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El pulpo que no estaba en los mapas

Científicos de la Universidad Andrés Bello describieron una nueva especie de pulpo presente desde Perú hasta el sur de Chile, un hallazgo que subraya cuánto del patrimonio natural marino del país permanece sin catalogar.
Foto: latercera.com
lunes 17 de agosto de 2026

El mar no avisa cuando guarda secretos. Esta vez, la revelación llegó desde los laboratorios de la Universidad Andrés Bello, donde los científicos María Cecilia Pardo y Christian Ibáñez identificaron y describieron una especie de pulpo hasta ahora desconocida para la ciencia: el Graneledone sellanesi.

El animal se distribuye a lo largo de un corredor marino que va desde las costas de Perú hasta el sur de Chile, una franja oceánica que, pese a su extensión y a la actividad pesquera e industrial que la atraviesa, todavía reserva sorpresas de esta magnitud.

Los detalles cuentan la historia. Chile suele presentarse al mundo a través de su geografía terrestre: la cordillera como muro, el desierto como frontera, la Patagonia como promesa. Sin embargo, más del 70% del territorio nacional corresponde a mar, según consigna la investigación. Un espacio que, en palabras de la propia Pardo, «apenas ahora empezamos a conocer».

«Una nueva especie es un ejemplo de lo que nos falta por conocer», dijo la investigadora al presentar el hallazgo. La frase es breve, pero su alcance es considerable: si una especie de pulpo de distribución tan amplia —desde Perú hasta el extremo austral de Chile— podía existir sin nombre científico hasta hoy, la pregunta obligada es cuántas otras formas de vida aguardan en ese 70% de territorio sumergido.

El Graneledone sellanesi pertenece a un género de pulpos de aguas profundas y frías, conocido en otras latitudes del hemisferio sur. Su descripción formal como especie nueva implica un proceso riguroso: comparación morfológica, análisis genético y revisión de ejemplares en colecciones científicas. Que ese proceso haya concluido con la validación de una especie distinta a las ya registradas habla de la especificidad evolutiva del ecosistema marino del Pacífico sudoriental.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el hallazgo se hizo público. No hubo anuncio institucional de gran aparato ni cobertura internacional inmediata. Fue, en cambio, el tipo de descubrimiento que circula primero entre especialistas y que solo después encuentra su camino hacia el público general. Esa discreción, paradójicamente, dice algo sobre el estado de la ciencia marina en la región: trabaja con recursos acotados, produce resultados de primer nivel y rara vez ocupa el centro de la conversación pública.

El patrimonio evolutivo que representa una nueva especie no es un concepto abstracto. Cada organismo descrito formalmente pasa a integrar el inventario de biodiversidad disponible para investigación médica, biotecnológica, pesquera y de conservación. Los pulpos del género Graneledone, en particular, han sido objeto de estudio por sus adaptaciones fisiológicas a entornos de alta presión y baja temperatura, condiciones que interesan a múltiples campos aplicados.

La escena lo dice todo: dos investigadores de una universidad privada chilena, trabajando sobre especímenes del Pacífico sur, logran lo que ningún equipo había conseguido antes: poner nombre a un animal que comparte el océano con una de las industrias pesqueras más activas del mundo. La ironía no es menor. Chile exporta millones de toneladas de productos del mar cada año y, al mismo tiempo, apenas comienza a levantar el inventario de lo que habita en ese mar.

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Desde la perspectiva de Hemisferio, el hallazgo del Graneledone sellanesi plantea una pregunta de fondo que va más allá de la taxonomía: ¿qué valor le asigna el Estado chileno al conocimiento de su propio territorio? El mar representa más de dos tercios del país, y su exploración científica sistemática depende en buena medida de iniciativas universitarias con financiamiento limitado. La libre empresa y la investigación privada han demostrado, una vez más, capacidad para producir conocimiento de frontera donde el aparato público no llega con la misma agilidad.

El Graneledone sellanesi existía antes de tener nombre. Seguirá existiendo en las aguas frías del Pacífico sur con independencia de las decisiones presupuestarias de cualquier gobierno. Pero nombrarlo, describirlo y ponerlo a disposición de la comunidad científica global es un acto de soberanía intelectual sobre el territorio. Uno que, en este caso, corrió por cuenta de dos investigadores y sus redes académicas. El desenlace es auspicioso; el desafío, sostenerlo.

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