La escena lo dice todo.
A pocas cuadras de su casa, la escritora Debbie Millman vio cómo demolían una vivienda de tamaño mediano y la reemplazaban con una estructura que, según describe, «parece haberse comido su propio terreno». La nueva casa se extiende de un extremo del lote al otro, con apenas espacio suficiente alrededor para sugerir que alguna vez existió tierra allí. Grande en la forma en que tantas casas nuevas son grandes ahora: «hinchada, como si cada centímetro disponible hubiera sido convertido en espacio interior».
Esa imagen abre un ensayo publicado en Time que diagnostica algo más amplio que una moda arquitectónica. Millman argumenta que los objetos que diseñamos y consumimos revelan lo que valoramos, y que cada vez más de ellos parecen reflejar un apetito creciente por el exceso.
La economía de la atención como motor
Los automóviles, escribe Millman, se han vuelto más altos, más anchos y más agresivos, con parrillas que «parecen más armadas que diseñadas». El Tesla Cybertruck aparece en el texto como ejemplo extremo: un vehículo «tan visualmente beligerante que parece construido para ganar un argumento que nadie sabía que estaba teniendo».
En la moda, la generación Z abraza siluetas enormes y proporciones deliberadamente torpes. En los restaurantes, los interiores se conciben para ser publicados en redes sociales antes de que llegue la comida.
La tesis de Millman es que todos estos fenómenos responden a la misma presión: la economía de la atención recompensa la extremidad. Cuanto más un diseño es recompensado por ser instantáneamente visible, reconocible y compartible, más fácil resulta perder de vista la proporción, el propósito y las personas que deben convivir con él.
La diferencia entre fealdad y vulgaridad
La autora introduce aquí una distinción que considera crucial. En 1996, Miuccia Prada lanzó una colección de primavera titulada Banal Eccentricity, conocida como «Ugly Chic», con marrones apagados, verdes aguacate y proporciones incómodas usados con precisión para desafiar ideas convencionales de belleza. Esa fealdad era intencional e inteligente.
Millman cita también al diseñador italiano Massimo Vignelli, quien en una entrevista declaró que la responsabilidad del diseño era «disminuir la cantidad de vulgaridad en el mundo». Vignelli, según la autora, no prescribía un estilo; lo que importaba era crear calidad en todo lo que nos rodea.
La fealdad, argumenta Millman, puede desafiar expectativas y seguir siendo inteligente, deliberada, incluso bella a su manera. La vulgaridad es diferente: comienza cuando la escala, el exceso o la búsqueda de atención abruman el contexto por completo.
La arquitectura, los automóviles y los entornos comerciales, señala, imponen demandas sobre personas que no tuvieron ninguna parte en elegirlos. Cuando las casas se aprietan en sus lotes y los vehículos crecen sin límite, el problema deja de ser simplemente estético. «La vulgaridad se vuelve consecuente cuando abruma el entorno que todos compartimos», escribe.
Los detalles cuentan la historia.
El ensayo de Millman termina con una pregunta que el diseño lleva siglos haciéndose: «¿Cuánto es suficiente?». Es una pregunta estética, pero también es una pregunta moral sobre el espacio compartido.
Desde la línea editorial de Hemisferio, la respuesta importa más allá del gusto personal. El buen diseño —como la buena política económica— descansa en el respeto por el contexto: cómo un edificio se relaciona con su calle, cómo una regulación se relaciona con quienes deben vivir bajo ella. Cuando el objeto se convierte en fin en sí mismo, cuando el tamaño reemplaza al propósito y la visibilidad sustituye a la calidad, el costo lo paga quien no eligió estar ahí.
La distinción entre fealdad y vulgaridad que propone Millman tiene un paralelo directo en el debate sobre el tamaño del Estado y el gasto público: la fealdad puede ser honesta, incluso necesaria; la vulgaridad es el exceso que se impone sobre los demás sin rendir cuentas. La pregunta de cuánto es suficiente no es solo para los arquitectos.



