclama marcos regulatorios tanto nacionales como internacionales.
La trastienda del debate
Lo que Gates no responde —y él mismo lo reconoce— es quién toma las decisiones. «Determinar qué trabajos deben protegerse y quién debe tomar esa decisión plantea muchas dificultades», admite en el ensayo. Es una concesión notable: el arquitecto de la propuesta señala el agujero central antes de que lo señalen sus críticos.
Y ese agujero es grande. Reservar empleos por mandato implica que alguna autoridad —estatal, supranacional, o una combinación de ambas— traza la línea entre lo que la IA puede hacer y lo que se le prohíbe hacer. Gravar los tokens de IA implica que esa misma autoridad define qué cuenta como automatización gravable y qué no. La burocracia necesaria para administrar ese sistema sería, ella misma, un proyecto de proporciones históricas.
La lectura de Hemisferio
La propuesta de Gates merece tomarse en serio precisamente porque viene de alguien que entiende la tecnología desde adentro. Su señalamiento sobre el valor irreemplazable del cuidado humano es genuino y resonará en millones de familias que han vivido esa experiencia. Pero el remedio que prescribe —empleos protegidos por decreto, nuevos impuestos sobre la innovación, marcos regulatorios globales— es el tipo de intervención que históricamente ha tendido a proteger a los incumbentes, encarecer los servicios y ralentizar la adopción de tecnologías que, bien desplegadas, podrían abaratar precisamente la sanidad y la educación que Gates quiere preservar.
La pregunta que Hemisferio deja sobre la mesa es esta: si el objetivo es que todos compartan la prosperidad que genere la IA, ¿el camino es gravar la herramienta que genera esa prosperidad, o es acelerar la formación y la movilidad laboral para que más personas puedan aprovecharla? La respuesta no es obvia. Pero la historia del libre mercado sugiere que las categorías protegidas por decreto suelen terminar protegiendo a quienes ya tienen el empleo, no a quienes lo buscan.



