Llovizna sobre el campus de la Facultad de Ciencias de la UCV. Hedelvy Guada sale del laboratorio y elige las palabras despacio. Sabe que cada cifra tiene consecuencias.
La primera que menciona no es esperanzadora. De cada mil crías de tortuga marina que emergen de la arena, solo una llega a adulta. Una. Las novecientas noventa y nueve restantes encuentran redes, anzuelos, plásticos y temperaturas que suben año tras año.
En 2026, la Sociedad Internacional de Tortugas Marinas —International Sea Turtle Society, ISTS, fundada en 1981 con sede en Estados Unidos— le entregó el ISTS Champions Award en el marco de su XLIV Simposio Internacional, celebrado en Kailua-Kona, Hawái. El premio reconoce a profesionales cuya trayectoria tiene impacto demostrable en la preservación de las tortugas marinas a escala global.
No vino con dinero. Solo un certificado. «Soñaba que viniera con un chequecito que me ayudara para las investigaciones», dice Guada, y se ríe. Luego suspira. Lleva décadas aprendiendo a trabajar sin recursos suficientes. Y está orgullosa de ello.
Jefa del Museo de Biología de la UCV e investigadora del Instituto de Zoología y Ecología Tropical de la Facultad de Ciencias, Guada es también la cara más visible de una paradoja venezolana. El país tiene cinco de las siete especies de tortugas marinas que existen en el mundo. El número suena generoso. Las cifras lo matizan de inmediato.
Cuatro de esas cinco especies figuran en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza como En peligro o En peligro crítico. La quinta, la tortuga cabezona o loggerhead, está catalogada como Vulnerable.
El diagnóstico regional es claro. «Estamos teniendo menos tortugas de las que teníamos hace 10 o 15 años atrás», confirma Guada. Luego precisa: «Pero eso es un fenómeno regional. No es atribuible a que estemos trabajando mal. Es algo que se ha observado en la Cuenca del Caribe y que se ha notado más en algunos países que en otros».
Las causas son conocidas. Captura incidental en redes de pesca y anzuelos de palangre. Colisiones con embarcaciones. Contaminación por plásticos. Alteración de playas por desarrollo costero. Y, de forma creciente, el aumento de temperatura del agua y de la arena, que afecta la proporción de sexos en las crías: la temperatura del nido determina si los huevos producen hembras o machos.
Cada especie tiene su perfil. La tortuga cardón —Dermochelys coriacea, la más grande del mundo— puede alcanzar 1,80 metros de longitud de caparazón y pesar más de 900 kilos. Su caparazón no es duro sino coriáceo, cubierto de piel oscura con líneas claras. Está clasificada como Vulnerable, aunque varias subpoblaciones del Atlántico se encuentran en estado Crítico.
La tortuga verde o Chelonia mydas, catalogada En Peligro, puede vivir hasta 80 años y solo alcanza la madurez sexual entre los 20 y los 50. La carey o Eretmochelys imbricata está En peligro crítico —la categoría más alta antes de la extinción— en parte porque su caparazón fue durante siglos materia prima para la bisutería y el comercio ilegal. La cabezona o Caretta caretta, Vulnerable, puede superar el metro diez de caparazón.
La más pequeña —conocida en Venezuela como guaraguá o maní, con entre 60 y 70 centímetros de caparazón— es también la más escasa. Sus principales playas de anidación lindan con el territorio en reclamación de la Guayana Esequiba. Eso dificulta su estudio y su protección.
Guada creció en Caracas. Hija de madre caraqueña y padre tachirense que las llevaba de viaje por toda Venezuela. Los médanos de Coro, el Lago de Maracaibo, las playas del litoral. La naturaleza fue siempre el telón de fondo. De niña tuvo tortugas en casa, de esas pequeñas de acuario que se vendían en los mercados. No imaginaba entonces que ese animal sería el hilo conductor de su vida profesional. Quiso ser bióloga marina desde temprano. Sus padres no la dejaron ir a estudiar a Margarita. Entró a la UCV y nunca salió del todo. Lleva doce años con dedicación exclusiva a la institución.
La escena lo dice todo. Un premio internacional, un certificado sin cheque, un laboratorio sin presupuesto suficiente y cinco especies amenazadas en aguas venezolanas. La ciencia de conservación en Venezuela sobrevive, en buena medida, por la obstinación de investigadores como Guada. No por el aparato estatal. No por políticas públicas sostenidas. La pregunta que queda en el aire no es si Venezuela tiene talento científico. La tiene, y el mundo acaba de reconocerlo. La pregunta es cuánto talento puede sostenerse sobre cero financiamiento antes de que el desenlace sea irreversible, tanto para las investigadoras como para las tortugas.



