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La biología, no la voluntad

Un médico colombiano que perdió 48 kilos desmonta en un foro de Novo Nordisk los cinco mitos que más daño hacen al tratamiento de la obesidad. El diagnóstico va mucho más allá del espejo.
Foto: latercera.com
lunes 24 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un médico cirujano sube al estrado de un foro en Panamá y, antes de hablar de ciencia, confiesa que él mismo fue obeso. Fernando Rosero, especialista colombiano en medicina sexual, perdió cerca de 48 kilos y llegó al Foro Latinoamericano VALUE Exp —organizado por Novo Nordisk— con una agenda precisa: derribar las creencias que, según él, impiden que millones de personas reciban un tratamiento adecuado.

Su punto de partida no es abstracto. Rosero señaló que cerca de la mitad de sus pacientes que consultan por problemas sexuales tienen como causa o factor asociado el sobrepeso y la obesidad. Esa intersección entre salud metabólica y salud sexual fue, según explicó, lo que lo llevó a estudiar el tema con mayor profundidad. «Les estoy hablando también de esos mitos y esas creencias que como paciente, no como médico, tuve», afirmó ante el auditorio.

El IMC no lo dice todo

El primer mito que Rosero puso sobre la mesa es el uso exclusivo del índice de masa corporal como medida de salud. El IMC, que relaciona peso y estatura, es una herramienta estandarizada y útil, reconoció, pero insuficiente por sí sola. Para ilustrarlo recurrió a un ejemplo que generó atención en la sala: Arnold Schwarzenegger, con 1,88 metros y 107 kilos, tendría un IMC de 31, lo que técnicamente lo clasificaría como obeso. «¿Les parece que es obeso? Probablemente su cantidad de grasa visceral es muy baja y lo que más tiene es músculo», señaló. La evaluación, propuso, debe incluir circunferencia de cintura, relación cintura-estatura, relación cintura-cadera y mediciones de composición corporal.

Genética y «food noise»

El segundo mito —y quizás el más arraigado culturalmente— es que la obesidad es una cuestión de voluntad. Rosero fue directo: atribuirla a la falta de esfuerzo personal desconoce la genética, el ambiente y los procesos biológicos. «Por más ganas que tenga yo de no tener sobrepeso y obesidad, si mi genética me está predisponiendo, me va a quedar mucho más difícil luchar contra eso», explicó.

A eso sumó el concepto de food noise: los pensamientos persistentes sobre comida, el impulso de comer poco después de haberlo hecho, la imagen constante del refrigerador. «Entre más trate de pelear contra eso, ¿qué creen que va a pasar? Probablemente más llega el pensamiento», advirtió. No todos los impulsos alimentarios están bajo control consciente, subrayó.

El rebote no es fracaso

El tercer mito aborda uno de los momentos más desmoralizantes del tratamiento: recuperar el peso perdido. Rosero planteó que ese rebote no debe leerse como un fracaso personal sino como una característica de la obesidad en tanto enfermedad crónica. El organismo tiene mecanismos que favorecen la recuperación del peso. «Seguramente nos faltan estrategias, nos faltan herramientas para poder hacer que ese peso se pueda mantener en el tiempo», sostuvo. Calificar ese proceso como fracaso, advirtió, genera tristeza y afecta la adherencia al tratamiento.

Más allá del espejo

El cuarto mito es que el tratamiento de la obesidad es, en el fondo, una cuestión estética. Rosero reconoció que la apariencia puede ser una motivación legítima, pero insistió en que las implicancias son sistémicas. «Los medicamentos no son solamente una ayuda del campo estético, sino que realmente es una ayuda de todos los órganos y estructuras que tenemos los seres humanos», afirmó. Mencionó mejoras en el funcionamiento del corazón, los riñones y el hígado.

Cualquier kilo cuenta

El quinto mito —que Rosero calificó como «uno de los más grandes»— es que solo una pérdida de peso significativa produce beneficios. Según explicó, una reducción relativamente pequeña ya puede generar mejoras metabólicas: hipertensión, azúcar en sangre, triglicéridos. También destacó el impacto sobre la salud mental y la adherencia al tratamiento. «Cualquier kilo definitivamente es una gran ganancia dentro del tratamiento de los pacientes», señaló.

Los detalles cuentan la historia. Lo que Rosero presentó en Panamá no es solo una lista de correcciones médicas: es un argumento sobre cómo el estigma y la desinformación se convierten en barreras de acceso al tratamiento. Cuando la sociedad reduce la obesidad a un defecto de carácter, el aparato de salud tarda más en actuar, los pacientes se culpan en lugar de buscar herramientas y los sistemas de cobertura postergan decisiones. El libre mercado de ideas médicas necesita, en este caso, mejores datos en circulación. La ciencia ya los tiene; el debate público todavía los está procesando.

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