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El órgano ignorado que dicta cuánto tiempo vive una mujer

Una bióloga de Northwestern revela que los ovarios no solo determinan la fertilidad, sino el envejecimiento de todo el cuerpo. La ciencia llegó tarde, pero llegó.
Imagen generada con IA
viernes 21 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Era 2013, un programa para científicos jóvenes sobre biología del envejecimiento. Cuando llegó su turno, Francesca Duncan dijo que estudiaba el ovario. La respuesta de la sala fue unánime: «Qué interesante. Pero eso no es envejecimiento.»

Doce años después, Duncan es bióloga reproductiva en Northwestern University y en el Buck Institute for Research on Aging, y la actitud de aquella sala ha quedado obsoleta.

Lo que el ovario esconde

Durante décadas, la investigación sobre los ovarios se concentró casi exclusivamente en su función reproductiva. La evidencia acumulada apunta ahora en otra dirección: el órgano es una pieza central del health span femenino, es decir, los años que una mujer pasa en buena salud, más allá de si tiene o no hijos.

«Prácticamente todos los sistemas de órganos que puedas imaginar son tocados por los ovarios», dice Duncan. «Para las mujeres, es absolutamente imposible hablar de longevidad saludable sin hablar también de los ovarios.»

Uno de sus hallazgos principales es que los ovarios se vuelven progresivamente inflamados, fibróticos —es decir, con tejido cicatricial— y rígidos con el paso del tiempo. Esa rigidez afecta la calidad de los óvulos, puede dificultar su liberación y podría elevar el riesgo de enfermedades como el cáncer de ovario.

El dato que la dejó, según sus propias palabras, «totalmente atónita» llegó en abril de 2026: un estudio publicado por su laboratorio mostró que los ovarios posmenopáusicos —que se asumía que, como ella misma lo describe, «simplemente estaban ahí sin hacer nada»— continúan acumulando cicatrices e inflamación después de la menopausia. Más aún: es posible que esos ovarios envíen señales inflamatorias que dañen la salud general del organismo.

«Creo que esto es una gran frontera», dice Duncan. «Pone de relieve cuánto desconocemos todavía.»

Un espejo del cuerpo entero

Lo que hace especialmente valiosa esta línea de investigación es su potencial de generalización. El corazón, los pulmones y el hígado también se vuelven más fibróticos con la edad. Duncan sostiene que el ovario podría ofrecer claves sobre el envejecimiento en todo el cuerpo, precisamente porque su deterioro es observable y comparable con el de otros órganos.

«Al comparar el ovario con esos otros sistemas de órganos, podríamos llegar a entender qué está ocurriendo y encontrar mecanismos compartidos», explica.

Su laboratorio trabaja actualmente en el desarrollo de una prueba de ultrasonido para medir la rigidez ovárica. El objetivo es doble: usarla como biomarcador del envejecimiento y de la salud ovárica, y también para predecir los resultados de tratamientos de fertilidad como la fecundación in vitro.

Los hallazgos ya están generando aplicaciones concretas. En febrero de 2026, un grupo de investigadores en China publicó un estudio —construido sobre el trabajo de Duncan— que mostró cómo un fármaco antifibrótico existente podría mejorar la función ovárica en ratones y posiblemente en personas. El medicamento pareció restaurar la fertilidad en mujeres con insuficiencia ovárica primaria, una condición en la que los ovarios dejan de funcionar con normalidad antes de los 40 años.

En Alemania, otro grupo de investigadores explora formas terapéuticas de reponer en el ovario las proteínas conocidas como cohesinas, cuya disminución con la edad —un hallazgo anterior de Duncan— provoca inestabilidad cromosómica y otros problemas.

Los detalles cuentan la historia

El recorrido de Duncan ilustra un patrón recurrente en la ciencia: las preguntas sobre la biología femenina llegaron tarde a la agenda de la investigación sobre el envejecimiento. Durante años, el campo ignoró sistemáticamente un órgano que, según la evidencia disponible, actúa como regulador de la salud de la mujer a lo largo de toda su vida, no solo durante los años reproductivos.

Desde Hemisferio, el caso merece una lectura más amplia. La investigación básica —financiada, en buena medida, con recursos públicos y privados destinados a la ciencia de largo plazo— produce exactamente el tipo de conocimiento que ningún algoritmo de corto plazo habría priorizado. El retorno no es trimestral; es generacional. Que un fármaco antifibrótico ya existente pueda tener aplicaciones en fertilidad y envejecimiento es el tipo de hallazgo que justifica la inversión sostenida en ciencia fundamental, lejos de la lógica del resultado inmediato.

La pregunta que queda abierta no es menor: si el ovario posmenopáusico sigue activo —y potencialmente dañino— durante décadas, ¿cuántas decisiones clínicas sobre la salud de mujeres mayores se han tomado sobre una premisa equivocada? Duncan no lo dice con esas palabras. Pero la implicación está ahí, en cada dato de su laboratorio.

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