La escena lo dice todo. Un investigador camina por la estepa seca del norte de la Patagonia, a unos 60 kilómetros al sudeste de Bariloche, y extrae de la roca un fruto del tamaño de una uña. Tiene entre siete y ocho valvas lignificadas. Tiene 20 millones de años. Y cuenta una historia que el paisaje actual no dejaría adivinar.
El hallazgo fue realizado por especialistas del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma, Conicet-UNCo) de Bariloche y de la División Paleobotánica del Museo Argentino de Ciencias Naturales «Bernardino Rivadavia» (MACN) de Buenos Aires. Los resultados acaban de ser publicados en la revista científica International Journal of Plant Sciences.
Los materiales fósiles provienen de la Formación Ñirihuau, en los estratos de la mina de carbón de Pico Quemado, una localidad hoy de estepa árida. Corresponden al género de plantas Eucryphia y datan del Mioceno temprano.
Dos nuevas especies, un mismo nivel geológico
Los científicos describieron dos nuevas especies fósiles a partir de la asociación de hojas y un fruto hallados en el mismo estrato. El fruto fue incluido en la nueva especie Eucryphia nirihuaensis: una cápsula de forma elipsoide a oblonga de unos 10 milímetros de largo y 5,5 milímetros de ancho, con entre siete y ocho valvas lignificadas. Los investigadores señalan que existen poquísimos registros de frutos fósiles de este género en todo el mundo, lo que convierte al ejemplar en un hallazgo extraordinario.
Para las hojas se propuso la nueva especie Eucryphia paraglutinosa: hojas compuestas e imparipinnadas de entre cinco y siete folíolos con bordes serrados. Los científicos destacan su «notable similitud» con la especie chilena actual Eucryphia glutinosa, conocida popularmente como «guindo santo».
La cordillera que todavía no era barrera
El investigador Mauro Passalia, del Inibioma, explicó a LA NACION la clave del fenómeno: hace 20 millones de años, la cordillera de los Andes «tenía una altura mucho menor a la actual» y «no actuaba como una barrera efectiva para los vientos húmedos del Pacífico». Las lluvias, en consecuencia, no se concentraban en la franja cordillerana sino que «se distribuían más gradualmente, de oeste a este, a lo largo de la Patagonia». El resultado era un paisaje de lagos poco profundos, pantanos y humedales bajo un clima templado-cálido y sumamente lluvioso, con bosques cubriendo gran parte de la región.
Hoy esa misma zona presenta un clima árido generado precisamente por la «sombra de lluvia» que la cordillera, ya en su altura final, proyecta al bloquear los vientos húmedos del Pacífico. El contraste entre el fósil y el entorno donde fue encontrado resume, en una sola imagen, cuánto puede cambiar un territorio en escala geológica.
En aquellos bosques del pasado convivían también coníferas —araucarias y podocarpos—, nothofagus emparentados con los actuales coihue, ñire y lenga, elementos afines a los arrayanes y radales, y helechos.
Un rompecabezas transoceánico
El género Eucryphia tiene hoy una distribución discontinua y transoceánica: solo dos especies viven en Sudamérica —el guindo santo y el ulmo, en los bosques templados húmedos de Chile y zonas cordilleranas de la Argentina—, mientras que las otras cinco habitan en los húmedos bosques del este de Australia y Tasmania. El fósil patagónico añade una pieza a ese rompecabezas biogeográfico global.
La presencia de maderas fósiles afines en la Antártida y la Patagonia desde finales del Cretácico sugiere que la historia de estas plantas se remonta a la época en que la Antártida funcionaba como un puente verde libre de hielo entre ambos continentes.
Junto con sus colegas Luciana Muci y Ari Iglesias, Passalia también halló una nueva especie de palmera fósil en el sector conocido como Valle de la Luna Amarillo, en el Área Natural Protegida Paso Córdoba, provincia de Río Negro. Muci señaló que el nuevo género y especie Pindocarpon chichinalensis constituye «el primer registro fósil inequívoco de la subtribu Attaleinae en el sur de Sudamérica» y uno de los frutos fósiles mejor conservados de palmeras de la tribu Cocoseae a nivel mundial.
Los detalles cuentan la historia. Lo que hoy es estepa fue selva. Lo que hoy es barrera fue corredor. La ciencia argentina, con recursos del Conicet y la universidad pública, acaba de demostrarlo con una cápsula de diez milímetros. El desafío, ahora, es que ese capital de conocimiento encuentre el financiamiento y la continuidad institucional que merece, sin que los ciclos políticos interrumpan lo que la roca guardó durante veinte millones de años.



