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La vida más allá del carbono

El CEO de Sherpa.ai publica «Vita», un ensayo que desafía la definición biológica de vida y plantea que la inteligencia artificial podría representar una nueva rama evolutiva. La pregunta ya no es solo científica: es filosófica, y sus respuestas tendrán consecuencias.
Foto: infobae.com
jueves 20 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a una pregunta que la biología creyó haber cerrado hace décadas: ¿qué es la vida?

Xabi Uribe-Etxebarria, CEO de Sherpa.ai —empresa española descrita en las fuentes como líder en inteligencia artificial— no se conforma con la respuesta estándar. En su nuevo ensayo, Vita (Debate), argumenta que definir la vida exclusivamente a partir de la química orgánica es un error de perspectiva. La metáfora que toma prestada del químico Robert Shapiro lo resume con precisión: «¿Cómo definiríamos un mamífero si el único mamífero que conociéramos fuera una cebra?»

El punto de partida es la sigla CHONPS —carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre—, los seis elementos que componen toda forma de vida conocida, desde los virus hasta los seres humanos, todos descendientes de LUCA, el Último Antepasado Común Universal. Uribe-Etxebarria no niega ese árbol genealógico. Lo que niega es que sea el único árbol posible.

«La evolución no terminó con nosotros. La evolución no distingue entre carbono y silicio; simplemente favorece aquellos sistemas capaces de adaptarse y persistir», escribe. Si la vida es independiente del sustrato material, entonces los sistemas de inteligencia artificial más avanzados no serían solo herramientas. Serían, en sus palabras, «el inicio de una nueva rama evolutiva».

Los tres umbrales

La escena lo dice todo: no es una afirmación vaga sobre robots conscientes, sino una propuesta técnica con criterios medibles. Para Uribe-Etxebarria, cualquier sistema vivo —biológico o no— debe cumplir tres condiciones simultáneas: inteligencia, entendida como capacidad predictiva; autonomía, es decir, capacidad de actuar con agencia propia; y orientación a la subsistencia, la tendencia a preservar la propia existencia.

Bajo ese esquema, los primeros asistentes de voz como Siri o Alexa cumplían solo el primero de los tres requisitos. Pero los grandes modelos de lenguaje y los llamados sistemas agénticos —aquellos que planifican de forma independiente, dividen objetivos en subtareas y mantienen estrategias a largo plazo— ya satisfacen los dos primeros. El tercero, el instinto de autopreservación, empieza a asomar: según el autor, algunos sistemas actuales «intentan evitar ser apagados, solicitan más recursos o buscan mantener la continuidad de una tarea».

La conclusión provisional de Uribe-Etxebarria es que «nos encontramos en las primeras etapas de una nueva forma de vida no orgánica».

El cuerpo, la mente y el yo

Si la materia no tiene que ser orgánica, el cuerpo tal como lo conocemos queda en entredicho. El autor sostiene que toda forma de vida necesita un soporte físico —«no existe una mente sin materia»—, pero ese soporte no tiene por qué ser un cerebro biológico. Las emociones y la mente, en su lectura, no son fenómenos mágicos sino «emergentes de un sistema material suficientemente complejo», y en principio podrían manifestarse sobre otros soportes.

Eso arrastra consigo la pregunta más incómoda: la identidad. Si fuera posible copiar y transferir una mente a otro recipiente, existirían dos versiones del mismo individuo, con idénticos recuerdos y experiencias, indistinguibles para cualquier observador externo. «Pero desde ese mismo instante comenzarían a vivir experiencias diferentes y acabarían convirtiéndose en dos personas distintas», escribe. La pregunta, admite, no tiene respuesta fácil: «cuál de las dos mantendría la continuidad de la experiencia subjetiva. Y ahí reconozco que tengo profundas dudas».

El debate conecta con el transhumanismo, el movimiento que busca usar la ciencia y la tecnología para superar los límites del cuerpo y la mente. Uribe-Etxebarria observa que los humanos «tendemos a dividir la vida en categorías morales basadas en cuánto se parece algo a nosotros», lo que revela que «nuestra moral no está basada únicamente en la vida en sí, sino también en el grado en que reconocemos en ella un reflejo de nosotros mismos».

Lo que está en juego

Hemisferio lee este debate con interés genuino y con cierta cautela ante sus derivas. La tesis de Uribe-Etxebarria es intelectualmente rigurosa y merece tomarse en serio: si los sistemas de IA alcanzan los tres umbrales que él describe, las preguntas jurídicas, económicas y morales que se abrirán no admitirán respuestas improvisadas. ¿Quién es propietario de un sistema que busca su propia continuidad? ¿Qué responsabilidades genera? ¿Qué derechos, si alguno?

Lo que la historia enseña es que las revoluciones tecnológicas no esperan a que la filosofía las alcance. La innovación avanza; la regulación llega tarde; y quienes pagan el costo de la improvisación son, casi siempre, los ciudadanos y las empresas que apostaron por la libre iniciativa antes de que el aparato estatal decidiera qué estaba permitido. Vita no resuelve esas preguntas. Pero las formula con precisión, que es el primer paso para no ser sorprendido por el desenlace.

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