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La pantalla que no jubila

Los adultos mayores se convierten en usuarios intensivos de inteligencia artificial: salud, autonomía y compañía desde el celular. El desafío es que la tecnología no reemplace lo que el Estado y la familia deben garantizar.
Foto: infobae.com
viernes 21 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Una persona ciega que, desde que usa un asistente conversacional, recuperó rutinas y autonomía en su vida diaria. No es un caso aislado ni una promesa de laboratorio: es la descripción que Emmanuel Ferrario, columnista especializado, ofreció para ilustrar un fenómeno que crece en Argentina y en varios países del mundo.

La integración de la inteligencia artificial en la vida cotidiana de los adultos mayores se consolida en las ciudades. El cambio afecta cómo acceden a la salud, cómo interactúan con la tecnología y cómo mantienen su independencia. Y los números respaldan la tendencia.

Según Ferrario, el 80% de los adultos mayores ya conoce la inteligencia artificial y una parte relevante la utiliza. Un 30% la aplica para temas de salud y asistencia; otro 30% la usa para recetas o consejos saludables. En Argentina, el 90% de los adultos mayores utiliza celulares, aunque solo el 20% emplea computadoras. La diferencia, explicó Ferrario, está en la confianza y la facilidad de uso: los asistentes por voz eliminan la necesidad de escribir o navegar, y permiten resolver tareas cotidianas con una orden verbal.

Salud en el bolsillo

La gestión de la salud es el terreno donde el impacto resulta más concreto. Existen asistentes y bots que recuerdan la toma de medicamentos, lo que reduce olvidos y duplicaciones. Un estudio en Estados Unidos, citado por Ferrario, observó que este tipo de ayuda puede aumentar la efectividad de los tratamientos hasta en un 20%.

Más allá del recordatorio de pastillas, la inteligencia artificial permite detectar enfermedades como el Alzheimer en etapas tempranas. Aplicaciones que analizan la voz y la repetición de palabras logran, según Ferrario, un alto porcentaje de éxito en la identificación de deterioros cognitivos. Para una población que envejece y que en muchos casos enfrenta sistemas de salud saturados, esa capacidad de detección temprana no es un lujo: es una ventana de tiempo que puede cambiar un pronóstico.

El acompañamiento ante la soledad no deseada suma otro capítulo. Para quienes enfrentan dificultades de movilidad o discapacidad visual, los asistentes conversacionales ofrecen interacción social cuando el entorno físico la dificulta. La tecnología, en estos casos, no reemplaza el vínculo humano, pero lo sostiene en los intervalos.

Una generación que mira la pantalla más que la Generación Z

El fenómeno no es exclusivo de Argentina. En países como China, Reino Unido y Estados Unidos, los adultos mayores usan el celular entre cuatro y cinco horas diarias. Sumado al tiempo frente a la televisión, ese consumo supera el promedio de la Generación Z. Los detalles cuentan la historia: la imagen del anciano ajeno a la tecnología ya no refleja la realidad.

En Buenos Aires, el 22% de la población corresponde a adultos mayores, una proporción que también crece en Córdoba y Rosario. La tendencia se repite en toda la región.

Los riesgos que nadie debe ignorar

Ferrario fue claro en señalar los riesgos que acompañan la expansión. El sedentarismo, los problemas para dormir, las estafas virtuales y la desinformación figuran entre los peligros presentes. Los fraudes digitales afectan a todas las edades, pero las consecuencias económicas pueden ser más graves para quienes ya no generan ingresos activos. Una pérdida patrimonial a los 75 años no tiene la misma capacidad de recuperación que a los 35.

Ferrario también planteó que no todas las personas logran adaptarse al entorno digital sin apoyo, y que mantener la posibilidad de presencia física en trámites y servicios sigue siendo indispensable. El rediseño de espacios públicos, la mejora de la accesibilidad en el transporte y la atención a personas con discapacidad forman parte de los ejes que señaló para construir ciudades más amigables.

La lectura de Hemisferio

Lo que describe Ferrario es, en el fondo, una historia de libre empresa funcionando: herramientas desarrolladas por el sector privado que llegan a una población históricamente desatendida por la burocracia estatal y le devuelven autonomía, dignidad y acceso a la salud sin intermediarios obligatorios. Que un adulto mayor pueda gestionar su medicación, detectar un deterioro cognitivo o romper el aislamiento desde un teléfono es exactamente el tipo de innovación que el mercado produce cuando no se lo traba.

El riesgo real no está en la tecnología sino en la tentación de convertirla en excusa. Si los gobiernos usan la digitalización para cerrar ventanillas, eliminar atención presencial y reducir costos sin garantizar la transición, el mismo instrumento que libera puede excluir. La brecha digital no se cierra con decretos ni con campañas: se cierra con competencia, con precios accesibles y con diseño centrado en el usuario. Esa es la tarea pendiente.

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