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El reloj biológico de cada órgano

Tony Wyss-Coray, neurólogo de Stanford, mide la edad real de cada órgano a través de proteínas en sangre. Su apuesta: que los datos personalizados extiendan la vida sana, no solo la cronológica.
Imagen generada con IA
jueves 20 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un tubo de sangre, un panel de proteínas y, al final del análisis, un número que no coincide con el de tu pasaporte. Esa es la premisa central del trabajo de Tony Wyss-Coray, profesor suizo de neurología y director del Knight Initiative for Brain Resilience en la Universidad de Stanford.

Wyss-Coray ha desarrollado métodos para medir lo que los científicos llaman «edad biológica»: una medida que, según su investigación, refleja con mayor precisión cómo envejece un cuerpo que el simple conteo de años vividos. La herramienta son los niveles de distintas proteínas en la sangre, capaces de revelar la edad biológica del cerebro y de otros órganos.

Los hallazgos tienen consecuencias clínicas directas. Cuanto mayor es la edad biológica de un órgano en particular, mayor es el riesgo de enfermedad en ese órgano. Y cuanto más «viejos» son los órganos de una persona en conjunto, mayor es su riesgo de muerte. No es metáfora: es correlación documentada en sus estudios.

De la inmunología al cerebro

El camino de Wyss-Coray hacia esta frontera científica comenzó en el doctorado en inmunología. Esa formación lo llevó a estudiar el papel del sistema inmunitario en el cerebro y en enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Fue durante ese período cuando cristalizó la idea que define su enfoque: el cerebro y los demás órganos están interconectados con el resto del cuerpo, y solo desenredando esas conexiones es posible comprender —y quizás detener— el envejecimiento y la enfermedad.

«El sistema inmunitario puede ir a cualquier parte del cuerpo, y me pareció obvio que si puede hablarle al cerebro, entonces el cerebro también puede comunicarse de vuelta, y quizás podríamos encontrar moléculas del cerebro en la circulación», explica Wyss-Coray.

En 2007, junto a un grupo de colaboradores, publicó el primer trabajo que puso a prueba esa hipótesis. Analizaron muestras de sangre de personas con Alzheimer para determinar si sus niveles de ciertas proteínas diferían de los de personas sanas, y si esas diferencias podían usarse para detectar la enfermedad. «Y efectivamente funcionó», dice.

Sangre joven, cerebro joven

Desde entonces, su laboratorio ha expandido de forma notable la comprensión de cuánto influyen las proteínas, las señales inmunitarias y otros factores circulantes en la sangre sobre el cerebro y los demás órganos. El experimento que le dio notoriedad internacional mostró que infundir plasma sanguíneo de ratones jóvenes en ratones viejos mejoraba la función cognitiva de estos últimos. El efecto inverso también se confirmó: el plasma de ratones viejos aceleró el envejecimiento de animales jóvenes.

Esos resultados no quedaron en el laboratorio. Wyss-Coray cofundó Alkahest, empresa que explora cómo el plasma sanguíneo humano podría usarse para tratar enfermedades como el Alzheimer y el Parkinson.

Del laboratorio al mercado

La otra empresa que cofundó, Vero Bioscience, está ejecutando estudios clínicos para evaluar la precisión de los tests de edad biológica en el mundo real. «Estas pruebas podrían decirte cómo están aguantando tus órganos, y eso extendería tu período de salud porque podrías optimizar tu salud basándote en datos reales personalizados para ti», afirma Wyss-Coray.

El investigador también señala que estas herramientas podrían emplearse en ensayos clínicos para fármacos de longevidad y otras intervenciones.

Los detalles cuentan la historia. Lo que Wyss-Coray está construyendo no es solo ciencia básica: es la infraestructura diagnóstica para una medicina de precisión orientada al envejecimiento. Un mercado que, si los estudios clínicos de Vero Bioscience confirman la exactitud de los tests, podría transformar la forma en que individuos y sistemas de salud entienden el riesgo antes de que la enfermedad aparezca.

Desde la perspectiva de Hemisferio, el valor de este trabajo reside precisamente en su lógica: datos personalizados, decisiones individuales, intervención temprana. Es el polo opuesto a la medicina burocrática de protocolos uniformes. Si la investigación de Wyss-Coray prospera, el ciudadano tendrá en sus manos información que hoy solo existe, fragmentada, en expedientes clínicos que nadie integra. Esa transferencia de conocimiento al individuo —y no al aparato estatal— es, en sí misma, una forma de libertad.

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