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El filo del estrecho

Irán amenaza con cortar el flujo de petróleo por Ormuz y escalar los ataques a infraestructura energética del Golfo si Washington endurece las sanciones. El mundo paga la cuenta.
Foto: lanacion.com.ar
martes 25 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un domingo de agosto, Teherán incluyó en su lista negra a 45 petroleros por no acatar las normas que quiere imponer en el estrecho de Ormuz. Al día siguiente, un buque fue atacado frente a la principal terminal petrolera saudí en Yanbu. Los mercados de energía llevan seis meses aprendiendo a leer esa cadencia.

Desde que comenzó la guerra el 28 de febrero, los ataques iraníes y las amenazas contra el transporte marítimo han paralizado la mayor parte del tráfico a través del estrecho de Ormuz, cerrando prácticamente una vía que antes transportaba alrededor de una quinta parte de la energía mundial. Algunos petroleros han retomado el tránsito en las últimas semanas, pero los volúmenes siguen siendo muy bajos.

Ahora la presión sube un escalón. La administración Trump ha amenazado con imponer «las sanciones más duras de la historia» para obligar a Irán a ceder a sus demandas. La respuesta de Teherán no se hizo esperar: Mohsen Rezaei, exjefe de la Guardia Revolucionaria y secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, advirtió con precisión quirúrgica: «Si la guerra económica continúa, no se exportará ni una sola gota de petróleo, ni a través del estrecho de Ormuz ni desde ningún otro lugar del golfo Pérsico».

La amenaza no es nueva, pero el contexto la vuelve más creíble. Durante los seis meses del conflicto, los ataques con misiles, drones y lanchas rápidas contra buques cisterna han provocado repetidamente alzas en los precios del crudo. Cada incidente es, en la práctica, un instrumento de negociación.

El frente sur complica aún más el cuadro. Los hutíes, aliados de Teherán, han restringido el transporte marítimo en el Mar Rojo con ataques y amenazas de bloquear toda la navegación saudí que transporta crudo a Asia a través del estrecho de Bab el-Mandeb. Aunque más de la mitad de los buques aún lograban pasar a mediados de agosto, las compañías navieras chinas han comenzado a desviar sus rutas para evitar ese paso, según fuentes de la industria. Un ataque con drones cerca del Canal de Suez a principios de agosto añadió otro punto de ansiedad al mapa.

Irán también ha amenazado con tomar represalias contra cualquier país vecino que participe en los esfuerzos estadounidenses por estrangular su economía. Durante la guerra ya atacó repetidamente a estados del Golfo y a Jordania, apuntando principalmente a bases estadounidenses pero también a infraestructura energética. Un ataque intensificado contra instalaciones de extracción de petróleo o gas podría elevar los precios de la energía de forma más difícil de revertir que los golpes al transporte marítimo. Atacar centrales eléctricas y plantas desalinizadoras en una región árida y calurosa representaría, además, un riesgo existencial para las monarquías del Golfo alineadas con Washington, que operan como centros financieros de peso global.

Los detalles cuentan la historia. El lunes, Gran Bretaña afirmó que piratas informáticos vinculados a Irán habían paralizado una pequeña central eléctrica. Funcionarios estadounidenses indicaron que Teherán probablemente estaba detrás de ciberataques contra plantas potabilizadoras en Minnesota. Irán no se ha pronunciado sobre estas acusaciones. El aparato de la Guardia Revolucionaria, según el análisis recogido en las fuentes, siempre se mostró dispuesto a encontrar formas alternativas de ataque cuando los países occidentales quedan fuera del alcance de sus municiones convencionales.

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Para Hemisferio, el cuadro tiene una lectura que va más allá de la geopolítica inmediata: cada barril que no pasa por Ormuz es un impuesto invisible que pagan los consumidores y las empresas de todo el mundo, sin que ningún parlamento lo haya votado. La estrategia iraní de convertir el estrecho en palanca de negociación demuestra que el control de infraestructura crítica —rutas marítimas, nodos energéticos— es hoy tan decisivo como cualquier arsenal convencional.

La administración Trump enfrenta aquí un dilema de libre mercado en sentido estricto: las sanciones más duras pueden acelerar la capitulación iraní o pueden encarecer la energía lo suficiente como para dañar la recuperación económica que Washington necesita mostrar. El precio del crudo no distingue entre aliados y adversarios. Esa es la trastienda que los protagonistas de esta crisis prefieren no mencionar en voz alta.

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