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La fragilidad senil: la epidemia silenciosa que se avecina

No es solo debilidad muscular ni el paso inevitable del tiempo. La fragilidad es una condición crónica, medible y, en parte, reversible — y la generación del baby boom acaba de entrar en la edad de mayor riesgo.
Foto: time.com
martes 18 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Dos personas de 75 años comparten sala de espera en un hospital. Una sale caminando a paso normal, se recupera de una cirugía menor en días y vuelve a su rutina. La otra, ante el mismo procedimiento, entra en una espiral de complicaciones que cambia su vida para siempre. La diferencia no es la edad. Es la fragilidad.

Durante décadas, los científicos buscaron una explicación a por qué personas de la misma edad tenían riesgos de muerte tan distintos en el corto plazo. Lo que encontraron fue un patrón: quienes morían antes caminaban más despacio, tenían menor fuerza en el agarre de la mano y mostraban un conjunto de señales de alerta que hoy se agrupan bajo el nombre de fragilidad.

La Sociedad Británica de Geriatría la define como «una condición de largo plazo, en el mismo sentido en que lo son la diabetes o el Alzheimer». No es un estado pasajero ni una queja vaga. Es una condición clínica con criterios, escalas de medición y consecuencias documentadas.

El momento demográfico

El doctor Kenneth Rockwood, profesor de medicina en la Universidad de Dalhousie, en Canadá, y uno de los creadores de las escalas diagnósticas de fragilidad, advierte que el problema está a punto de escalar. «En 2021 la vanguardia de la generación del baby boom cumplió 75 años, y los 75 es la edad a partir de la cual la mayoría de las enfermedades del envejecimiento se disparan», señala. «Así que la fragilidad ya no es algo místico, mítico y lejano».

La proyección es clara: a medida que esa generación avanza en edad, la prevalencia de la fragilidad crecerá de forma sostenida. Es, en palabras de Rockwood, «el imperativo demográfico».

Cómo se detecta

El método más completo es la evaluación geriátrica integral, en la que un equipo de profesionales de salud examina múltiples dimensiones del estado de una persona mayor. Pero hay señales que cualquier médico — o el propio paciente — puede observar.

Caminar a menos de aproximadamente 0,8 metros por segundo es una de ellas, según un estudio citado en la literatura especializada. Otra es el llamado «timed up and go test»: si una persona tarda más de 10 segundos en levantarse de una silla, caminar casi tres metros, girar, regresar y sentarse, eso es una señal de alerta.

«No se puede saber de un vistazo, pero no toma mucho tiempo detectarlo si sabes qué preguntas hacer... si puedes ver a la persona moverse», explica Rockwood.

La doctora Sara Espinoza, geriatra del Cedars-Mount Sinai en Los Ángeles, recuerda haber notado el patrón desde el inicio de su carrera. «Algunos pacientes lo hacían muy bien. Llegaban al hospital por lo que fuera, los tratábamos y salían casi como si nada hubiera pasado», dice. «Pero otros eran muy vulnerables. Era como si la hospitalización fuera el punto de quiebre para que ocurrieran muchas otras cosas», incluyendo complicaciones y problemas de movilidad.

La fragilidad puede ser leve, moderada o severa. Conocer el grado cambia las decisiones clínicas: si operar o esperar, si actuar rápido ante un problema aparentemente menor, si reconsiderar una cirugía electiva.

La buena noticia: es reversible, en parte

Lo que la investigación también muestra es que la fragilidad no es un destino inamovible. «Parece que grandes elementos de la fragilidad son reversibles, hasta cierto punto», afirma Rockwood.

Un ensayo clínico de 2023 encontró que una rutina de ejercicio diario de veinte minutos — diseñada para fortalecer brazos y piernas y mejorar el equilibrio y la coordinación — combinada con una ingesta de algo más de un gramo de proteína por kilogramo de peso corporal al día, se asoció con mejoras significativas en la fragilidad. Quienes siguieron el protocolo durante tres meses mejoraron su fuerza de agarre, aumentaron su masa ósea y fueron más activos que el grupo de control.

«El ejercicio es importante», coincide Espinoza.

La clave, según la evidencia disponible, es la constancia: los programas de ejercicio de resistencia de alta intensidad deben mantenerse al menos varios meses para producir resultados.

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Los detalles cuentan la historia. Lo que la ciencia de la fragilidad revela no es solo un dato médico: es un recordatorio de que el envejecimiento tiene consecuencias concretas para los sistemas de salud, para las familias y para los individuos que deben tomar decisiones a tiempo. La fragilidad no avisa con estrépito; avanza en silencio, en la lentitud de un paso, en el temblor de un apretón de manos.

Para Hemisferio, el mensaje es doble. Primero, que la medicina tiene herramientas para detectar y frenar esta condición — y que depende de cada persona y de cada sistema de salud usarlas antes de que el daño sea irreversible. Segundo, que en un contexto de envejecimiento poblacional acelerado, los sistemas públicos de salud enfrentarán una presión creciente. La respuesta más eficiente — y la que la evidencia respalda — no pasa por más burocracia hospitalaria, sino por intervenciones simples, baratas y al alcance de cualquiera: ejercicio y proteína. El libre mercado de las decisiones personales, bien informado, puede hacer aquí lo que ningún programa gubernamental logrará por decreto.

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