La escena lo dice todo. En la víspera de los ejercicios militares Ulchi Freedom Shield —diez días de maniobras con 18.000 soldados surcoreanos junto a miles de efectivos estadounidenses y de la ONU— Donald Trump anunció que «reduciría sustancialmente» la participación americana. La razón declarada: su «muy buena relación con Kim Jong-un» y el rechazo de Seúl a sumarse a la campaña de Washington contra Irán.
«Estos ejercicios no solo son costosos… sino que envían una señal totalmente inapropiada y hostil a un país que, mientras Donald J. Trump ha sido presidente, ha sido no amenazante y respetuoso», escribió Trump en Truth Social. La Casa Azul de Seúl respondió que permanecía en «estrecha coordinación» con Washington; su ministerio de Defensa confirmó que los ejercicios habían comenzado «según lo previamente notificado y programado».
El problema con el adjetivo «no amenazante» es que los hechos lo contradicen. Desde que Trump regresó al poder, Corea del Norte ha realizado 24 pruebas de misiles balísticos, además de múltiples lanzamientos de misiles de crucero y sistemas de defensa aérea, incluido uno el miércoles anterior al anuncio. Pyongyang también ha despachado más de 14.000 soldados, munición de artillería y misiles balísticos para apoyar la guerra de Vladimir Putin en Ucrania, tras la firma de una asociación estratégica integral con Moscú en junio de 2024. El presidente ucraniano Volodímir Zelenski ha advertido que Kim prepara el despliegue de 30.000 soldados adicionales.
La alusión de Trump a Irán añade otra capa de ironía geopolítica. Corea del Norte lleva décadas siendo uno de los principales proveedores de tecnología militar de Teherán. Durante la guerra Irán-Irak (1980-1988), Pyongyang fue uno de los abastecedores de armas clave de Irán. Tras el colapso de los subsidios soviéticos en los años noventa, el régimen norcoreano intercambió tecnología de misiles por crudo iraní. Teherán adquirió misiles Scud-B y Scud-C norcoreanos, que sirvieron de base para sus propios programas Shahab-1 y Shahab-2. El misil Nodong-1 de Corea del Norte fue adaptado al Shahab-3, columna vertebral de las capacidades de ataque de largo alcance de Irán, incluidas variantes como el Emad y el Ghadr. Inteligencia desclasificada indica que Irán modificó específicamente los conos de ojiva del Shahab-3 para acomodar cabezas nucleares miniaturizadas.
«Los norcoreanos proporcionaron a Irán asistencia técnica, construyendo fábricas llave en mano, diseño tecnológico, capacidades de producción, tácticas», explica Daniel Pinkston, experto en relaciones internacionales de la Universidad Troy en Seúl. «Los acuerdos tecnológicos y las visitas científicas de alto nivel se remontan a años atrás.»
Ingenieros militares norcoreanos también ayudaron a Irán a diseñar y construir silos de misiles endurecidos, redes subterráneas y búnkeres para instalaciones nucleares. En 2007, un ataque aéreo israelí destruyó la instalación siria de Al-Kibar, un reactor productor de plutonio construido por Corea del Norte que era copia exacta de su reactor de 5 megavatios en Yongbyon.
Más allá de la diplomacia, la reducción de los ejercicios conjuntos tiene consecuencias tácticas inmediatas. Los mandos surcoreanos y estadounidenses habían planeado usar el Ulchi Freedom Shield para adaptarse a las tácticas de combate que las fuerzas norcoreanas han demostrado en Ucrania: enjambres de drones, interferencia electrónica de GPS y guerra cibernética coordinada. «Han tomado esas lecciones aprendidas allí y las han llevado de vuelta a Corea del Norte; eso cambia su capacidad», señaló el coronel Ryan Donald, director de asuntos públicos de los mandos liderados por EE.UU. en Corea del Sur.
El trasfondo político es transparente. El sábado anterior al anuncio, Trump compartió una fotografía de archivo junto a Kim de 2019, reiterando que los dos «se llevan muy bien». El gesto reavivó la especulación de que el presidente busca escenificar otra cumbre de alto perfil con el líder norcoreano para capitalizar un triunfo de política exterior. Observadores señalan una cautela transaccional similar en la demora de Trump sobre un paquete de armamento de 14.000 millones de dólares para Taiwán —el mayor de la historia— para no entorpecer la agenda del presidente chino Xi Jinping.
La lectura de Hemisferio es directa: la política de Trump hacia Corea del Norte premia la imagen sobre la sustancia. Reducir ejercicios que entrenan a aliados democráticos frente a un régimen que Freedom House califica con 3 sobre 100 en derechos —y cuyos únicos aliados formales son China y Rusia— no es pragmatismo; es una concesión unilateral sin contrapartida verificable. El libre mercado, el estado de derecho y la seguridad de los socios de Washington en el Indo-Pacífico exigen alianzas que se sostengan más allá del ciclo de noticias y de la química personal entre líderes. Cuando la credibilidad de un tratado de defensa mutua de 72 años se convierte en moneda de cambio para una foto, los que pagan el precio no son los negociadores en la sala: son los contribuyentes y los ciudadanos que duermen bajo ese paraguas de seguridad.



