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El film que quiere enterrar al plástico de la carnicería

Investigadores del INTA e Intema desarrollaron un envase compostable para carne vacuna que, en pruebas de laboratorio, igualó al PVC convencional sin alterar frescura ni parámetros microbiológicos. La validación técnica está completa; ahora le toca el turno a la industria.
Foto: lanacion.com.ar
lunes 17 de agosto de 2026

La escena lo dice todo: un corte de carne envuelto en un material que se degrada en compost, expuesto siete días bajo luz refrigerada en condiciones de góndola, y con resultados idénticos al plástico de toda la vida. Eso es, en esencia, lo que un equipo multidisciplinario del INTA y del Intema acaba de documentar.

El grupo, integrado por especialistas de Balcarce, Buenos Aires, y Anguil, La Pampa, desarrolló un film compostable biobasado pensado para reemplazar al PVC de un solo uso en el empaquetado de carne vacuna. La pregunta que guió el experimento era directa: ¿puede este nuevo material proteger el alimento igual que el plástico convencional sin dejar residuos que tarden décadas en desaparecer?

La respuesta, según los datos publicados, es afirmativa.

Durante siete días, los investigadores sometieron cortes envasados con ambos films a exhibición aeróbica refrigerada con luz, la misma condición que enfrenta el producto en el comercio minorista. Los resultados confirmaron que el envase compostable alcanza un desempeño equivalente al plástico tradicional sin alterar la frescura ni los parámetros microbiológicos.

«Estos nuevos materiales están formulados a partir de polímeros biodegradables que pueden degradarse biológicamente bajo condiciones de compostaje, transformándose en biomasa, dióxido de carbono y agua sin dejar residuos», explicó Laura Testa, investigadora del proyecto.

El mecanismo importa: no se trata de un plástico convencional con aditivos que aceleran su fragmentación —los llamados oxodegradables, cuestionados por generar microplásticos—, sino de polímeros que se integran al ciclo biológico bajo condiciones de compostaje. La distinción es técnica, pero sus consecuencias para la cadena de residuos son considerables.

Más allá del envase: lo que come el animal también cuenta

El equipo no se detuvo en el empaque. Paralelamente, exploró el uso de granos de destilería secos —subproducto de la industria del bioetanol de maíz— en la dieta de vaquillonas criadas sobre pasturas de alfalfa. Los datos revelaron que los animales suplementados con este insumo presentaron mayor espesor de grasa dorsal y una tendencia positiva hacia un mejor marmóreo, atributos que benefician la clasificación comercial de la carne.

La suplementación no alteró la terneza ni el pH de la res, aunque sí produjo un tono rojo más intenso y brillante al inicio del período de conservación, un factor que incide directamente en la percepción de frescura por parte del consumidor.

La lógica detrás de combinar ambas líneas de investigación es la de una hoja de ruta sistémica: aprovechar residuos agroindustriales en la nutrición animal y cerrar el ciclo con un empaque que no genere basura permanente.

«Abordar la sostenibilidad de manera sistémica permite integrar la nutrición animal, el aprovechamiento de subproductos agroindustriales y el desarrollo de nuevos materiales para el envasado sin comprometer la eficiencia ni la calidad del producto», sostuvo Testa.

El paso que falta

Con la validación técnica a escala de laboratorio completada, el desarrollo queda ahora en manos de la industria. Los procesadores cuentos con datos concretos para evaluar la transición; lo que sigue es la escala, el costo y la logística de compostaje industrial, variables que el laboratorio no puede resolver por sí solo.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de pruebas en góndola simulada: si el film aguantó siete días sin ceder en inocuidad ni en apariencia, el argumento técnico contra el cambio se debilita. El argumento económico es otra conversación.

Desde la perspectiva de Hemisferio, el valor de este desarrollo no está solo en su dimensión ambiental, sino en lo que representa para la competitividad exportadora del sector ganadero argentino. Los mercados internacionales que priorizan trazabilidad y producción responsable —Europa, Asia del Este, el Golfo— exigen cada vez más que el empaque forme parte del relato de calidad, no solo el corte. Un film compostable certificable es, en ese contexto, un activo comercial, no un costo ideológico. La libre empresa tiene aquí un incentivo de mercado genuino: quien llegue primero con el estándar, captura la prima. El INTA y el Intema pusieron la ciencia sobre la mesa; la industria privada tiene la palabra.

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