Cada pastilla que alguien toma deja un rastro. Los residuos de medicamentos —antibióticos, antiinflamatorios, hormonas, antidepresivos— recorren el sistema de alcantarillado, atraviesan las plantas de tratamiento y llegan, intactos en buena medida, a ríos, lagos y acuíferos. Las plantas convencionales no fueron diseñadas para atrapar esas moléculas. El problema lleva años acumulándose en silencio.
Un equipo de académicos de la Universidad de Las Américas (UDLA) decidió revisar qué dice la ciencia reciente sobre una solución poco conocida fuera de los laboratorios: los líquidos iónicos. El resultado es una revisión sistemática de 75 artículos científicos publicados entre 2021 y 2025, liderada por Lorenzo Reyes Bozo, decano de la Facultad de Ingeniería y Negocios de UDLA.
Sales que no se solidifican
Los líquidos iónicos son, en términos simples, sales fundidas que permanecen en estado líquido a temperaturas inferiores a 100 °C. Comparten familia conceptual con la sal de mesa, pero sus propiedades físico-químicas los hacen radicalmente distintos en aplicación. Desde hace años se usan en la llamada química verde como reemplazantes ecológicos de los solventes orgánicos volátiles en reacciones industriales. La novedad que documenta el estudio chileno es su capacidad para capturar y extraer selectivamente compuestos farmacéuticos del agua.
«Actualmente, los líquidos iónicos más estudiados son aquellos que han demostrado una alta capacidad para remover contaminantes del agua», explicó Reyes Bozo. «Al mismo tiempo, han surgido nuevas alternativas que destacan por ser más sostenibles y biocompatibles, además de versiones diseñadas para capturar compuestos específicos de manera más eficiente».
La revisión clasificó los líquidos iónicos según familias estructurales y los cruzó con grupos farmacéuticos concretos: antibióticos, antiinflamatorios no esteroides —ibuprofeno, naproxeno, ketoprofeno—, hormonas y disruptores endocrinos como el bisfenol A, fármacos del sistema nervioso central como fluoxetina y paroxetina, y cardiovasculares como atenolol, propranolol y metoprolol. También se analizaron agentes anticancerígenos y otros compuestos bioactivos.
Quién hace qué dentro del laboratorio
Los detalles cuentan la historia. Los líquidos iónicos basados en imidazolio resultaron ser los más utilizados en el conjunto de datos: aparecen en más de la mitad de los artículos revisados, atribuido a su alta disponibilidad y versatilidad. Los basados en colinio, en cambio, fueron destacados por su biocompatibilidad y carácter verde; se emplearon principalmente en sistemas acuosos de dos fases para antibióticos como amoxicilina y en procesos de purificación de proteínas, según señaló Eduardo Villarroel, director del Grupo de Investigación en Economía Circular y Tecnologías Ambientales de UDLA.
El equipo incluyó además a Juan Carlos Vidal, de la misma facultad; Eduardo Vyhmeister, de la University College Cork en Irlanda; René Cabezas, del Departamento de Química Ambiental de la Universidad Católica de la Santísima Concepción; y Esteban Quijada, del Departamento de Ingeniería Química y Bioprocesos de la Universidad de Santiago.
El límite honesto
Reyes Bozo no esquivó las restricciones. El estudio concluye que «a pesar de estos avances, persisten desafíos relacionados con la toxicidad, el costo y la escalabilidad». La frase importa: una tecnología que funciona en el laboratorio con 75 artículos de respaldo no es todavía una solución lista para instalarse en la planta de tratamiento de una ciudad. El salto de la probeta a la infraestructura pública es largo y caro.
Aun así, la conclusión general del trabajo es que «los líquidos iónicos demuestran un fuerte potencial para la gestión sostenible de contaminantes farmacéuticos, con oportunidades para diseños específicos según la tarea y alineados con los principios de la química verde».
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La escena lo dice todo: el problema de los contaminantes farmacéuticos emergentes no es nuevo, pero la respuesta institucional —ampliar o modernizar plantas de tratamiento con dinero público— avanza a un ritmo que la ciencia supera con creces. Lo que hace interesante el trabajo de la UDLA es que apunta hacia una solución que podría escalar desde el sector privado: líquidos iónicos diseñados a medida para industrias farmacéuticas o municipios que necesiten cumplir estándares de vertido cada vez más exigentes.
El principio en juego es el de la innovación como respuesta más eficiente que la regulación burocrática. Si los costos de estos solventes bajan —como suele ocurrir cuando la demanda crece y la competencia entra— el mercado podría resolver en una década lo que el aparato estatal lleva años sin abordar con seriedad. La investigación chilena no garantiza ese desenlace, pero abre la puerta.



